Capítulo 2
El silencio de la suite de contención era tan denso que Mateo alcanzaba a escuchar su propio pulso en los oídos.
Desde algún conducto lejano llegaba el zumbido bajo de la maquinaria de ventilación de la mansión, un latido mecánico que le sirvió para medir el paso de las horas por su ritmo constante.
Cada inhalación profunda le arrancaba una punzada de las costillas lastimadas, pero la rabia que le ardía en el pecho pesaba más que cualquier dolor físico.
No iba a quedarse sentado esperando el amanecer para que lo arrastraran a una capilla como a un animal de sacrificio.
Bajó de la cama con movimientos lentos, cuidando que la suela de sus botas no rozara la alfombra pesada. Tenía los nudillos manchados de sangre seca y el sabor a hierro todavía pegado al fondo de la garganta.
Recorrió el perímetro de la habitación en la penumbra: sin ventanas, sin rejillas de ventilación lo bastante anchas para que pasara un hombre. La única salida era la puerta de madera maciza, resguardada por el cierre electrónico incrustado en la pared de piedra.
Metió la mano bajo la almohada y sacó el bisturí. El filo seguía intacto, del mismo tamaño que una promesa.
Se acercó a la mesa de noche y tomó la lámpara de bronce.
Apretó la base entre las rodillas y tiró del cable hasta que el plástico cedió con un chasquido seco.
Usó el bisturí para pelar diez centímetros de la cubierta de goma y dejar al descubierto los hilos de cobre.
No era un técnico, pero en el puerto de los Altoviti había aprendido de niño que cualquier sistema instalado con prisa siempre tenía un punto ciego.
Pegó la oreja a la madera. Fuera, el pasillo privado se escuchaba desierto; los pasos de los guardias que había escuchado horas antes ya no resonaban en la piedra.
Los relevos de la madrugada dejaban una ventana de tres minutos mientras la escolta reportaba en la central del sótano.
Era su único margen, y no pensaba desperdiciarlo.
Hizo palanca con el bisturí en la juntura inferior del cajetín negro hasta que la tapa saltó. Tres cables: alimentación, sensor de presencia y solenoide. Sostuvo las puntas peladas del cable de la lámpara con la mano izquierda y las presionó contra el puente del solenoide.
El chispazo azul le quemó los nudillos. El golpe seco del mecanismo cediendo sonó más fuerte de lo que hubiera querido y, por un instante, Mateo se quedó inmóvil, esperando pasos que no llegaron. La luz verde del panel parpadeó y el cerrojo de acero se abrió.
Guardó el bisturí en el dobladillo de la bota, empujó la puerta un par de centímetros y miró hacia afuera.
La galería estaba a oscuras, iluminada apenas por tiras de luz tenue a ras del suelo.
Ni un guardia a la vista. Se escurrió al pasillo, dejando la puerta entornada para no levantar sospechas si alguien la observaba desde algún monitor.
El frío de las losas le atravesó la suela de las botas.
Avanzó pegado a la pared izquierda, con los hombros encogidos y el abdomen tenso para amortiguar el tirón de las costillas rotas.
Si lograba llegar a las cocinas del nivel inferior, la puerta de servicio debía dar directo al patio trasero donde aparcaban los camiones de suministro. Diez metros. Un cruce de pasillos. El plan entero cabía en esos números.
Fue entonces cuando el aire cambió.
No fue un ruido. Fue una presencia que empezó a filtrarse por los conductos superiores, espesa y deliberada, como si alguien la hubiera soltado a propósito.
Madera quemada, esta vez mezclada con algo más ácido, más despierto: la furia de un animal que acaba de notar que la jaula está vacía.
Mateo sintió que el estómago se le encogía antes de que la mente terminara de procesar de quién era ese olor.
Las piernas le pesaron de golpe, traicionadas por la misma química que no le pedía permiso.
—No vas a caer otra vez —se dijo entre dientes, clavándose las uñas en la palma para no perder el control de sus propios músculos.
Giró hacia la escalera de caracol que bajaba al sótano.
El aroma se volvió más denso a cada paso, como si respirara humo en vez de aire.
Se apoyó contra el muro, el sudor frío corriéndole por las sienes, mientras una parte primitiva de su cerebro le exigía arrodillarse, esconder la nuca, esperar.
La rabia fue lo único que le impidió obedecer.
Tocó el mango del bisturí a través de la tela de la bota. Si aparece, no le doy tiempo a usar la voz.
A mitad del pasillo, las luces de cortesía del suelo se apagaron de golpe, todas a la vez, como si una sola mano hubiera cortado la corriente. Mateo se detuvo en seco y pegó la espalda a la piedra helada.
Unos pasos, lentos, sin prisa, resonaron al fondo del corredor.
Valerio no tenía prisa, caminaba sabiéndose dueño de cada metro cuadrado de la estructura, incluso del que Mateo pisaba en ese momento. El abrigo negro se recortó contra la poca luz que entraba por los ventanales altos del piso superior.
—Eres terco, Altoviti —dijo, y la voz retumbó en la piedra sin necesidad de alzarse—. Pensé que las costillas te mantendrían en la cama hasta la mañana.
Mateo no respondió. Deslizó la mano hacia la bota, sacó el bisturí y lo mantuvo oculto detrás de la pierna. Se plantó en el centro del pasillo, forzando la respiración a un ritmo que no delatara el miedo.
—No voy a casarme contigo —soltó, con la voz cargada de un odio que le raspaba la garganta—. Prefiero una bala aquí mismo antes que servirte de perro de cría.
Valerio se detuvo a tres metros. Inhaló despacio, con el pecho expandiéndose como si quisiera guardarse el aire de la galería entero.
El olor de Mateo —jazmín cortado por un filo de vainilla amarga— chocó contra su propia marca territorial, y algo en su mandíbula se tensó entre el desprecio y una satisfacción que no se molestó en disimular.
—No tienes opción —dijo, dando un paso al frente—. Y que sepas: tu hermano sigue respirando porque tu olor me sirve vivo. El día que dejes de servirme, los dos terminan en el canal.
Cerró la distancia en un segundo.
Mateo no esperó a que lo tocara, tampoco le importó cómo sabía sobre Leo. Sacó el bisturí de la sombra de su pierna y lanzó una estocada directa a la garganta expuesta sobre el cuello del abrigo.
Valerio ni parpadeó. Levantó el antebrazo, atrapó la muñeca de Mateo en el aire y apretó con la fuerza de un cepo. Mateo ahogó un grito cuando algo crujió bajo la piel; el bisturí se le escapó de los dedos y repicó contra las losas.
Antes de que pudiera reaccionar con la mano libre, Valerio lo levantó del pecho de la chaqueta y lo estrelló contra el muro de piedra.
El golpe le vació los pulmones. La cabeza le rebotó contra la roca y el dolor de las costillas se convirtió en un incendio que le nubló la vista por un segundo entero.
—Suéltame, maldito hijo de puta —gruñó, buscando clavarle la rodilla en el estómago.
Valerio se pegó a su cuerpo, usando el peso completo de sus casi dos metros para inmovilizarlo.
Con una sola mano le subió ambas muñecas por encima de la cabeza y las aplastó contra la piedra fría.
Mateo se retorció, soltando por la piel una descarga de feromonas amargas, un rechazo químico tan puro que buscaba envenenar el aire entre los dos.
No hizo más que encender al alfa.
Valerio apoyó el torso contra su abdomen, dejándolo sin un centímetro para maniobrar.
Sintió el temblor de furia que le recorría el cuerpo al omega bajo sus manos, la piel caliente del cuello, el pulso desbocado bajo la mandíbula.
El aroma de ese chico, cargado de esa rabia, le entró a Valerio directo al pecho y le apagó cualquier resto de duda.
Inclinó la cabeza y pegó la boca al costado del cuello de Mateo.
—Tu resistencia me da igual —susurró contra su piel—. Vas a firmar el acta mañana. Y vas a abrir las piernas en mi cama cuando yo lo ordene.
Mateo giró el rostro e intentó morderle la mejilla con los dientes ensangrentados.
Valerio no dudó. Bajó la cabeza y hundió los dientes en la carne firme del hombro, justo donde el cuello se funde con la espalda. El alarido de Mateo rebotó en la piedra del pasillo. La mordida fue dura, calculada para dejar un morado profundo sin romper la piel: una marca, no una herida.
El dolor le bajó a Mateo por toda la columna, mezclado con una descarga de dominación que Valerio le inyectó por simple contacto. Las piernas le fallaron; la cabeza le cayó hacia atrás contra el muro, completamente a merced del hombre que lo sostenía.
Valerio mantuvo la mordida un instante que a Mateo le supo a una eternidad. Cuando por fin soltó la piel, pasó la lengua sobre el hematoma que empezaba a formarse, sintiendo el temblor involuntario que sacudía al cuerpo bajo el suyo.
Se apartó apenas dos centímetros, sin soltarle las muñecas. Sus ojos, oscuros y sin fondo, se clavaron en los de Mateo, que lo miraba con los labios entreabiertos y la respiración deshecha por la humillación más que por el dolor.
—Esto fue solo un aviso —dijo, la voz grave rozándole el oído—. Si vuelves a huir o a sacarme un filo, los dientes no se quedan en tu hombro. Van directo a la glándula de tu nuca, y te desgarro la carne hasta que me pidas perdón de rodillas.
Lo soltó de golpe.
Sin el apoyo del cuerpo de Valerio y con la mente todavía aturdida por la carga hormonal de la mordida, Mateo resbaló por la pared y cayó de rodillas sobre las losas heladas. Se sujetó el hombro con la mano izquierda, sintiendo el latido caliente del moretón bajo la tela rota de la camisa.
Valerio se agachó, recogió el bisturí del suelo y se lo guardó en el bolsillo del abrigo sin prisa, como quien levanta algo que siempre le perteneció. Dos guardias llegaron corriendo por el pasillo, armas en mano.
—Llévenlo de vuelta a la suite —ordenó, sin volverse a mirarlo—. Pongan a dos hombres dentro. Si rompe algo más, le atan las manos a la cabecera.
Los sicarios lo levantaron a tirones. Mateo se dejó arrastrar, incapaz de articular palabra, con el olor de Valerio impreso en el hombro como un hierro al rojo vivo.
Valerio se quedó solo en el pasillo, con la mandíbula todavía tensa y el sabor de Mateo pegado al paladar.
No había disfrutado quebrarle la muñeca.
Eso era lo que más le costaba admitir, de pie en ese corredor a oscuras: que una parte de él, la parte que llevaba doce años enterrada bajo capas de disciplina y control, había querido soltarle las manos en cuanto sintió el temblor de dolor recorrerle el cuerpo al omega.
La había aplastado sin dudar, como aplastaba cualquier instinto que no le sirviera para gobernar.
Se llevó los dedos al puente de la nariz.
El silencio en su cabeza seguía ahí, intacto, a pesar de la pelea.
Eso lo inquietaba más que cualquier otra cosa.
Su padre había empezado así: necesitando cada vez más la presencia de su madre para apagar el ruido de la cabeza.
Cuando ella murió, ese ruido no volvió a apagarse nunca.
Meses después, Valerio lo encontró con un tiro que él mismo se había dado, y tardó años en entender que no había sido solo el ruido lo que se lo había llevado.
Valerio no pensaba terminar así. Pero tampoco pensaba dejar que el Altoviti volviera a acercarse a un cajetín eléctrico con un filo escondido en la bota.
Sacó el bisturí del bolsillo y lo giró entre los dedos, observando la sangre seca en el borde de la hoja.
La sangre de Mateo, no la suya. Una parte fría y calculadora de su mente —la que había heredado del clan, no de su padre— ya estaba reorganizando la guardia: dos hombres dentro de la habitación, un tercero en el pasillo, la lámpara reemplazada por una atornillada al piso, sin cables sueltos, sin herramientas de oportunidad.
La otra parte, la que todavía tenía el aroma a jazmín instalado en la garganta, solo pensaba en el instante en que los dientes de Mateo habían buscado su mejilla.
En el pulso desbocado bajo su boca. En que, por primera vez en años, el silencio dentro de su cabeza tenía apellido, y ese apellido era el de la familia que había jurado exterminar.
Guardó el bisturí de vuelta en el bolsillo y caminó hacia la escalera. Faltaban pocas horas para el amanecer, y pensaba dormir, aunque fuera media hora, con el olor de esa boda todavía flotando en los pasillos de su casa.