Jazmín y pólvora Capítulo 8
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Capítulo 8

El pasillo de regreso a la suite principal olía a pólvora fría y a la sangre del viejo Carlo. Mateo caminaba con el paso rígido, clavando las botas en el mármol para esconder el temblor que le quedaba en las piernas.

En cuanto cruzaron el umbral y Valerio pasó el cerrojo, el aire de la habitación cambió de golpe.

El capo se quitó el saco de un tirón, lo arrojó sobre el sillón y se giró hacia Mateo, que se había quedado junto a la cama con los brazos cruzados sobre el pecho, tratando de contener el temblor que le quedaba.

Valerio no le miraba la cara. Tenía los ojos fijos en el cuello de Mateo, en el perímetro de la mordida. Las fosas nasales se le dilataron. Bajo su propio olor a roble y pólvora había algo más: un rastro ajeno, agrio, pegado a la ropa de Mateo por el sudor y la cercanía de los diez capitanes.

—Hueles a otros alfas —gruñó Valerio. La voz le salió baja y rasposa, con un timbre de advertencia que le erizó a Mateo los vellos de los brazos.

—Estuve en la reunión con las cabezas de la familia, Valerio. No me podía evaporar —respondió Mateo, retrocediendo hasta que las piernas le tocaron el borde del colchón—. No me toques.

Valerio no escuchó la advertencia. Cruzó la distancia en dos zancadas y le cerró las manos sobre los bordes de la camisa de seda.

—¡Quítate las manos de encima! —siseó Mateo, subiendo los brazos para apartarlo y clavándole los dedos en los hombros.

El forcejeo fue sordo y corto. Mateo empujó con rabia, pero el cuerpo, debilitado por la fiebre de los días pasados, no tenía fuerza contra la urgencia territorial del alfa.

Valerio no usó más fuerza de la necesaria.

Con un tirón seco rasgó los botones y le abrió la camisa de par en par, dejándola caer al suelo.

El torso pálido de Mateo quedó al descubierto, las costillas vendadas y las cicatrices viejas bajo la luz tenue de las lámparas.

Mateo se quedó congelado un segundo, sintiendo el aire frío pegarle a la piel desnuda.

Su cuerpo, ya marcado por el vínculo, reconoció el rastro ajeno impregnado en la ropa y le mandó una repulsión física inmediata.

Ese olor a sudor y pólvora de los capitanes le revolvía el estómago.

Su propio cuerpo pedía el sello del alfa que lo poseía y rechazaba cualquier otro rastro.

Valerio notó esa vacilación en el temblor de los hombros del omega. Sin darle tiempo a pensar, lo levantó en vilo. Mateo soltó un grito ahogado y le golpeó el pecho con el puño sano.

—¡Bájame! ¡Estás loco! —exigió, pataleando en el aire.

Valerio abrió la puerta del baño sin detenerse y lo llevó directo adentro. Abrió la ducha. El vapor subió de inmediato. Se metió bajo el chorro cargando a Mateo en brazos y cerró la mampara de una patada.

El agua les golpeó la espalda de lleno. El choque de temperatura le sacó a Mateo un bufido; se aferró a los hombros de Valerio buscando dónde sostenerse mientras el agua le empapaba el cabello y la cara.

—¡Quema! —protestó, resbalando contra el pecho del capo.

Valerio lo sostuvo firme, pegándolo contra su propio cuerpo bajo el chorro. La ropa mojada de Valerio se le pegó a la piel, y fue ahí, sintiendo ese peso encima, cuando Mateo entendió del todo el volumen del hombre que lo dominaba.

Valerio se quitó la camisa mojada con un solo movimiento y la tiró a las losas.

Era la primera vez que Mateo lo veía con luz clara, sin la fiebre nublándole los ojos ni la penumbra de la noche de bodas.

El pecho amplio, el abdomen marcado, los brazos gruesos, cicatrices de bala vieja cruzándole las costillas.

Mateo sintió que le faltaba el aire, y no era el vapor.

Era la certeza de tener enfrente, completo y a plena luz, al mismo cuerpo que lo había reclamado con sangre la primera noche.

Valerio, lo bajó despacio sin soltar su sintura, agarró una barra de jabón oscuro, hizo espuma entre las manos y empezó a pasarla por el cuello, los hombros y el pecho de Mateo, restregando con una furia fría que buscaba borrarle de la piel cualquier rastro ajeno.

—Mío —murmuró contra su oído, la voz ronca por el vapor—. Nadie más te toca. Nadie más deja su olor en tu piel.

Mateo intentó apartarle las manos. El agua caliente y la fricción de los dedos del alfa sobre su piel empezaron a doblarle las defensas.

La respiración se le volvió pesada. El olor a jazmín de su propio cuerpo, limpio ya por el agua y dominado por el roble de Valerio, llenó el cubículo de cristal.

La pelea se le fue disolviendo por dentro, convertida en un calor que se le asentó en el vientre y le recordó el lazo que los mantenía atados.

Valerio lo arrastró contra los azulejos, le abrió las piernas con el propio cuerpo y bajó la boca hacia su cuello para morderle con suavidad la piel limpia de la garganta, sellando el espacio otra vez.

Unos golpes secos en la puerta exterior rompieron todo de golpe.

—¡Señor! ¡Señor Vancanza! —gritó la mano derecha desde el otro lado, con la voz alterada—. ¡Atrapamos a Renzo saltando el muro este! Iba armado y llevaba una bolsa de dinero. Dice que necesita hablar con usted antes de que lo bajen al sótano.

Valerio se quedó inmóvil un segundo. Mateo no conocía ese nombre, pero la cara del capo cambió de un modo que no le gustó nada.

—Ya voy —dijo Valerio, con la voz cortante.

Los sacó de la ducha sin perder tiempo, le pasó ropa seca a Mateo y se vistió él mismo. Mateo, agotado y desconcertado por el cambio brusco, obedeció sin pelear.

El pasillo subterráneo olía a óxido y cemento húmedo.

Mateo caminaba con la espalda rígida, ignorando el pinchazo en las costillas.

La férula le pesaba en el brazo y la mordida en la nuca le latía con un calor tibio que le recordaba que ya ninguno de sus movimientos era del todo suyo.

Cuatro escoltas los flanqueaban en silencio por las galerías de piedra oscura bajo la residencia.

Valerio se detuvo frente a una puerta blindada de acero y cristal polarizado. Metió una llave magnética en la ranura y empujó el panel hacia adentro.

—Entra —ordenó.

Mateo cruzó el umbral. El cuarto era pequeño y frío, dividido por un vidrio de seguridad que daba a una celda iluminada por una lámpara cenital.

Dentro, dos guardias sostenían a un tercero amarrado a una silla de metal.

Vestía el uniforme oscuro de la guardia Vancanza, con la insignia del clan cosida al pecho, ahora manchada de sangre por la nariz rota.

Mateo no lo reconoció, pero por la forma en que los escoltas bajaron la vista al pasar junto a él, entendió que era alguien con nombre dentro de la casa.

Valerio se colocó detrás de Mateo y le apoyó la mano en la cintura.

—Renzo lleva ocho años operando la radio del sector norte —explicó sin apartar los ojos del cristal—. Sabe cada frecuencia, cada horario de guardia, cada convoy que entra o sale de este puerto.

Presionó el intercomunicador.

—Tráiganlo al centro.

Uno de los guardias golpeó a Renzo en la nuca para que levantara la cara hacia el espejo. El hombre soltó un quejido y parpadeó bajo la luz blanca, con el sudor pegándole el pelo a la frente.

—Te atraparon con dinero encima, saltando un muro que tú mismo vigilas —dijo Valerio, con un tono plano—. Eso no se explica solo con miedo, Renzo. Habla.

—Señor... yo no quería nada de esto —tartamudeó el hombre, con la voz quebrada—. Fue hace semanas. Un chico se me acercó en el bar del muelle sur, donde va la gente a apostar. Sabía cosas de la familia Altoviti. Dijo que podía entregarme a su propio hermano si le pagábamos su deuda de juego.

Mateo sintió que el aire se le quedaba atorado en la garganta.

—Le pasé el dato a los mandos —siguió Renzo, temblando—. No sabía qué iban a hacer con él. Yo solo cobré una comisión por abrir el contacto. Después de lo de Carlo hoy, entendí que si alguien empezaba a tirar del hilo, iban a llegar hasta mí. Por eso corrí.

Las palabras cayeron dentro del cuarto de cristal como un bloque de hielo.

A Mateo se le desprendió el suelo bajo los pies.

El aire se le trabó en la garganta. Se le quedaron fríos los dedos, sin sensibilidad, mientras la imagen de Leo (su hermano menor, el motivo por el que había cargado con los libros negros de la mafia, por el que había recibido golpes en callejones y se había podrido en la miseria) se le hacía pedazos filosos en la cabeza.

Las costillas rotas. La sangre en la capilla.

La marca de los colmillos grabada a fuego en la nuca.

Todo había sido un cálculo. Una venta hecha por la misma persona a la que había jurado proteger con su propia vida.

—No... —murmuró Mateo, con la voz reducida a un hilo seco.

Dio un paso y chocó contra el vidrio de seguridad. Los ojos se le quedaron fijos en la celda, pero ya no veía al mensajero. Veía a Leo extendiendo la mano para recibir el dinero de los enemigos.

Un temblor le recorrió las extremidades. Su cuerpo reaccionó de inmediato al quiebre: la glándula de la nuca se le abrió y soltó una marea de feromonas de desolación. El jazmín silvestre se volvió agrio, cargado de un abandono espeso que llenó el cubículo en segundos.

Los dos escoltas de la puerta retrocedieron un paso por instinto, incómodos con ese aroma de duelo.

Mateo se llevó la mano sana al pecho, tirando de la tela porque le faltaba el aire. Las rodillas empezaron a cederle el peso. El mundo se le redujo al eco de la traición retumbándole en las sienes.

Antes de que terminara de caer, los brazos de Valerio lo rodearon.

El capo no le dijo nada a los hombres de la celda. Apagó los altavoces desde la consola, oscureció el cristal para borrar la escena del mensajero, levantó a Mateo en vilo y lo llevó al rincón más alejado del cuarto de control.

—Fuera de aquí. ¡Todos! —rugió a los escoltas.

Los guardias salieron a toda prisa, cerrando el panel blindado. Se quedaron solos en la penumbra.