Jazmín y pólvora Capítulo 9
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Capítulo 9

Las semanas siguientes se redujeron a las paredes de la suite y al perímetro estricto del ala ejecutiva.

La fractura en el radio soldó despacio bajo la férula de aluminio y el dolor de las costillas se atenuó hasta quedar en una punzada leve cada vez que respiraba hondo.

Pero el cuerpo de Mateo sanaba más rápido que su cabeza.

El encierro lo estaba pudriendo por dentro.

Valerio lo notaba en el aire antes de cruzar la puerta: el aroma a jazmín silvestre se volvía denso y rancio, cargado de un insomnio que Mateo intentaba tapar con libros de historia militar y silencios largos.

Pasaba las noches enteras despierto, con los ojos fijos en la madera del dosel, reviviendo la traición de Leo, su infancia torcida y el eco del disparo de Carlo.

Su cabeza, acostumbrada a calcular riesgos y cuadrar números en la miseria de los muelles, no sabía estar quieta.

En el encierro, esa cabeza afilada empezaba a comérselo vivo.

Valerio lo sabía. Lo olía en las sábanas cada mañana, lo veía en los espasmos de sus pesadillas y en la forma en que Mateo medía cada cerradura y cada escolta con una desconfianza que ya rozaba en lo enfermizo. Un animal acorralado se destruye solo si no se le da espacio para cazar algo.

Por otro lado, le sorprendía, en momentos sueltos del día, la cantidad de cosas que le dejaba pasar.

Mateo le hablaba con una insolencia que a cualquier capitano, a cualquier soldado de la Casa, le habría costado un dedo o una bala.

Le corregía las cuentas delante de sus hombres.

Les decía "idiota" a sus propios contadores sin bajar la voz cuando entraban a entregar algún informe.

Y Valerio, que llevaba muchos años cortando de raíz cualquier falta de respeto antes de que terminara de nacer, se sorprendía dejándolo pasar cada vez, como si esa insolencia particular no contara con la misma regla que el resto del mundo.

No entendía del todo por qué. Solo sabía que no le nacía corregirlo.

Lo que más le intrigaba era lo contrario: lo poco que Mateo dejaba ver de sí mismo despierto. De día era una superficie lisa, calculada, sin una sola grieta visible. Solo de noche, cuando el sueño le bajaba la guardia, Valerio veía algo distinto.

Las pesadillas llegaban casi siempre después de la medianoche.

Mateo se quedaba rígido bajo las sábanas, con la respiración cortándose en jadeos secos, murmurando nombres que Valerio apenas alcanzaba a distinguir.

Leo. A veces algo que sonaba a "no otra vez".

Valerio se despertaba antes que él, alertado por el cambio brusco en su olor, y se quedaba mirándolo un momento antes de sacudirle el hombro con suavidad.

—Mateo. Despierta.

Mateo abría los ojos de golpe, con el pecho subiendo y bajando, buscando algo en la oscuridad de la habitación que tardaba unos segundos en reconocer como real.

Valerio nunca le preguntaba qué había soñado.

Se limitaba a levantarse, servirle un vaso de agua de la jarra de la mesa de noche y ponérselo en la mano sin decir una palabra.

Mateo lo bebía en silencio, todavía con el pulso disparado, y Valerio se quedaba sentado al borde de la cama hasta que la respiración se le normalizaba, sin tocarlo, sin exigirle nada.

Mateo tampoco le contaba nada. Nunca. Pero empezó a notar algo que lo inquietaba más de lo que quería admitir: en esos minutos de la madrugada, con el pelo revuelto y los ojos todavía sin terminar de despertar, Valerio no se parecía en nada al hombre que ejecutaba capitanes en el gran salón.

Había algo ahí, en la forma torpe con la que sostenía el vaso o en el silencio que no exigía respuesta, que se parecía peligrosamente a la vulnerabilidad.

Y Mateo no sabía qué hacer con esa información, salvo guardarla y no decir nada tampoco.

Había otra cosa que lo tenía en vela, aparte de las pesadillas.

Desde la noche de la capilla, Valerio no había vuelto a usar la voz de mando.

Ni una vez. Podía haberlo doblado con una sola palabra cada vez que Mateo le contestaba mal, cada vez que se le plantaba en medio de una discusión sobre los números o le sostenía la mirada más tiempo del que cualquier omega debería atreverse.

Tenía el poder ahí, disponible, y sin embargo lo dejaba guardado, como un arma que decide no usar.

Mateo no entendía por qué. Le habría sido más fácil odiarlo si volvía a hacerlo, si volvía a doblegarlo con la biología en vez de con esa paciencia rara que no sabía nombrar.

Lo tenso no era la fuerza de Valerio. Era la falta de ella, ese cuidado constante y sin motivo aparente, la manera en que sus ojos lo seguían por la habitación sin exigir nada a cambio. Mateo prefería el miedo simple de la primera noche. Esto, fuera lo que fuera, no sabía cómo pelearlo.

El cambio empezó una tarde fría de martes.

Valerio ocupaba el extremo opuesto de la habitación.

Llevaba dos horas inclinado sobre el escritorio de caoba, revisando manifiestos de importación y facturas de la ruta este.

La luz de la lámpara le recortaba los hombros bajo la camisa negra y la línea dura de la mandíbula.

Cada tanto levantaba la vista de los papeles y la clavaba en el perfil de Mateo, midiéndolo como quien observa a una presa que se niega a huir.

—Te vas a gastar las hojas de tanto mirarlas —soltó Mateo sin apartar la vista del libro, con un filo de ironía en la voz—. O tal vez esperas que las letras se reorganicen solas para que los números te cuadren.

Valerio dejó el bolígrafo quieto sobre el papel. Se le curvó la boca, apenas, marcándole más la cicatriz de la mandíbula. Se puso de pie y cruzó la suite a pasos largos hasta detenerse justo detrás del sofá.

—Me gusta cómo suena tu voz cuando intentas ser cínico, Mateo —murmuró, inclinándose hacia delante hasta rozarle con el aliento el perímetro inflamado de la mordida—. Pero me gustaría más escucharla cuando dejes de temblar cada vez que me acerco.

Mateo se tensó de golpe. El calor del cuerpo del alfa le llegó sin tocarlo, y el lazo de la nuca le mandó una descarga directa al vientre que maldijo por dentro.

—No estoy temblando por ti —replicó, girando la barbilla para sostenerle la mirada—. Estoy harto de este olor a encierro y de tu cara de superioridad cada vez que respiras.

Valerio soltó un gruñido bajo, casi de aprobación, y le rozó la mejilla con el dorso de los nudillos.

—Pues acostúmbrate, porque esta cara es lo único que vas a tener de aquí en adelante —dijo, antes de enderezarse y darse la vuelta—. Voy a ducharme. No intentes saltar por el balcón; la caída no te mata, pero te rompe otra vez las costillas que tanto te costó sanar.

La puerta del baño se cerró con un chasquido, seguida del rumor del agua caliente contra los azulejos.

Mateo contó tres segundos, furioso por la reacción de su propio cuerpo ante la provocación. Se levantó con cuidado y caminó hasta el escritorio que Valerio acababa de dejar.

Sobre la madera había una carpeta abierta y varios manifiestos financieros de los frentes de aduana.

Cruzó los brazos con la intención de ignorarlos, pero las cifras le llamaron la atención de inmediato.

Los ojos, entrenados en los callejones para detectar cuentas falsas en el contrabando de los Altoviti, encontraron el fraude en la primera línea.

—Idiotas... —susurró, negando con la cabeza.

Terminaba de leer el último folio cuando el agua del baño se detuvo. Regresó al sofá con pasos rápidos y volvió a abrir el libro de historia justo cuando la puerta se abría.

Valerio salió con una toalla oscura amarrada a la cadera, el torso lleno de gotas que le escurrían por la piel tostada, las cicatrices viejas y los tatuajes. Se secaba el pelo caminando hacia el escritorio, y al ver los papeles fuera de su orden y la postura rígida de Mateo, entrecerró los ojos.

—Estuviste husmeando en mis cosas —dijo sin rodeos.

Mateo levantó el libro despacio, marcando la página con el dedo, y lo miró con una calma que sabía a triunfo.

—Tus intermediarios te están robando un quince por ciento en la aduana de los contenedores secos —informó con sequedad—.

No necesitan duplicar pagos en los libros principales.

Usan facturas falsas de una empresa fachada en Marsella que ya está disuelta desde hace tres años.

Cruza las fechas de entrada con el registro de aduanas que tienes ahí abajo y vas a ver que el dinero nunca llegó a los barcos.

Se queda en las cuentas sucias de tu jefe de logística.

Valerio se quedó quieto con la toalla en las manos, mirándolo. No había miedo en Mateo. Había el orgullo intacto de alguien que conocía las entrañas del dinero sucio mejor que los propios contadores del cartel.

Se le dibujó una sonrisa lenta en la boca.

—Vístete —ordenó, tirando la toalla sobre el respaldo de una silla y acercándose.

Mateo frunció el ceño.

—No voy a bajar a la cúpula.

—No vamos a la cúpula. Si tienes esa cabeza para cazar ladrones dentro de mi propia casa, empiezas a acompañarme a revisar inventarios afuera. Vamos a ver si eres igual de valiente fuera de estas cuatro paredes.

Mateo intentó negarse, pero la idea de mirar otra tarde el mismo techo de piedra pudo más que su orgullo. Salir, respirar algo que no fuera el aire viciado de su propio encierro, pesaba más.

Desde ese día la dinámica cambió. Valerio lo empezó a llevar a los asuntos menores de la organización.

No podía dejarlo solo en la suite. El vínculo no toleraba la separación, y las crisis de ansiedad volvían cada vez que el alfa cruzaba el perímetro sin él, así que la única salida lógica fue esa: Mateo se convirtió en su sombra.

Lo acompañaba a revisar contratos de distribución, a auditar las cuentas de los frentes comerciales, a verificar los almacenes de suministros.

En cada inspección demostraba una puntería financiera que ni los contadores más viejos del cartel tenían.

Valerio medía su lealtad en silencio, viéndolo moverse entre los hombres con una distancia arisca, sin inclinarse ante nadie más que ante él.

Hasta que la rutina se rompió en el muelle sur.

El bodegón de armas era un edificio de concreto gris, techos altos, pasillos oscuros atestados de cajas de municiones y fusiles. La inspección debía ser un trámite de veinte minutos, una salida sencilla para despejarle la cabeza a Mateo.

Estaban junto a una pila de contenedores de madera cuando el aire se espesó de golpe.

El primer disparo reventó un foco del techo y arrancó una astilla del tamaño de una palma junto a la cabeza de Mateo.

—¡Emboscada! —gritó el escolta más cercano antes de recibir una bala en el pecho y caer al cemento.

Una facción de los Altoviti, ya reducida a la clandestinidad, entró por los accesos laterales disparando ráfagas cerradas. Las balas rebotaban contra el metal de las cajas, levantando polvo y esquirlas.

Mateo dio un paso atrás por instinto. Un sicario salió de entre las sombras con el cañón de un subfusil apuntándole directo a la frente.

Valerio no lo pensó. Se lanzó de frente, tumbando a Mateo con su propio cuerpo y cubriéndolo contra el suelo.

El golpe contra las losas le sacó el aire a Mateo, y en el mismo segundo escuchó un impacto sordo y vio una salpicadura de sangre oscura manchándole el cuello de la camisa. La bala que buscaba su cabeza le había atravesado a Valerio el hombro derecho.

Valerio cayó pesado sobre él, tragándose un gruñido mientras la sangre le empapaba la ropa y le corría caliente sobre el pecho a Mateo.

—¡Valerio! —gritó, con el aliento cortado por el peso y el susto.

El sicario avanzó pisando casquillos, con una mueca torcida, y levantó el arma para rematarlo en el suelo. Valerio intentó mover el brazo herido para alcanzar su pistola, pero el shock de la hemorragia le ganó por un instante.

Mateo actuó sin pensarlo. Con la mano sana bajó por el costado de Valerio, encontró la culata de la pistola enfundada en su cinturón y la sacó de un tirón.

El sicario ya tenía el cañón alineado contra el cráneo del capo.

Mateo subió el brazo, apuntó sin dudar y jaló el gatillo.

El estampido sacudió las paredes del bodegón. La bala le abrió el pecho al mercenario, que soltó el arma y cayó de espaldas, muerto antes de tocar el piso. El silencio volvió a caer, roto solo por los últimos disparos de la escolta neutralizando al resto de los atacantes afuera.

Mateo se quedó quieto, la pistola todavía humeante en la mano, el cuerpo de Valerio encima.

Tenía la oportunidad perfecta ahí, encima de él: el hombre que lo había cazado, marcado y encerrado estaba sangrando sobre su pecho, indefenso.

Un empujón, cruzar la puerta del bodegón, perderse en los callejones.

Su libertad, entera, a un movimiento de distancia.

No se movió.

Apretó los dedos alrededor del arma, respiró el olor a pólvora y sangre que lo llenaba todo, y dejó caer la pistola al suelo con un ruido metálico. Levantó la mano sana y la apoyó en la espalda de Valerio, sintiendo el calor de la sangre y el latido rápido de su corazón contra la palma.

No hubo duda que pesara más que ese gesto. Al salvarle la vida quemó lo último que le quedaba de su pasado, ahí mismo, en el cemento del bodegón, con el olor de la muerte todavía en el aire y la certeza de que su lugar ya no estaba en ningún otro sitio del mundo.