Capítulo 7
Los dos días siguientes convirtieron la suite en un territorio nuevo, uno donde Valerio no necesitaba levantar la voz para ganar terreno.
La fiebre de Mateo cedió despacio, ayudada por las inyecciones de antibiótico, pero el cansancio de la carne y el peso del vínculo reciente le dejaron las extremidades tan pesadas como si cargara arena bajo la piel.
La muñeca seguía inmovilizada en la férula; la faja de las costillas le recordaba, en cada respiración honda, el precio exacto de haber intentado escapar.
La primera mañana, cuando el sudor y el rastro pesado del celo volvieron el aire de las sábanas insoportable, Mateo intentó levantarse solo para llegar al baño de piedra al fondo de la suite. Las piernas le fallaron apenas puso los pies en la alfombra.
Valerio cruzó la habitación, metió los brazos bajo sus muslos y lo levantó del suelo.
—Suéltame. Puedo caminar solo —dijo Mateo entre dientes, empujándole el pecho con la mano sana, un esfuerzo que no movió al capo ni un centímetro.
Valerio no respondió. Lo llevó directo al baño, donde una tina de mármol negro ya humeaba con agua caliente.
Alguien la había preparado antes de que él mismo terminara de decidir hacerlo, notó Mateo, y ese detalle lo inquietó más que la fuerza con la que lo cargaba.
Valerio lo sentó en el borde de piedra y empezó a desabrocharle el pantalón con una soltura que a Mateo le hirvió la sangre en las venas.
—Dije que me sueltes —repitió, atrapándole la muñeca con los dedos de la mano izquierda.
Valerio se detuvo un segundo. Bajó la vista hacia esa mano aferrada a su piel, y algo le cruzó el rostro que Mateo no supo nombrar del todo.
Sorpresa, tal vez. O el reconocimiento de una pelea que no pensaba dar.
Desapareció tan rápido como llegó. Con una presión tranquila pero imposible de resistir, le soltó los dedos, terminó de quitarle el pantalón y lo bajó al agua.
El calor le arrancó a Mateo un jadeo involuntario.
Intentó cubrirse el pecho con el brazo sano, consciente de la desnudez y de las cicatrices que el agua dejaba a la vista, pero Valerio ya se había arrodillado junto al borde de la tina.
Tomó una esponja, la empapó en jabón y empezó a pasársela por los hombros.
—No soy un lisiado —siseó Mateo, girando la cara para no respirar tan cerca el aliento del alfa.
—No —dijo Valerio, limpiando con cuidado los bordes de la marca en su nuca sin apretar la piel inflamada—. Pero tienes fiebre, una fisura en el radio, y si te resbalas aquí adentro te terminas de romper las costillas. Déjate lavar.
La mano de Valerio era grande y, contra toda lógica, cuidadosa.
Recorría los hombros de Mateo con una atención que no tenía nada que ver con la urgencia de la otra noche, deteniéndose en cada hueso que se marcaba de más bajo la piel: la clavícula demasiado filosa, las costillas que se contaban una a una a pesar de la faja, los brazos delgados donde debería haber músculo y solo había el recuerdo de años sin comer lo suficiente.
Valerio pensó, sin poder evitarlo, en lo que el médico había dicho la noche anterior.
El vínculo se lo exigía sin margen para la duda: ese cuerpo era suyo ahora, y un cuerpo suyo no podía seguir así, débil, a medio morir de hambre.
Cada instinto de alfa que llevaba en la sangre le pedía a gritos corregirlo, alimentarlo hasta que la fragilidad desapareciera.
Y sin embargo, algo en él, algo que no le gustaba examinar de cerca, se aferraba a la idea de no cambiar nada todavía.
Le gustaba esa fragilidad tanto como le repugnaba haberla causado en parte.
Le gustaba tener entre las manos algo que necesitaba tanto cuidado, aunque supiera, con la misma claridad con la que sabía leer un mapa de guerra, que no iba a mover un dedo para que engordara más rápido de lo que su propio cuerpo pudiera soportar.
Ya habría tiempo. No tenía prisa por perder esa versión de Mateo, la que todavía cabía entero bajo sus manos, aunque esa idea chocara de frente contra todo lo que el vínculo le ordenaba sentir.
Mateo, del otro lado de ese silencio, no le importaba que Valerio pudiera pensar de su cuerpo.
Le daba igual. Lo que le quemaba por dentro era la exposición misma, estar sin ropa, sin nada que lo cubriera, delante de otra persona, algo que no le había pasado salvo con ese hombre, y cuando su padre lo obligaba a desvestirse para contarle las costillas como si fuera un juego.
Llevaba media vida aprendiendo a esconderse: camisas y pantalones holgados, la costumbre de dar la espalda antes de que alguien pudiera mirar demasiado tiempo.
Ahí, en esa tina, no tenía ninguna de esas defensas.
No era vergüenza por lo que Valerio viera.
Era el pánico simple de estar desnudo frente a otro ser humano sin ningún control sobre eso.
A pesar de esa incomodidad, y fuera de toda lógica, sintió cómo la tensión de sus músculos cedía bajo el agua tibia y el roce constante de la tela, y odió ese alivio casi tanto como odiaba al hombre que se lo daba.
Ser atendido por quien lo había cazado en el lodo del muelle tenía un sabor que no encontraba cómo tragar.
Valerio terminó de pasarle la esponja por la espalda, despacio, sin prisa por avanzar a ningún otro sitio.
Podía sentir el pulso de Mateo bajo los dedos, más rápido de lo que la temperatura del agua explicaba, y una parte de él, la misma que llevaba mucho tiempo acostumbrada a tomar lo que quería sin preguntar, se planteó por un segundo ir más allá.
No lo hizo. Ese cuerpo ya había cargado suficiente durante esas horas, y algo en la fragilidad de los hombros bajo sus manos le pedía, sin palabras, que por una vez el cuidado no viniera pegado a una exigencia.
Cuando terminó de enjuagarlo y lo envolvió en una toalla para llevarlo de vuelta a la cama, Mateo ya no peleó. Se quedó callado, derrotado por su propio cuerpo antes que por cualquier otra cosa.
La comida fue el siguiente frente.
A la hora del almuerzo, Valerio hizo entrar una bandeja con caldo de res, vegetales cocidos y pan fresco. No lo quería para engorda, pero era claro que debía alimentarse. Mateo miró el tazón y le dio la espalda a la mesa.
—No tengo hambre.
Valerio se sentó en la orilla del colchón, calmado, llenó la cuchara y la sostuvo a centímetros de su boca.
—No te estoy preguntando si tienes hambre —dijo, con esa voz que nunca subía de volumen y por eso mismo daba más miedo—. Tu cuerpo necesita cerrar la carne de la nuca y fijar el hueso. Abre la boca.
—Prefiero morirme de hambre antes que comer de tu mano.
Valerio acercó la cara hasta que Mateo pudo ver el borde rojo de la cicatriz reciente en su mandíbula, la que él mismo le había abierto con la hebilla del cinturón.
—Si no comes por tu cuenta, te abro la boca con los dedos y te hago tragar la comida a la fuerza. Tú decides cómo lo quieres.
Mateo le sostuvo la mirada tres segundos que le parecieron minutos, buscando alguna grieta de duda.
No la encontró. Abrió los labios y aceptó la primera cucharada, tragando cada bocado como si fuera veneno mientras Valerio le daba de comer con una paciencia que lo sacaba de quicio más que cualquier grito.
Las tardes se instalaron en esa misma tensión repetida.
Valerio armó un escritorio junto al ventanal para revisar reportes del puerto y dictar órdenes en voz baja sin dejar de tener un ojo puesto en la cama.
El tercer día dejó sobre la mesa de noche dos libros de empaste de cuero, un tratado de estrategia naval y una historia política vieja, sin decir para qué.
Mateo los empujó hacia el borde con la férula.
—No quiero tus libros.
Valerio ni levantó la vista de sus documentos.
—Me da igual. Pero si te quedas mirando el techo doce horas al día, la cabeza te va a comer vivo.
Mateo perdió la vista en las ventanas, dándole vueltas a su situación.
No se estaba rindiendo. Se estaba obligando a pensar con la misma cabeza fría que lo había mantenido vivo en los callejones: el cuerpo primero tenía que sanar, la muñeca, las costillas, la fiebre que todavía a ratos quemaba por dentro, para pensar en fugarse.
Y ahora sabía también que aunque lograra escapar de esa habitación, el vínculo lo ataba a Valerio de una forma que ningún plan podía funcionar todavía.
Separarse de él ahora, con la marca tan fresca, lo mataría antes de que llegara al primer muro exterior. No le quedaba más que esperar.
Lo raro era lo otro. Nadie lo había cuidado nunca, ni de niño, ni después, cuando Leo dependía enteramente de él. Llevaba tanto tiempo pensando en sobrevivir un día más que no sabía cómo se sentía no tener que calcular nada durante unas horas.
Ahí, tendido con la muñeca inmovilizada y alguien más resolviendo la comida, la fiebre, hasta la temperatura del agua de un baño, algo en él se aflojaba de un modo que no supo si temer o agradecer. Debía estar en pie de guerra, pero se había quedado quieto y eso era algo desconocido.
Para la tarde siguiente, el aburrimiento y la necesidad de acallar los pensamientos sobre Leo y su situación, pudieron más que el orgullo. Mateo estiró la mano sana, tomó el libro de historia y empezó a pasar las páginas.
Descubrió que leer lo sacaba, aunque fuera un rato, del dolor de la nuca y de la presencia constante del hombre junto a la ventana.
Cuando Valerio notó que leía concentrado bajo la lámpara, no dijo nada.
Solo la comisura de la boca se le movió un milímetro, lo suficiente para que Mateo, de reojo, lo viera y fingiera no haberse dado cuenta.