Capítulo 5
La suite amaneció sumida en un silencio helado.
Mateo permanecía tendido de lado, incapaz de erguirse.
La fiebre le quemaba la piel desde adentro, una mezcla de agotamiento por el celo forzado, la infección que ya se abría paso en la mordida fresca de la nuca y la inflamación descontrolada de la muñeca derecha.
Cada respiración le costaba un esfuerzo enorme por las costillas fisuradas.
Valerio ya estaba de pie junto a la cama, vestido con pantalones oscuros y una camisa limpia. La cortada de su propia mandíbula lucía roja, cerrada apenas por una costra fina.
—Arriba, no te quedarás ahí sin hacer nada —dijo mientras se abrochaba el reloj en la muñeca. Al ver que Mateo no reaccionaba a sus órdenes y que el calor de su piel irradiaba algo anormal, se acercó y le puso la mano en la frente. La fiebre le quemó los dedos—. Carajo.
Abrió la puerta de la suite y llamó a su mano derecha, que esperaba en el pasillo junto a dos guardias.
—Tráeme al médico de la familia ahora mismo —ordenó, con la voz áspera—. Que venga con todo el equipo. Si se muere de infección, les corto el cuello a los dos.
—Sí, señor —dijo la mano derecha, entregándole una carpeta de cuero negro—. Aquí está el expediente que pidió sobre la red baja del muelle y el historial completo de su consorte.
Valerio la tomó sin mirarla, la dejó caer sobre la mesa de noche y volvió a entrar a la habitación a esperar al médico, observando al omega de forma incisiva.
Quince minutos después, el médico del cartel entró con un maletín. Al ver el estado de Mateo sobre la cama, no hizo preguntas. Sacó tijeras quirúrgicas, desinfectante, vendas gruesas y una férula rígida.
—Córtenle lo que le queda de camisa para revisar el tórax y la muñeca —ordenó a su asistente, señalando la tela que colgaba entera por la espalda, intacta desde el botón que Valerio le había arrancado la noche anterior.
Con dos tirones secos, la tela negra se abrió por la espalda, cortada así para no forzar el brazo lastimado.
Al quedar el torso y la espalda de Mateo al descubierto bajo la luz fría de la suite, Valerio se detuvo a medio paso.
No eran solo los moretones recientes de la captura en el muelle.
Sobre la piel pálida del omega había una red de cicatrices viejas: marcas gruesas de latigazos, quemaduras circulares de cigarrillo en los omóplatos, cortes mal cosidos cruzando la columna.
No eran heridas de peleas callejeras ni de contrabando.
Eran las marcas de alguien que llevaba maltratado desde hacía mucho más tiempo del que Valerio hubiera imaginado.
El médico limpió con yodo la mordida de la nuca, la marca fresca, profunda, distinta de la del hombro que Valerio le había dejado la noche anterior en el pasillo, colocó una faja rígida alrededor de las costillas y empezó a inmovilizar la muñeca con la férula de aluminio y las tiras de velcro.
—El radio tiene una fisura, señor Vancanza —informó sin dejar de trabajar.
—¿Las otras marcas? —cuestionó con los brazos cruzados.
—Las de la espalda son antiguas, algunas de más de diez años.
Además, señor, hay signos de desnutrición severa y trauma acumulado.
Es un milagro que este muchacho siga en pie —se atrevió a decir porque era cierto.
El consorte del alfa estaba excesivamente delgado, tenía la palidez de quien no comía con regularidad.
Era un omega hermoso, pero como solía ocurrir en las calles, su belleza estaba marchita por sus circunstancias.
Valerio no respondió. Tenía la vista fija en la mordida de la nuca, todavía inflamada, todavía suya de una forma que ningún papel firmado en la capilla podía igualar.
La había hecho sin pensar, arrastrado por el rut y por algo más que no se atrevía a nombrar todavía, y ahora esa marca iba a quedarse ahí para siempre, uniendo lo que quedara de los dos aunque ninguno lo hubiera decidido con la cabeza fría.
De pronto, entre el delirio de la fiebre, Mateo reaccionó al contacto del médico por puro instinto de supervivencia.
Sin fuerzas para incorporarse, arrugó la frente, soltó un gruñido débil y lanzó un manotazo torpe con la mano sana, cubriéndose el rostro como quien lleva toda la vida aprendiendo que cualquier mano que se acerca puede terminar en golpe.
Valerio observó el gesto sin decir nada.
Ese instinto de defenderse incluso inconsciente, incluso destrozado, le apretó algo en el pecho que no supo nombrar de inmediato.
No era lástima. Era más parecido a reconocer un reflejo que él mismo tenía grabado en el cuerpo desde niño, el mismo que lo había hecho sobrevivir a su propio padre.
Entendió, mirando esa espalda marcada, que la rata de los Altoviti que había cazado en el lodo del puerto no era ningún peón débil de esa familia. Era alguien que llevaba toda la vida siendo aplastado y que, aun así, prefería morder antes que doblarse.
—Terminen de vendarlo y salgan —ordenó, con la voz más baja de lo que pretendía.
Había una carga en su propia voz que no reconoció al principio, algo parecido a la posesividad, pero más sucio, más hondo.
Lo atribuyó a la mordida todavía fresca en sus propios dientes, al gusto de sangre que le quedaba en la boca, a la dominación completa que acababa de ejercer sobre ese cuerpo delgado.
No se le ocurrió otra explicación, y no buscó ninguna más.
El médico aplicó una inyección de antibióticos de amplio espectro en el muslo de Mateo, recogió el instrumental y salió junto a su asistente, cerrando la puerta tras de sí.
No estaba seguro de qué le depararía a esa criatura que dejaba atrás, entregada por completo a las garras de un depredador que no conocía la palabra piedad.
Valerio se quedó solo. Tomó la carpeta de cuero negro de la mesa de noche y la abrió.
El expediente médico era escueto y frío: ingresos hospitalarios repetidos desde los ocho años, fracturas de costilla, quemaduras que nunca se explicaban del todo bien en el reporte, cortes que alguien había cosido en casa en vez de llevarlo a un hospital de verdad.
Ningún informe decía quién le había hecho eso ni por qué.
Eso lo habían averiguado los hombres de Valerio en la calle, preguntando en los mismos callejones donde Mateo había crecido: un padre borracho, violento, que no se conformaba con los golpes.
Lo encerraba días enteros sin comida por cualquier error, lo quemaba con cigarrillos cuando la bebida lo ponía especialmente cruel.
Lo único que nunca hizo fue venderlo, y no por ningún resto de cariño: Mateo le resolvía la vida entera, cargando con las deudas y los favores que su padre no sabía o no quería pagar él mismo.
El padre había muerto hacía dos años, dejando a Mateo enterrado hasta el cuello en las deudas y los compromisos de la familia Altoviti, sin nadie más a quien pasarle la cuenta salvo a él mismo y a un hermano menor que todavía no sabía cuidarse solo.
Las deudas de juego heredadas por pura lealtad fraterna estaban ahí también, línea por línea, una cifra tras otra que ningún crío debería haber cargado nunca.
Pero fue una nota al margen, apenas una línea perdida entre los informantes, lo que le hizo detener el dedo sobre el papel: el omega maneja los libros del almacén sin que nadie se lo haya enseñado.
Los números le cuadran solos. Nada más. Ningún detalle de cómo, ni de cuánto.
Solo esa frase suelta, como una advertencia que Valerio no supo, todavía, del todo cómo leer.
Cerró la carpeta despacio. Se acercó a la cama, observando la nuca marcada y el temblor de los hombros de Mateo por la fiebre, y se sentó en la orilla del colchón.
Se desabrochó el primer botón de su propia camisa sin razón aparente, solo por tener algo que hacer con las manos, y se quedó mirando al omega en silencio, entendiendo por primera vez que lo que acababa de firmar en esa capilla no iba a ser tan fácil de gobernar como el resto de su territorio.