Capítulo 4
El silencio dentro de la suite principal era sofocante, cargado de una temperatura irreal. Las luces de pared estaban atenuadas, proyectando sombras alargadas sobre el techo de piedra y la madera negra del dosel.
Mateo permanecía atrapado contra el colchón.
Tenía la camisa negra desgarrada por el pecho, la piel del tórax expuesta al frío de la habitación y las costillas latiendo por el impacto de la captura.
La muñeca derecha, hinchada tras el tironazo de la brida en la capilla, le enviaba puntadas calientes que le subían hasta el codo cada vez que intentaba cerrar los dedos.
Por encima de él, el peso de Valerio era una losa de músculo, cuero y feromonas.
El aroma del alfa (madera quemada, pólvora fría, cuero seco) se volvía cada vez más espeso, hasta convertir el aire de la habitación en algo casi masticable.
Mateo sentía el latido pesado del corazón de Valerio rebotando contra sus propias palmas.
El capo lo mantenía acorralado contra las sábanas, bloqueándole la cadera con la pierna y sujetándole el hombro con la mano izquierda.
La cicatriz de su mandíbula se tensaba con la presión de los dientes apretados; sus ojos, despojados de la rigidez de mando que había mostrado ante los capitanes, reflejaban una posesividad famélica.
En la mente de Mateo no había espacio para la rendición.
Su cuerpo empezaba a traicionar sus instintos ante la marea hormonal, pero su cerebro seguía trabajando en frío, buscando una salida en medio de la humillación física.
No tenía nada con qué defenderse, solo la muñeca lastimada y la costilla fisurada.
Pero le quedaba la rabia, y la rabia todavía servía para algo.
Valerio inclinó la cabeza y pegó los labios a la línea de su mandíbula. El aliento caliente le quemó la piel del cuello antes de bajar hacia la garganta.
—Voy a quitarte el pantalón —susurró contra su piel, con la voz baja y cargada de una certeza implacable—. Vas a responder a mi cuerpo antes de que termine la noche.
Mateo no respondió. Cerró los ojos mientras el monstruo lo desvestía. Soltó el aire despacio y dejó que los hombros se le aflojaran contra el colchón, fingiendo un colapso que todavía no sentía del todo.
Valerio percibió la pérdida de resistencia y aflojó un milímetro la presión sobre el pecho del omega, bajando el brazo derecho hacia la cintura de Mateo para desabrochar la correa de cuero pesado del pantalón.
Fue el error que Mateo esperaba.
En el instante en que la hebilla soltó un chasquido al destrabarse, abrió los ojos de golpe. Ignorando el ardor de la muñeca lastimada, llevó la mano izquierda hacia el cinturón de Valerio, agarró el pasador metálico y lanzó un zarpazo desesperado directo a la yugular del capo.
Valerio no había sobrevivido tantos años de guerra entre familias por suerte.
Ladeó la cabeza por puro reflejo antes de que el hierro le perforara la carne.
La punta de la hebilla no alcanzó la arteria, pero rasgó la piel de su mandíbula, abriendo una cortada limpia justo sobre la cicatriz vieja.
Un hilo de sangre le manchó el cuello rígido de la camisa.
El capo no soltó un solo quejido, pero la rabia en sus ojos se volvió una llama helada.
Le atrapó el antebrazo sano a Mateo en el aire y apretó hasta obligarlo a soltar el cinturón, que cayó sobre las sábanas con un ruido seco.
Antes de que Mateo pudiera usar la otra mano, Valerio se impulsó hacia delante, le encajó el antebrazo sobre la garganta y cargó todo su peso para inmovilizarlo por completo contra el colchón.
El impacto le sacó todo el aire a Mateo. La vista se le llenó de manchas negras mientras el dolor de las costillas estallaba de nuevo en el costado.
—¿Creíste que con eso me ibas a detener? —gruñó Valerio, la voz rasgada por el esfuerzo y la rabia.
Le sujetó ambas muñecas con una sola mano, subiéndoselas por encima de la cabeza y aplastándolas contra la cabecera de madera.
La presión cayó directo sobre la muñeca lastimada; el hueso resentido soltó una puntada que le arrancó un alarido ahogado entre los dientes.
Mateo pataleó, buscando clavarle la rodilla en los riñones, pero Valerio abrió las piernas, encajó la pelvis contra la suya y le bloqueó las piernas con el peso completo de su cuerpo.
Mateo quedó atrapado del todo. Boca arriba, el pecho agitado por la falta de aire, la camisa abierta y los brazos inmovilizados bajo el puño del hombre que sangraba por la mandíbula justo encima de su cara.
—Suéltame... maldito seas... —alcanzó a decir, con la garganta seca por la presión del antebrazo.
Valerio pegó el rostro al suyo. La sangre caliente de la cortada le goteó sobre la clavícula, dejando una mancha roja que se escurrió por el pecho pálido.
—No te voy a soltar —sentenció, sintiendo bajo su propio cuerpo los tirones de la respiración agitada del omega—. Tu hermano se muere si tú no cumples esta noche. No lo repetiré.
El peso de su presencia, la presión del cuerpo aplastándole el torso y la violencia de la inmovilización dispararon algo en el ambiente que ninguno de los dos controlaba ya del todo.
Valerio no gobernó su propia anatomía: el olor de su propia sangre mezclado con la resistencia encarnizada de Mateo desató en él un rut parcial, y la feromona de roble quemado y pólvora se soltó con una densidad que inundó la suite entera.
La respuesta en el cuerpo de Mateo fue inmediata y devastadora.
Atrapado bajo el peso del alfa, con la piel del hombro marcada por los dientes, la garganta aplastada y la mente ardiendo en odio, el sistema hormonal de Mateo se desbordó.
La fricción de la erección de Valerio contra la suya y la saturación de la feromona de mando le desataron un celo prematuro.
Sintió una oleada de calor líquido abriéndose paso desde la base de la columna hacia el vientre, un incendio que no le pidió permiso a su voluntad.
El aroma de Mateo cambió en segundos: el jazmín silvestre amargo se disolvió en un perfume denso y concentrado, cargado del almizcle que libera un omega en celo forzado. La piel se le encendió, las sienes le latieron con fuerza y las pupilas se le dilataron hasta cubrir casi todo el iris.
Soltó un jadeo roto, un sonido que no venía del dolor de la muñeca ni de las costillas, sino de la traición de su propio cuerpo.
Valerio percibió el cambio en el aire al instante.
Las fosas nasales se le dilataron con violencia; el aroma dulce de Mateo le entró a la cabeza como una droga que le apagó de golpe el ardor de la cortada en la mandíbula.
Su instinto territorial se disparó a un punto que ya no reconocía como propio.
—No... —susurró Mateo, con las lágrimas de rabia acumulándose en los bordes de los ojos—. No hagas esto así.
Algo en la voz de Mateo hizo que Valerio se detuviera. No supo nombrar qué fue, pero aflojó el antebrazo sobre la garganta lo suficiente para que Mateo pudiera respirar hondo por primera vez en minutos.
Y en ese segundo de aire, algo cambió también dentro de Mateo.
Fue cálculo, el mismo instinto frío que lo había mantenido vivo toda su vida, chocando de frente contra el incendio que le corría por las venas.
Leo sigue respirando por esto. Y mi cuerpo ya no me está preguntando qué quiero.
Pelear contra el celo era pelear contra sí mismo, y una parte de Mateo, furiosa pero lúcida, entendió que la única decisión que le quedaba no era si aquello iba a pasar, sino cómo.
Dejó de forcejear. No por debilidad, sino porque eligió hacerlo.
—Si vas a hacerlo —dijo con la voz quebrada pero clara, sosteniéndole la mirada a Valerio a pesar de las lágrimas—, que sea porque yo lo decido. No porque me lo arrebatas —negoció, respirando agitado.
Valerio se quedó inmóvil un instante, con la sangre todavía goteándole de la mandíbula, estudiando el rostro de Mateo como si buscara la trampa detrás de esas palabras.
Algo en su pecho, algo que no tenía nombre en el vocabulario de un alfa que llevaba más de una década gobernando a base de miedo, se tensó ante la idea de que aquel omega, incluso vencido por su propia biología, todavía encontrara la forma de imponer un límite.
Aflojó el agarre de las muñecas, despacio, sin soltarlas del todo.
—Entonces decide rápido —dijo, con la voz más baja que Mateo le había escuchado en toda la noche—. Porque no sé cuánto tiempo más voy a poder esperar.
Mateo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no había súplica en ellos, solo la misma rabia fría de siempre, ahora mezclada con algo que ninguno de los dos se atrevió a nombrar.
Levantó la mano libre, la sana, y la llevó hasta la nuca de Valerio.
La cerró alrededor con una fuerza que no venía del deseo, sino del instinto salvaje de tomar el control de su propio sometimiento.
Los dedos de Mateo se hundieron en el cabello corto del capo, jalándolo hacia abajo con brusquedad hasta que sus frentes chocaron en medio de la penumbra.
El aroma a pólvora y jazmín concentrado estalló entre los dos con una violencia que casi dolía de tan densa.
Valerio soltó un gruñido gutural al sentir la iniciativa de Mateo.
La última resistencia del alfa se rompió por completo.
Sin soltar la muñeca lastimada de Mateo contra el colchón, bajó la boca y capturó sus labios en un beso encarnizado, cargado de la sangre de su propia mandíbula que terminó de manchar el rostro de ambos.
No hubo paciencia. El celo prematuro de Mateo exigía la masa del alfa con una urgencia que hacía temblar las sábanas de terciopelo, y Valerio no perdió tiempo con caricias que ninguno de los dos necesitaba ya: se bajó la bragueta y sacó su polla, dura, palpitante, goteando un preseminal espeso que brillaba bajo la luz tenue.
—Observa cómo me recibe tu agujero, muchacho —siseó el alfa.
A pesar de la rabia y del odio que le quemaban las entrañas, el cuerpo de Mateo ya estaba traicionándolo por completo.
Preso de las feromonas del rut desatado del alfa, sus paredes internas estaban empapadas, chorreando una lubricación excesiva y caliente que delataba la urgencia biológica de su celo prematuro.
Valerio no se detuvo a tantear. Sin preparación alguna se alineó a su entrada y lo embistió de un solo golpe seco, hondo y brutal.
El grito de Mateo se ahogó por completo contra las sábanas.
Jamás había estado con nadie, y su cuerpo lo delató al instante con el estiramiento del tejido y la punzada de fuego puro que le recorrió el vientre.
La penetración se sintió como si le hubieran clavado un cuchillo ardiendo en las entrañas.
A pesar de estar sumamente húmedo por el celo, el grosor descomunal de la polla de Valerio ensanchó su carne virgen a la fuerza. Unas lágrimas calientes de dolor puro se le desbordaron por las sienes, pero apretó los dientes con una terquedad salvaje, negándose a suplicar.
Las costillas fisuradas le protestaban con cada impacto de la cadera de Valerio, pero el calor del rut empezó a anestesiar parcialmente el sufrimiento físico, transformándolo en una necesidad abrumadora de ser colmado.
Valerio lo reclamó sin detenerse un solo segundo, movido por una urgencia ciega mientras las carnes chocaban en un sonido obsceno y húmedo.
La embestida continuó, pesada y brutal. Mateo no apartó la cara ni una sola vez.
Sostuvo la mirada del alfa a pesar del dolor de su virginidad rota y de las lágrimas que le mojaban la cara, retando al hombre que se movía dentro de él con una ferocidad que convertía la noche de bodas en un duelo de voluntades.
El clímax biológico los alcanzó al mismo tiempo.
Mateo se arqueó contra el colchón con un jadeo roto en el instante en que las paredes de su matriz se contrajeron alrededor de la anatomía del capo, mientras su propio pene, erecto y tembloroso, se estremecía con espasmos secos, eyaculando un hilo espeso sobre su propio abdomen.
Valerio embistió con furia final, buscando el fondo de la cavidad mientras la base de su miembro empezaba a engrosarse a una velocidad implacable.
El nudo del alfa se hinchó dentro de las entrañas vírgenes de Mateo con una presión devastadora, sellando los dos cuerpos en una unión imposible de romper.
Mateo soltó un quejido largo; el calor del nudo le estiraba las paredes internas hasta el límite del dolor, mientras sentía cómo los chorros calientes que expulsaba Valerio lo llenaban sin poder derramarse.
Al sentir que su cuerpo quedaba atrapado y ensanchado por la base del miembro del alfa, un pánico visceral lo sacudió e intentó encoger las piernas para retirarse, buscando zafarse de esa trampa biológica que jamás había experimentado.
—No te muevas —siseó Valerio con voz áspera, adivinando su intención—. Si intentas salirte ahora con el nudo abierto, vas a desgarrarte por completo. Quédate quieto, maldita sea.
Antes de que Mateo pudiera asimilar la parálisis, Valerio le sujetó la cabeza con la mano izquierda, le giró la cara con brusquedad contra la almohada y expuso la piel caliente de su nuca.
Abrió las mandíbulas sobre la glándula de feromonas del omega y clavó los colmillos con brutalidad en la carne.
Un dolor agudo y desgarrador atravesó el sistema nervioso de Mateo. La dentadura del alfa perforó la piel hasta cortar el centro de la glándula, inyectando el flujo concentrado de su feromona de enlace directamente en la herida.
El rastro de jazmín dulce de Mateo fue alterado de forma irreversible, quedando marcado para siempre con la huella amarga de los Vancanza.
Mateo soltó un alarido sordo contra la sábana, sintiendo el impacto de la marca recorriéndole la columna mientras la semilla caliente de Valerio inundaba su matriz en espasmos largos.
Valerio mantuvo los dientes enterrados durante minutos, saboreando la sangre del omega mientras el nudo terminaba de pulsar.
Cuando finalmente cedió y el capo se retiró, Mateo colapsó de costado en posición fetal, empapado en sudor, sangre y el fluido del enlace, con el cuerpo destrozado y marcado para siempre.
Mateo despertó horas más tarde con la luz gris de la madrugada filtrándose apenas por debajo de la puerta.
Tenía el cuerpo dolorido de un modo distinto al de la noche anterior, un cansancio profundo, ajeno, que no sabía si atribuir a las costillas o a la vergüenza, y el brazo pesado de Valerio todavía cruzado sobre su cintura.
Se quedó mirando el techo de piedra un largo rato, repasando la decisión que había tomado como quien repasa una herida para comprobar si sigue sangrando.
No sentía alivio. No sentía tampoco el odio limpio y simple con el que había entrado a esa habitación.
Sentía, sobre todo, la certeza incómoda de que sobrevivir a Valerio Vancanza le iba a costar mucho más que un bisturí escondido en la bota.