Jazmín y pólvora Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

El aire del salón cambió de peso en un instante.

El olor a roble quemado y pólvora se extendió con una densidad que obligó a los diez capitanes a bajar los hombros y desviar la vista hacia el mantel, por puro reflejo de sumisión.

La misma marea envolvió a Mateo, tapando su propio aroma bajo la protección química del clan.

—Mateo no es un enemigo —dijo Valerio, con la voz baja cargada de una amenaza que apagó cualquier otro sonido en la sala—.

Es mi consorte. Lleva mi marca en la nuca y va a llevar a mis herederos el día que yo lo decida.

El apellido Altoviti murió para él el día que firmó ese papel.

Lo que quede de esa guerra, la peleo yo.

Carlo apretó la mandíbula, resistiendo la presión de la feromona con la terquedad de los viejos. Se apoyó en los puños y se levantó unos centímetros de la silla.

—Es un error, Valerio —gruñó, usando el nombre de pila por primera vez en la mañana—. Ese muchacho no es más que una rata de los muelles. No tiene linaje ni valor estratégico, y nos va a costar la seguridad de la casa. No puedes sentar a esa escoria al lado del sillón de mando.

La palabra resonó en el techo de mármol.

Mateo ni alcanzó a respirar.

Valerio no gritó. No dudó tampoco. En algún rincón frío de su cabeza, el mismo que llevaba doce años calculando cada movimiento del cartel, entendió con total claridad lo que estaba a punto de costarle: perder al capitán más viejo y experimentado de la organización, justo en medio de una crisis con los Altoviti, era un precio real y no uno pequeño. Lo pagó de todas formas.

Su mano bajó a la funda del cinturón con un movimiento limpio, militar. La pistola salió, cruzó el aire y se alineó con la cabeza de Carlo en menos de un segundo.

El disparo retumbó contra los ventanales y la piedra. La bala atravesó el hueso con precisión; la cabeza del viejo se sacudió hacia atrás y el cuerpo cayó como un peso muerto, resbalando de la silla hacia el mármol.

Un chorro de sangre saltó por encima de la mesa. Mateo no tuvo tiempo de esquivarlo: varias gotas calientes le salpicaron la mejilla, resbalando hasta manchar el cuello de la camisa de seda.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el humo blanco de la pólvora flotando bajo la luz de los candelabros. Los nueve capitanes restantes se quedaron congelados, pálidos, sin atreverse a mirar el cuerpo que empezaba a formar un charco rojo sobre las losas.

Valerio mantuvo el arma en alto dos segundos más antes de bajarla y apoyarla sobre la mesa, la mano todavía en la culata.

—Cualquiera que vuelva a faltarle el respeto a mi consorte —dijo, recorriendo con la mirada a cada uno de los presentes— termina en la misma fosa que Carlo antes de que caiga la noche. Mateo habla con mi voz. Lo que él ordene en esta casa se cumple igual que si saliera de mi boca. ¿Quedó claro?

Mateo, al escucharlo, sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral, sin embargo, se obligó a no mostrar nada.

—Sí, señor —respondieron los nueve, casi al unísono, sin levantar la vista.

—Límpienlo —ordenó Valerio, señalando el cuerpo con la barbilla.

Dos guardias lo arrastraron fuera por los tobillos, dejando un rastro largo sobre el mármol blanco.

Valerio se giró hacia Mateo. Seguía inmóvil en la silla, el pecho agitado, la vista fija en la mancha roja de la mesa y el hilo de sangre ajena deslizándose por su propia mejilla hacia la clavícula.

No temblaba. En su expresión no quedaba el pánico típico de una víctima cualquiera.

Había algo más difícil de nombrar: el peso de entender, por primera vez con total claridad, la magnitud del hombre al que estaba atado.

Valerio sacó un pañuelo del bolsillo interior del saco. Se inclinó hacia él y, con una delicadeza que no encajaba con lo que acababa de hacer, le limpió la sangre de la mejilla, pasando la tela despacio hasta dejarle la piel limpia.

Mateo sostuvo la mirada mientras la mano del capo le rozaba el pómulo.

Sus respiraciones se cruzaron en el espacio mínimo que quedaba entre los dos, y Mateo sintió una descarga subirle por la columna: una mezcla de terror y de una atracción que no sabía cómo negarse a sí mismo, mientras entendía, con una certeza fría, que Valerio Vancanza acababa de quemar a su propia gente solo para dejar claro, sin necesidad de decirlo, que él era la prioridad por encima de todo lo demás.

—Estás limpio —dijo Valerio, guardando el pañuelo manchado. Mateo tragó saliva, sosteniendo la barbilla en alto a pesar del pulso que todavía le retumbaba en los oídos.

—Vámonos de aquí —solicitó, sin apartar los ojos de los del capo.

Valerio sonrió de lado, una curva breve y peligrosa que le movió la cicatriz de la mandíbula.

Le ofreció la mano izquierda para ayudarlo a levantarse, frente a la mirada sometida de toda la cúpula.

Mateo dudó un instante antes de posar los dedos sobre esa palma grande y caliente, aceptando el apoyo delante de los hombres que acababan de presenciar, sin decirlo en voz alta, el nacimiento de un nuevo orden en la casa.