Capítulo 6
El dolor en la nuca despertó a Mateo a mitad de la tarde. No era una molestia sorda, sino una punzada ardiente que se abría paso en la carne y le bajaba por la columna cada vez que la piel rozaba la sábana.
La suite seguía a oscuras, cruzada solo por el haz gris que se filtraba entre los bordes de las cortinas.
Mateo parpadeó con pesadez. El sudor le pegaba el cabello a las sienes; la fiebre le llenaba la garganta de un sabor amargo a bilis y yodo.
Intentó incorporarse y la faja apretada contra sus costillas le sacó un jadeo corto.
La muñeca, aprisionada en la férula de aluminio, le pesaba sobre el vientre como una pieza de madera muerta.
Ladeó la cara despacio. A unos metros, sentado en el sillón de orejas de cuero negro, Valerio lo observaba.
El capo no llevaba el abrigo militar; solo la camisa negra abierta en el primer botón y los pantalones oscuros.
Tenía los brazos sobre los descansabrazos y los ojos fijos en el rostro de Mateo.
La cortada de la mandíbula lucía roja, con un borde limpio de sangre seca.
No había en él ni prisa ni el aire de mando con el que caminaba por la mansión, solo un silencio vigilante, el de un animal que custodia el perímetro de su propia guarida sin apartar la vista de lo que descansa en el centro.
Mateo apretó los dientes contra la almohada.
Tenía la mente nublada por la fiebre, pero la memoria de la noche anterior seguía intacta, quemándole las entrañas: la marea del celo, el impacto de las embestidas, esa mano suya que él mismo había llevado a la nuca de Valerio para no ser solo espectador de su propio sometimiento.
Todo eso lo devoraba por dentro. Y encima del rechazo y la náusea, sentía la marca fresca en la nuca latiendo con un calor constante, como si algo de Valerio se le hubiera quedado circulando bajo la piel.
—Sigues ardiendo —dijo Valerio. La voz fue un murmullo bajo que cortó el silencio sin alterar el aire.
Mateo no respondió. Cerró los ojos, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los músculos de la cara. Odiaba esa mirada. Odiaba la certeza con la que ese hombre ocupaba el espacio, y sobre todo odiaba la calma que le salía de encima como si nada de lo de anoche le costara nada.
La tranquilidad no duró. Al cabo de unos minutos, unos golpes secos retumbaron en la madera de la puerta.
Valerio no se levantó de inmediato. Esperó a que se repitieran antes de ponerse de pie con una lentitud calculada.
Cruzó la habitación, abrió apenas unos centímetros y escuchó el reporte en voz baja de su mano derecha.
La cara se le volvió de piedra en un segundo; las cejas se le juntaron y la rigidez militar le volvió a los hombros como un hábito viejo.
—Falla en los cargadores del sótano tres —explicó el subordinado, masticando las palabras—. Los hombres esperan abajo. Si no autoriza la entrada de los camiones antes de la noche, se pierde la carga del muelle.
Valerio miró de reojo hacia la cama. Mateo yacía de espaldas a él, inmóvil, con la respiración agitada y la sábana subida hasta el pecho.
—Bajo en un minuto.
Cerró la puerta, tomó su arma de la mesa de noche, se la encajó en la funda del cinturón y salió sin decir una palabra más. La hoja de madera se cerró con un chasquido metálico a sus espaldas.
En cuanto sus pasos se perdieron por el corredor, el cuerpo de Mateo empezó a fallar.
Primero fue un frío raro en el pecho, como si le hubieran abierto una ventana en las costillas.
Después, un vacío que le subió por la garganta y le cerró el aire a medio camino.
Mateo intentó respirar hondo y solo consiguió una bocanada corta, insuficiente, seguida de una náusea que le trepó desde el estómago con sabor a metal.
—Ah... —articuló, apretando la sábana con la mano sana.
El sudor frío le cubrió la piel en segundos.
La fiebre y algo más, algo que no sabía nombrar, que nacía justo en la marca de la nuca y se extendía como una grieta, le dispararon el pulso hasta un ritmo que no reconocía como propio.
El dolor de la mordida dejó de ser una punzada y se convirtió en una descarga que le bajaba por los hombros hasta la punta de los dedos, como si la herida buscara algo que ya no estaba en la habitación.
La vista se le llenó de puntos amarillos. Mateo se dejó caer del colchón por puro instinto, buscando aire cerca del suelo, pero las piernas no le sostuvieron el peso.
El cuerpo golpeó de costado contra las losas heladas.
La férula chocó contra la pata de la cama y le arrancó un gemido entre dientes.
Se hizo un ovillo, temblando, con el frío del piso atravesándole la tela del pantalón de pijama que Valerio le había colocado, mientras por dentro sentía que algo se le quemaba vivo.
No entendía del todo lo que le pasaba, solo que su cuerpo pedía a gritos algo que su cabeza se negaba a nombrar, y que esa contradicción lo estaba partiendo en dos.
Tres pisos abajo, en el pasillo del sótano tres, Valerio se detuvo a mitad de una zancada y se llevó la mano al pecho.
Fue un tirón seco, un ardor que le cortó la voz justo cuando le daba instrucciones al encargado de la logística.
No sabría explicarlo después, ni siquiera lo intentó, pero algo le dijo, con la misma certeza con la que reconocía el peligro en un callejón, que Mateo se estaba cayendo a pedazos tres pisos arriba.
—Señor, el manifiesto de las armas... —empezó el encargado, dando un paso con una carpeta en la mano.
Valerio no lo dejó terminar. Le dio un empujón que lo mandó contra unos guacales de madera y, sin una sola explicación, dio media vuelta y echó a correr hacia la escalera de caracol.
Subió los tramos de piedra de tres en tres. Los sicarios de los descansillos se apartaron al verle la cara. No pensaba en estrategia ni en diplomacia; solo en llegar.
Cruzó el corredor del ala privada a paso de carga, metió la llave en la cerradura con la mano temblando de adrenalina y pateó la puerta hacia adentro.
—¡Fuera de aquí! ¡Nadie pisa este pasillo! —rugió hacia el corredor antes de cerrar de un portazo y pasar el cerrojo por dentro.
El silencio volvió a caer, roto solo por los jadeos lastimosos que venían del suelo, junto a la cama.
Valerio cruzó el espacio en tres pasos y se detuvo sobre el cuerpo de Mateo.
Estaba hecho un ovillo, temblando con una violencia que le hacía chocar los dientes.
La piel pálida, bañada en sudor frío, la mano izquierda apretada contra las costillas mientras intentaba tragar aire que no le llegaba de ningún lado.
El olor que soltaba ya no era el dulce del celo, sino algo agrio, roto, el olor de un cuerpo que cree que lo han dejado solo.
Valerio no pensó en dar una orden. Se dejó caer de rodillas sobre las losas, pasó los brazos bajo el torso y los muslos de Mateo, ignorando el tirón débil con que este intentó apartarlo al sentir el contacto, y lo levantó contra su pecho sin usar más fuerza de la necesaria.
Mateo soltó un quejido bajo, con la vista perdida y las pupilas dilatadas al límite. La cabeza se le fue hacia atrás, cayendo en el hueco entre el hombro y el cuello de Valerio como si ya no le quedara ni la fuerza para sostenerla.
—Tranquilo —dijo Valerio. La voz le salió baja, despojada de cualquier tono de mando.
Se incorporó con Mateo en brazos, caminó hasta la cama y se dejó caer sobre la superficie sin quitarse las botas ni el arma.
Lo acomodó en el centro del colchón, subió las mantas hasta cubrirle los hombros y se tendió a su lado.
Le pasó el brazo izquierdo por la cintura y lo atrajo hasta que no quedó espacio entre los dos cuerpos.
Inclinó el rostro sobre la nuca lastimada, justo donde la marca lucía roja e hinchada, y dejó que su propio olor a madera quemada y cuero, ese fondo de pólvora fría que Mateo ya no podía separar de él, empapara las mantas y la almohada.
El cambio en Mateo fue casi inmediato. En cuanto el aroma le llenó las fosas nasales y el calor del cuerpo de Valerio le atravesó la ropa, los temblores empezaron a ceder.
La respiración se le frenó en un jadeo largo, hondo, como si algo dentro de él hubiera encontrado por fin lo que llevaba minutos buscando a ciegas.
El ardor de la nuca bajó de intensidad, sustituido por un calor tibio que le devolvió al corazón un ritmo casi normal.
Mateo intentó cerrar los puños, aferrarse al odio que lo había sostenido toda la noche, recordar que el hombre que lo abrazaba era el mismo que le había roto la muñeca y la libertad en la misma jornada.
Pero el cuerpo no le hizo caso a la cabeza.
Se aflojó bajo el brazo de Valerio; la frente terminó apoyada contra la carne dura de su hombro, y el brazo sano se le dobló entre los dos pechos, buscando el calor que le arrancaba el frío de los huesos.
Una lágrima de impotencia se le escurrió por la sien, perdiéndose en las sábanas.
Valerio sintió la humedad contra su propia piel y no dijo nada al respecto. Ajustó la presión del brazo alrededor de la cintura de Mateo, cuidado las costillas, y pegó los labios al cabello sudado.
—No me voy a ir —susurró en la penumbra, cerrando los ojos mientras el olor a jazmín silvestre volvía a asentarse, limpio, en el aire de la habitación—. De este cuarto no te saca nadie, Mateo. Ni tu gente, ni la mía, ni tú mismo.
Se quedó inmóvil en la oscuridad, escuchando el latido de Mateo acompasarse contra su pecho, cayendo en la cuenta por primera vez desde que lo sacó a rastras del muelle, de que la muralla que acababa de levantar alrededor de ese cuerpo también lo había encerrado a él.