Capítulo 3
El cerrojo electrónico de la suite de contención se abrió a las seis de la mañana con un chasquido que sacó a Mateo de un sueño que nunca llegó a ser sueño.
Llevaba toda la noche sentado en la orilla de la cama, con los codos en las rodillas y la vista clavada en el suelo de piedra.
El hombro donde Valerio lo había marcado con los dientes horas antes le latía con un ritmo sordo, y la muñeca derecha, hinchada desde el forcejeo del pasillo, apenas soportaba el peso de su propia mano cuando la apoyaba sobre la rodilla.
Cuatro sicarios entraron con subfusiles colgados al pecho. Ninguno saludó.
—Al baño. El jefe no recibe novias con costra de lodo —dijo el que llevaba el mando, señalando la puerta lateral con la barbilla.
Dos de ellos lo escoltaron hasta la ducha sin soltarle los brazos, uno plantado junto a la puerta abierta mientras el otro le lanzaba una toalla.
Mateo se lavó rápido y como pudo, con el agua fría cortándole la respiración cada vez que le rozaba las costillas fisuradas, viendo cómo el agua se llevaba la sangre seca y el barro del muelle en hilos oscuros hacia el desagüe.
Evitó tocarse la muñeca más de lo necesario; cualquier presión le arrancaba un latigazo que le subía hasta el codo.
Cuando salió, uno de los hombres le arrojó sobre el mueble una camisa negra de algodón limpio y un pantalón oscuro de corte recto.
—Cámbiate. Rápido —dijo el mismo sicario.
Mateo se vistió con movimientos cortos, cuidando que cada giro del torso no le tirara de las costillas y que la manga no le rozara la muñeca hinchada.
Cuando terminó de abotonarse la tela negra, los hombres le jalaron los brazos hacia atrás sin miramientos.
Mateo ahogó un grito cuando la brida se cerró justo sobre el hueso lastimado de la muñeca derecha; el plástico duro le cortó la circulación en segundos, dejándole las yemas de los dedos moradas y un dolor punzante que le subía hasta el hombro cada vez que intentaba aflojar el puño.
Lo sacaron al pasillo a empujones. El recorrido hacia la capilla privada fue largo, por galerías subterráneas donde el aire olía a humedad vieja y pólvora, y donde cada tres metros esperaba un guardia con un arma pesada y una cámara giratoria enfocando los cruces.
Mateo memorizó cada esquina, cada panel eléctrico, cada salida marcada con luz roja, más por costumbre que por esperanza; con la muñeca y costilla así, cualquier plan de fuga tendría que esperar.
Al llegar a las puertas dobles de la capilla, el olor a cera rancia y a incienso barato lo golpeó de lleno.
Los sicarios lo obligaron a avanzar por el pasillo central.
No había flores ni tapices, solo la luz gris del amanecer filtrándose por los vitrales altos y proyectando sombras largas sobre los bancos de madera oscura.
A los costados esperaban de pie los doce capitanes de la Casa Vancanza: hombres viejos con cicatrices en la cara, anillos pesados en los dedos y ojos de perro que ya ha matado antes.
Lo miraron con un desprecio que no se molestaron en disimular.
Para ellos, meter a un Altoviti a la familia no era diplomacia; era una humillación a la memoria de sus propios muertos.
Mateo mantuvo la barbilla alta aunque el pulso le retumbara en las sienes. Al fondo, junto al altar, esperaban un juez de paz con la frente cubierta de sudor y Valerio Vancanza.
El capo no llevaba traje de novio. Camisa negra de cuello rígido bajo el abrigo militar, la funda de la pistola visible en el costado. Tenía la piel cetrina de semanas sin dormir bien, pero los ojos, clavados en Mateo desde que cruzó el umbral, parecían más despiertos que nunca.
—Le cortaron el filo pero conserva la cara de perro —murmuró uno de los capitanes desde el primer banco, con una risa seca—. Deberías romperle las piernas antes de meterlo a la cama.
Valerio no giró la cabeza. Alzó apenas la mano derecha y el murmullo se cortó de golpe, como si les hubiera apretado la garganta a todos a la vez.
—Córtenle las bridas —ordenó, sin subir el tono.
Un sicario rebanó el plástico de un tironazo. Mateo apretó los dientes cuando la sangre volvió de golpe a los dedos de la mano lastimada; el alivio de la presión no quitó el dolor sordo que ya tenía instalado en el hueso.
El juez de paz abrió sobre la mesa de piedra un libro de registro empastado en negro. Le temblaban las manos. Sabía que un titubeo frente a Valerio podía costarle una bala antes de llegar al estacionamiento.
—Firme aquí —susurró, señalando la línea inferior con un bolígrafo pesado.
Mateo miró el papel. No era un contrato matrimonial cualquiera: era un acta de matrimonio real, redactada bajo las leyes del cartel, donde lo único que se cedía era él mismo.
Su nombre ya estaba ahí, escrito con tinta seca desde antes, justo debajo del de Valerio.
Su nombre real, el de su padre, no el que los hombres de la Casa Vancanza le habían gritado en el muelle como un insulto.
Entendió, con un frío que no tenía nada que ver con la piedra de la capilla, que ese papel no le pedía nada que él pudiera negociar.
No cedía tierras ni fortuna, porque no tenía ninguna que dar.
Cedía su libertad entera, para siempre, convertido en propiedad legal de un hombre que estaba seguro no le importaba quién solo que fuera suyo.
No movió la mano.
—No voy a firmar nada —dijo, con la voz helada.
Valerio dio dos pasos y se colocó a su espalda, pegando el pecho contra la columna de Mateo. El calor de su cuerpo y la marea espesa de su olor, esta vez más ácido, cargado de una impaciencia que no tenía en el pasillo la noche anterior, envolvieron el altar entero.
Le rodeó el costado lastimado con un brazo y le tomó la mano derecha, la misma que él mismo había lesionado horas antes, encajándole el bolígrafo entre los dedos hinchados.
—Vas a firmar —le dijo pegado a la oreja, cerrando su palma sobre la de Mateo con una presión deliberada, calculada, que le apretó directo sobre el hueso lastimado—. Con tu mano, o firmo yo con la sangre de tu hermano sobre esta misma mesa. Tú decides si lo ves llegar a la noche.
El dolor de la muñeca le subió a Mateo por el brazo entero, mezclado con el nombre de Leo, y fue esa combinación lo que le quebró la resistencia.
Apretó la mandíbula hasta que le dolió el cráneo y dejó que Valerio le forzara el trazo.
La firma salió temblorosa, casi ilegible, rasgando la hoja fina del libro.
Valerio soltó su mano con un cuidado casi imperceptible, como si supiera exactamente cuánto acababa de lastimarla, firmó al lado con un trazo limpio y cerró el registro de un golpe que resonó en toda la nave.
—Queda asentado —anunció el juez, recogiendo el libro sin atreverse a levantar la vista.
Los doce capitanes se pusieron de pie al mismo tiempo.
—El beso de confirmación —exigió el más viejo, apoyando las manos en el respaldo del banco—. Queremos ver que la rata sepa a quién le pertenece.
Valerio giró hacia Mateo, deslizó la mano por su nuca y lo sujetó con firmeza para que no pudiera retroceder.
—Bésame —dijo en voz baja—. Hazlo bien, o mando a mis hombres por tu hermano ahora mismo.
Mateo miró la boca de Valerio, la cicatriz que le partía la mandíbula, el brillo posesivo de sus ojos. Si no podía matarlo con un filo, pensó, le arrancaría un pedazo con los dientes frente a toda su gente.
Cerró la distancia de golpe y, apenas sus labios tocaron los de Valerio, mordió con toda la fuerza de su mandíbula.
El sabor de la sangre le llenó la boca, pero Valerio no retrocedió ni un milímetro.
No soltó su nuca, no dejó escapar un solo quejido.
En cambio, le hundió la mano libre en la cintura, lo atrajo con un tirón brutal y respondió al ataque devorándole la boca sin ninguna piedad, forzando la entrada con una invasión que ahogó cualquier intento de Mateo de volver a morder.
El beso se convirtió en una pelea disfrazada de gesto ritual.
Valerio probó su propia sangre mezclada con la de Mateo, le aplastó la lengua contra el paladar, usó el peso entero de su cuerpo para que las piernas del omega dejaran de sostenerlo.
Mateo intentó empujarle el pecho con la mano sana; fue como empujar un muro.
El aire se le acabó antes de que Valerio decidiera soltarlo, moliéndole el labio inferior entre los dientes en el último instante.
Un hilo de sangre le bajó a Mateo por la barbilla. Valerio se limpió la boca con el dorso de la mano sin apartar la mirada.
Los capitanes soltaron un murmullo que sonó a aprobación de jauría.
—Es tuyo —concedió el más viejo—. Llévatelo antes de que manche el altar.
Valerio no contestó. Lo agarró del brazo izquierdo, evitando esta vez el lado lastimado, con un agarre de acero y lo sacó de la capilla arrastrándolo entre las filas de hombres que los vieron pasar en silencio.
Mateo tropezaba cada tres pasos, aturdido por la carga hormonal del beso y el dolor del labio partido, pero Valerio no aflojó el ritmo ni una vez.
Valerio cruzó el ala privada de la mansión sin soltar el brazo de Mateo, con el sabor de su propia sangre todavía instalado en el paladar.
No había sentido dolor con la mordida. Había sentido algo mucho más peligroso: la certeza absoluta de que ese omega, con todo su odio intacto, ya era imposible de arrancarse del cuerpo.
Los doce capitanes lo habían visto ceder el control por un segundo frente al altar, el cuidado con que le había soltado la mano lastimada después de forzar la firma, el brazo que evitó a propósito al sacarlo de la capilla, y Valerio sabía que ninguno se atrevería a mencionarlo en voz alta.
Pero él sí lo sabía. Llevaba doce años entrenándose para no necesitar a nadie, para que ningún vínculo pudiera usarse en su contra como habían usado a su madre contra su padre.
Y en una sola noche un Altoviti flaco y terco había hecho pedazos ese entrenamiento sin siquiera proponérselo.
Eso lo enfurecía más que la mordida.