Capítulo 3 #2
Se detuvo frente a la puerta de su propia suite, no donde lo tuvo cautivo algunas horas, sino la habitación que llevaba diez años sin compartir con nadie, y metió la llave en la cerradura pesada. Ahí no había puntos débiles que ese omega pudiera forzar. Ahí solo estaba él, y ahora, también Mateo.
Empujó la puerta y lo soltó dentro.
Mateo tropezó con la alfombra y cayó de rodillas junto a la cama, tragando aire mientras la sangre del labio le goteaba hacia la barbilla.
Detrás de él, la puerta se cerró con un golpe sordo que le retumbó en el pecho.
Escuchó el cerrojo de hierro correrse y la llave girar dos veces antes de que Valerio se la guardara en el bolsillo del abrigo.
No había cajetín electrónico esta vez. No había cable de lámpara que pelar ni bisturí escondido bajo ninguna almohada: se lo habían quitado en el pasillo la noche anterior, y con la muñeca todavía hinchada, Mateo no habría podido sostenerlo con fuerza aunque lo tuviera.
Por primera vez desde que lo sacaron del muelle, se dio cuenta de que estaba completamente desarmado, y el descubrimiento le heló la sangre más que cualquier amenaza que Valerio le hubiera dicho hasta entonces.
Se limpió el labio con el dorso de la manga y levantó la vista, todavía de rodillas sobre la alfombra.
Valerio seguía junto a la puerta. Se quitó el abrigo con un solo movimiento y lo dejó caer sobre un sillón de cuero.
Bajo la camisa negra ajustada se le marcaban los hombros y los brazos como si el cuerpo entero hubiera sido construido para intimidar.
Se desabrochó los primeros botones del cuello, dejando ver la base del cuello, el inicio de algún tatuaje y una cicatriz vieja que le cruzaba la clavícula.
El aire de la habitación cambió de golpe. La feromona del Alfa, ya sin la rigidez que había mantenido frente a los capitanes, se soltó espesa y sin control, más parecida a un hambre que a una advertencia.
—Ponte de pie —ordenó Valerio. La voz salió más baja que nunca, casi un gruñido.
Mateo intentó incorporarse por su cuenta, apoyando la mano sana en el borde del colchón, pero las piernas todavía le temblaban por el golpe del beso.
Valerio cruzó los dos pasos que los separaban, lo tomó por la cintura y lo levantó del suelo sin esfuerzo, dejándolo caer sobre el colchón de terciopelo antes de que Mateo pudiera protestar.
El impacto le arrancó un quejido cuando las costillas fisuradas rebotaron contra el edredón.
—Si me tocas te juro que encuentro la forma de matarte mientras duermes —aseguró con la voz rota por el incienso y la sangre, hincando los dedos de la mano sana en las sábanas.
Valerio avanzó despacio hacia la cama. Cada paso de sus botas sobre la alfombra le retumbó a Mateo en el pecho como un tambor. Se detuvo justo frente a él, bloqueando la luz de las lámparas de pared, y el calor de su cuerpo llegó antes que el contacto.
—No vas a matar nada —dijo—. Ya firmaste. El acta está en la caja fuerte y ahora respondes a mí. Eres el consorte de la Casa Vancanza.
—Soy tu maldito prisionero —escupió Mateo, intentando arrastrarse hacia atrás sobre el colchón.
Valerio no se lo permitió. Le hundió los dedos en el cabello y tiró hacia arriba con fuerza suficiente para obligarlo a quedar sentado frente a él.
El movimiento le tensó las costillas fisuradas y le arrancó un quejido ahogado.
Quedó a la altura del pecho del capo, sintiendo el latido pesado de su corazón contra la mejilla.
—Prisionero o consorte, vas a dormir en esta cama todas las noches —susurró Valerio, con los labios casi rozando los suyos—. Y tu cuerpo va a responder a mi olor cada vez que yo cierre esa puerta.
Bajó la boca por la mandíbula de Mateo hasta el cuello, rozando con los dientes el hematoma que él mismo le había dejado horas antes.
Mateo soltó un jadeo que no pudo contener cuando la lengua caliente de Valerio le recorrió la piel sobre la marca, y sintió con horror cómo su propio cuerpo traidor, ajeno a cualquier decisión que su mente quisiera tomar, empezaba a ceder.
Levantó los brazos para empujarlo. Valerio le atrapó ambas muñecas con una sola mano, esta vez con más cuidado del que había mostrado en el altar, evitando cerrar el puño sobre el hueso lastimado, y se las sostuvo contra su propio pecho, mientras con la otra le sujetaba el mentón, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Intenta morder otra vez —lo desafió, la frente pegada a la de Mateo—. Ahora que no tienes nada escondido en la bota.
La frase le cayó a Mateo como un balde de agua fría: Valerio sabía exactamente lo que le había quitado, y lo estaba usando como un recordatorio de cuánto control le quedaba a él.
—Te odio —gruñó Mateo, con la voz temblando pero sin apartar los ojos.
—El odio no va a evitar que me des un heredero —contestó Valerio, y por primera vez en toda la noche, algo en su tono sonó menos a amenaza y más a una promesa que ni él mismo parecía del todo dispuesto a cumplir todavía.
Soltó el mentón de Mateo y bajó la mano hasta el primer botón de la camisa negra.
Con un solo tirón rompió la tela, dejando al descubierto el pecho pálido y la marca amoratada de las costillas.
Mateo intentó una patada; Valerio le metió la pierna entre las rodillas y le bloqueó la cadera contra el colchón, aplastándolo despacio contra las sábanas mientras su boca volvía a buscar la piel de la garganta.
Mateo cerró el puño de la mano sana contra el pecho de Valerio, sin fuerza para empujarlo, con el corazón del capo latiéndole contra la palma y una sola certeza clavándosele más hondo que el miedo: esta vez no tenía nada con qué defenderse, salvo su propia voluntad de seguir odiándolo hasta el final.