Capítulo 7 #2
La recuperación avanzó despacio, ayudada por las horas de sueño que la medicina le imponía.
Valerio no volvió a buscarlo con intenciones eróticas, pero su manera de dormir se convirtió en una invasión cotidiana: se acostaba a su lado cada noche, le pasaba el brazo por la cintura y lo pegaba a su pecho hasta que el olor a madera quemada y cuero le apagaba a Mateo cualquier espasmo del vínculo antes de que empezara.
Entre los dos se instaló algo torcido, algo que Mateo no sabía nombrar sin sentir asco de sí mismo por hacerlo.
Odiaba esa cercanía. Y sin embargo, en la oscuridad, sus ojos se acostumbraron a mirar cosas que antes no se había permitido ver: los hombros que tensaban la tela de las camisas, la espalda recta con esa disciplina casi militar, la cicatriz nueva en la mandíbula que le daba a su rostro un filo distinto, más peligroso, más difícil de ignorar.
Había algo en la manera precisa y sin desperdicio con la que Valerio movía las manos que a Mateo le resultaba imposible de explicar sin admitir que lo estaba mirando con más atención de la que quería.
Se odiaba por eso en secreto. Su cuerpo, atado ya por el vínculo, reaccionaba a la sola cercanía del capo con un calor que no le pedía permiso.
No era ni perdón ni afecto. Le costaba nombrarlo sin que le diera vergüenza: la atracción que nace entre dos personas que se reconocen por las mismas cicatrices, aunque una se las haya hecho a la otra.
Valerio tampoco lograba mantener la cabeza fría. Cada vez que Mateo se movía en la cama o pasaba una página, él encontraba una excusa para levantar la vista.
El omega no era la figura débil que había imaginado sacar de la red baja de los Altoviti.
Tenía una belleza arisca, de pómulos filosos bajo la piel pálida, unos ojos azules que seguían ardiendo de rabia incluso enfermo, y una manera de sentarse siempre lista para defenderse, aunque en ese estado no pudiera, que a Valerio le resultaba más tentadora que cualquier sumisión fácil.
Se descubrió deseando esa curva del cuello no solo porque el vínculo se lo exigiera, sino por el simple placer de saber que domar esa terquedad no iba a ser rápido.
La tregua se rompió la mañana del tercer día.
El sol apenas cruzaba los muros de piedra cuando la mano derecha de Valerio golpeó la puerta. Entró sin avanzar más de dos pasos, con la cabeza baja.
—Señor. Los capitanes están reunidos en el salón. Exigen audiencia antes del mediodía.
Valerio no soltó el documento que tenía entre las manos.
—No hay reuniones programadas para hoy.
—Es por el consorte, señor —dijo el subordinado, tragando saliva—. La mesa duda de su lealtad después de lo del puerto. El señor Carlo encabeza el reclamo. Piden bajarlo a los sótanos para un interrogatorio formal, verificar si entregó información a la facción enemiga.
Mateo se tensó de golpe. Sintió el pulso disparársele en la garganta. Sabía perfectamente lo que significaba un "interrogatorio formal" en las catacumbas de un cartel: torniquetes, hierro caliente, y una verdad, cualquier verdad, real o inventada, arrancada a la fuerza.
Valerio dejó el papel sobre el escritorio. La cicatriz de su mandíbula se tensó apenas.
—Diles que bajo en diez minutos.
La mano derecha salió. Valerio cruzó la suite hasta la cama y se quedó de pie junto al borde, mirando a Mateo de arriba abajo. El omega intentaba sostenerle la mirada, aunque el color pálido de sus mejillas delataba el miedo que no lograba disimular.
—Ponte de pie.
—Si me van a llevar al sótano, prefiero que me pegues un tiro aquí —dijo Mateo, con la voz rasposa.
Valerio se inclinó, apoyando la mano junto a su cabeza, acorralándolo contra la almohada. El olor del alfa cayó sobre él como una manta pesada, aflojándole las piernas contra su voluntad.
—Nadie te lleva a ningún sótano —susurró, rozándole la oreja antes de bajar hacia el cuello, donde la marca todavía lucía la costra roja—. Vas a bajar conmigo. Te vistes, caminas a mi lado, mantienes la boca cerrada. De ellos me encargo yo.
Cruzó hasta el cuarto de vestir del fondo, donde colgaba, todavía con las etiquetas, la ropa que había mandado pedir para su consorte el mismo día que decidió desposarlo.
Sacó un pantalón y una camisa de seda oscura y los dejó caer sobre la cama.
Mateo se levantó despacio, apretando la faja para amortiguar el dolor, y se vistió con la mano izquierda, negándose a mostrar el mareo que le subía con cada movimiento.
Valerio no apartó los ojos de él en ningún momento.
Vio la línea de la columna, la palidez de la cintura, la red de cicatrices viejas cruzándole la espalda como un mapa de años de golpes.
Esa imagen, sumada al cuerpo que se movía frente a él con una dignidad que ni la enfermedad le había quitado, le apretó algo en el pecho que reconoció, sin poder evitarlo, como puro instinto de propiedad.
Ese omega era suyo. No lo decía el papel firmado en la capilla.
Lo decía la sangre, literalmente ya mezclada con la de Mateo desde la mordida, con más fuerza que cualquier acta.
Mateo se abrochó la camisa con torpeza por culpa de la férula. La seda le colgaba suelta sobre el torso, dejando ver el contraste de su piel pálida y la marca fresca en el cuello, imposible de esconder.
—Avanza —dijo Valerio, abriendo la puerta.
Salieron al pasillo flanqueados por cuatro escoltas. Mateo caminaba con la espalda rígida para ocultar el dolor de las costillas, la barbilla en alto, sintiendo el calor de Valerio a su derecha como un ancla que, muy a su pesar, le devolvía algo de estabilidad al pulso.
Bajaron por la escalinata de mármol hacia el gran salón, un espacio de techos altos iluminado por candelabros de hierro y dominado por una mesa larga de caoba.
Diez capitanes esperaban sentados, todos con trajes oscuros y caras marcadas por años de violencia.
Al fondo presidía Carlo, el más viejo de todos, con el cabello canoso peinado hacia atrás y la mirada de quien ha sobrevivido a tres generaciones de jefes.
El murmullo se cortó en cuanto las puertas se abrieron. Mateo caminaba pegado al hombro derecho de Valerio, luciendo la seda, la férula y la marca. Los diez capitanes se pusieron de pie por reflejo, pero las miradas fueron directo a él, cargadas de un desprecio que no se molestaban en disimular.
Valerio no ocupó su sillón habitual. Jaló la silla acolchada de la derecha, el lugar que históricamente ocupaba el segundo al mando, con un movimiento seco.
—Siéntate —le dijo a Mateo.
Mateo dudó un instante, sintiendo el peso de diez pares de ojos hostiles.
Sentarse ahí era una provocación directa.
Pero al cruzar la mirada con Valerio entendió que titubear era exactamente lo que esos hombres esperaban de él, y algo terco dentro de su pecho se negó a dárselos.
Se sentó, apoyó la mano sana en la mesa y dejó descansar la muñeca inmovilizada sobre el regazo.
Valerio tomó el sillón principal, se recostó y paseó la vista por los rostros de sus hombres, que seguían de pie, rígidos.
—Pueden sentarse.
Nadie se movió durante tres segundos, hasta que Carlo, desde el extremo opuesto, se dejó caer pesadamente en su silla, seguido por los demás.
—Señor Vancanza —empezó, carraspeando—. Con el debido respeto, la presencia de este muchacho en la mesa directiva es una falta a las normas de la estirpe.
Valerio no movió las manos de la mesa.
—Continúa.
—Estamos reorganizando fronteras tras la caída de los puentes del puerto —siguió Carlo, señalando a Mateo con un dedo huesudo—.
Los Altoviti nos robaron tres cargadores la semana pasada.
Este chico viene de esa misma red de ratas de los muelles.
Exigimos que baje a los sótanos, que se le saquen los nombres de sus contactos antes de que sea tarde.
No podemos tener a un enemigo durmiendo en el ala ejecutiva.
Un murmullo de asentimiento recorrió la mesa.
Mateo sintió el sudor bajarle por la espalda, apretando los dedos de la mano sana contra la madera hasta cortarse la circulación en las uñas.
Quería hablar, quería decirles que no le debía nada a los Altoviti, pero la orden de Valerio le pesaba más que las ganas.
Valerio inclinó la cabeza despacio. Algo helado se le instaló en la mirada.
Sin decir palabra, soltó toda la carga de su presencia.