Capítulo 8 #2
Valerio lo acorraló en la esquina, poniendo su propio cuerpo entre Mateo y el resto de la habitación. Lo sostuvo de la cintura con una mano y con la otra le levantó el mentón, obligándolo a mirar hacia arriba a pesar del llanto mudo que le quemaba las sienes.
—Mírame a mí —exigió, la voz cortada por la tensión y por el olor de desolación que le seguía saliendo a Mateo por la piel—. No mires al suelo. Mírame.
Mateo tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia, la mandíbula temblando por el esfuerzo de no gritar.
—Me vendió... —dijo con la voz rota—. Lo entregó todo... por unas cuantas monedas... Yo pagué sus deudas, me dejé romper la espalda por él, y me vendió.
—Lo sé —respondió Valerio, sin soltarle el mentón—. Te vendió porque es una sabandija que no vale ni la sangre que gastaste en defenderlo.
—Me usó... —sollozó Mateo, rompiendo por fin el muro de hielo que había mantenido desde la captura. Se aferró a las solapas de la camisa de Valerio, apretando la tela—. No me queda nada. No tengo a nadie.
Valerio se inclinó sobre él. Su aliento a roble y pólvora le cortó el aire amargo de la desolación como una pared. Acercó la boca hasta rozarle la sien con un beso firme.
—Me tienes a mí —dijo, con una certeza que le retumbó a Mateo en los huesos—. Ya no cargas con ninguna familia de alimañas, Mateo. Desde hoy la única sangre que existe para ti es la Casa Vancanza. Y yo soy el único dueño de tu vida.
No sonó a consuelo. Sonó a decreto.
Mateo sintió el peso de esa protección cayéndole encima como una armadura.
En medio de los escombros de todo lo que había creído sobre su hermano, el lazo de la nuca le latió al mismo ritmo que el corazón de Valerio.
Dejó caer la frente contra su hombro, cerró los ojos, y por primera vez desde el muelle dejó de pelear contra el refugio que se le ofrecía.
Valerio mantuvo los brazos alrededor de la cintura de Mateo, sintiendo cómo el temblor de las costillas se calmaba despacio bajo el roce de su palma. Se quedó así un rato largo, sin decir nada, dejando que el llanto se le acabara solo.
—¿Qué vas a hacer con él? —preguntó Mateo al fin, con la voz áspera contra la tela de su camisa, sin levantar la cabeza.
Valerio dejó de mover la mano.
—Lo que se hace con los gusanos que intentan destruir lo que es mío —respondió con un tono plano—. No hay negociación. No hay rescate ni exilio en la frontera. No hay una segunda oportunidad para un cobarde que vende a su propia sangre para pagar sus deudas de juego.
Mateo sintió una punzada en el estómago.
No era pena por Leo. La traición se había llevado eso también, junto con todo lo demás.
Se quedó callado un momento, respirando contra el pecho de Valerio, notando cómo el dolor de hacía un minuto se le iba secando por dentro y dejaba en su lugar algo más frío, más manejable. Odiar era más fácil que llorar.
—Quiero estar ahí —dijo, levantando la vista de golpe—. Quiero verlo cuando lleguen por él.
Valerio lo estudió un momento. Vio la palidez de sus mejillas, el rastro seco de las lágrimas, la férula en el brazo y no vio debilidad.
—Vas a estar ahí —prometió—. Te sientas a mi derecha, igual que en la mesa de la cúpula, y ves cómo se limpia el suelo con lo que queda de tu pasado. Pero ahora salimos de este sótano. Ya llegaste a tu límite por hoy.
Lo levantó del suelo sin darle tiempo a responder, cargándolo en vilo para que las piernas no volvieran a fallarle. Cruzaron el pasillo hacia la salida del ala de interrogatorios, con dos escoltas abriendo camino delante.
Fue en el último tramo, cerca de la escalera de servicio, cuando un hombre salió de un cuarto de mantenimiento con un cuchillo en la mano.
—¡Suéltelo, no tuvo nada que ver! —gritó, lanzándose contra Valerio.
Era uno de los operadores de radio, compañero de Renzo desde hacía años.
Valerio giró el cuerpo por instinto, protegiendo a Mateo con la espalda, y el filo que buscaba su costado le abrió el hombro izquierdo en lugar del pecho.
Un escolta reaccionó en menos de un segundo y le vació el cargador en la nuca al atacante, que cayó sobre las losas antes de terminar el segundo grito.
Valerio ni siquiera bajó a Mateo de los brazos. Apretó la mandíbula, sintiendo la sangre escurrirle por la manga, y siguió caminando hacia la salida como si nada le hubiera pasado.
—Estás sangrando —dijo Mateo, con la voz todavía ronca, mirando la mancha extenderse sobre la tela.
—Es un rasguño —aseguró Valerio—. No es nada que no haya tenido antes.
Subieron por la escalinata central hasta el ala privada. En cuanto la puerta de la suite se cerró, Valerio llamó a la mano derecha por el intercomunicador de pared.
—Nadie sube a este piso hasta nueva orden —dijo—. Doblen la guardia en los accesos del sótano y en el perímetro este. Nadie entra a esta habitación, ni con reportes, ni con comida, ni con nada, hasta que yo lo diga.
Cerró la comunicación y se giró hacia la cama, donde había dejado a Mateo sentado sobre el borde del colchón. Empezó a quitarse la camisa manchada con movimientos secos, sin mirar la herida.
—Siéntate. Te reviso el hombro —habló Mateo.
Valerio se detuvo con la camisa a medio quitar.
—No hace falta. Ya viste que no es nada.
—No te pregunté si hacía falta —dijo Mateo, y el eco de sus propias palabras, las mismas que Valerio le había dicho con la cuchara de caldo dos días antes, le cruzó la cara al capo con algo parecido a una sonrisa que no llegó a formarse del todo—. Siéntate.
Valerio no discutió más. Se sentó en el borde de la cama y dejó que Mateo, con la mano sana, buscara el botiquín que había sobre la cómoda. El corte tenía unos ocho centímetros, limpio, todavía sangrando despacio. Mateo empapó una gasa en desinfectante y se la pasó por el borde de la herida.
Valerio no se movió ni un músculo, pero algo en su pecho se apretó de un modo que no reconocía.
Llevaba una vida siendo el único que curaba, el único que decidía cuándo alguien merecía cuidado, y ahora tenía a un omega que lo odiaba con toda el alma, terco hasta la médula, curándole una herida con la misma dureza con la que antes había intentado abrirle la yugular.
No supo qué hacer con esa sensación. La dejó estar, sin nombrarla, mientras Mateo le cerraba el corte con dos tiras de sutura adhesiva y una venda apretada.
—Listo —dijo Mateo, sin soltarle todavía el brazo—. No se te va a infectar si no haces nada estúpido en los próximos dos días.
—Gracias —dijo Valerio, y la palabra le salió rara, poco entrenada, como si no la hubiera usado en años.
Mateo apartó las manos de golpe, como si el contacto le hubiera quemado los dedos. Se quedó sentado en el borde de la cama, con la mirada baja, sin entender del todo por qué le temblaban las manos ahora que ya no había nada que curar.
No sabía qué hacer con lo que sentía. Esos días habían sido un derrumbe tras otro: la firma forzada, la mordida, la ejecución de Carlo, la traición de Leo.
Y en medio de todo eso, un hombre que lo había cazado como a un animal, que le había roto la muñeca, que lo había reclamado a la fuerza en un altar, acababa de vaciar un cargador en la cabeza de alguien para protegerlo sin pensarlo dos veces.
Nadie había hecho eso por él antes. Nadie lo había mirado sin ver primero una deuda, un peón o una carga.
No le gustaba lo que eso le hacía sentir. Le daba miedo, más miedo que el sótano, más miedo que la pistola de Valerio sobre la mesa de caoba. Porque el odio era simple. El odio no le pedía nada. Esto otro, fuera lo que fuera, sí.
Valerio se puso de pie, se cambió la camisa por una limpia sin decir nada más, y se sentó junto a él en la cama. No lo abrazó de inmediato. Se quedó un momento mirando la pared, buscando cómo nombrar algo que tampoco tenía costumbre de nombrar.
—Duerme —dijo al fin al percibir la turbación del omega, atrayéndolo despacio contra su pecho, con más cuidado del que había usado nunca—. Nadie va a molestarte hoy. Ni mañana, hasta que yo lo decida.
Mateo se dejó caer contra él, demasiado cansado para pelear esa batalla también.
Cerró los ojos, sintiendo el latido del corazón de Valerio bajo la oreja, y por primera vez desde que lo sacaron del muelle no supo si lo que sentía era rendición, alivio, o algo mucho más peligroso que todavía no tenía nombre.