Jazmín y pólvora
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Capítulo 1
Mateo saltó del contenedor de carga y sus botas se hundieron en el charco de aceite que cubría el asfalto. El frío de la persiana metálica más cercana le atravesó la chaqueta de cuero apenas se apoyó contra ella para recuperar el equilibrio.
En el distrito industrial bajo control de la Casa Vancanza el aire apestaba a diésel, azufre y algo más profundo, más orgánico, que Mateo prefería no identificar.
Tenía las manos enguantadas entumecidas y los nudillos le dolían de tanto apretar los puños durante todo el trayecto, pero el temblor que le bajaba por los brazos no era del clima. Era rabia vieja, la que lo ahogaba cada vez que pensaba en su hermano.
Leo lo había vuelto a hacer. Cincuenta mil dólares perdidos en una noche, en las mesas de un casino que operaba bajo el manto de los Vancanza, la misma familia que ahora dominaba cada esquina de ese puerto.
Ese cartel no mandaba cartas de cobro ni concedía plazos de gracia: cazaba y cobraba con sangre.
Si debías dinero a la familia que gobernaba el territorio, la cuenta se saldaba con una bala o con la cabeza de algún pariente colgada de un gancho.
Mateo se sabía prescindible para el resto del mundo, pero no podía permitir que descuartizaran al único pedazo de familia que le quedaba, por miserable que fuera.
Por eso estaba ahí. Entrar al almacén secundario del mismo puerto que los había arruinado, sacar dos cajas de componentes electrónicos de contrabando y empeñarlas antes del amanecer era una idea suicida, robarle al lobo en su propia madriguera para pagarle al lobo.
Pero la desesperación te vuelve calculador, y Mateo llevaba media vida calculando cómo sobrevivir un día más.
Había hecho la cuenta tres veces esa noche, la misma cuenta que hacía desde niño cuando el hambre no le dejaba dormir: dos cajas de componentes, precio de reventa en el mercado negro del muelle sur, menos el diez por ciento que el perista siempre se quedaba, menos otro cinco si notaba la prisa en sus manos.
El resultado le daba justo lo que Leo debía, con un margen tan delgado que no le dejaba espacio para un solo error.
Nadie le había enseñado a sacar cuentas así. Las aprendió solo, contando monedas robadas en la parte de atrás de camiones ajenos, y esa noche esa misma cabeza que nunca había pisado una escuela era lo único que tenía para no terminar como su padre.
Avanzó pegado a la pared de ladrillo visto, esquivando los charcos donde se reflejaba la luz roja de las alarmas del muelle.
La cerradura del portón lateral era de perno simple, un descuido de la vigilancia que Mateo agradeció en silencio.
Se hincó sobre la grava, metió un alambre rígido en el cilindro y contuvo la respiración mientras el sudor frío le bajaba por la nuca.
Dos tirones secos, un giro a la izquierda, y el mecanismo cedió con un chasquido casi imperceptible.
Deslizó la puerta apenas diez centímetros y se escurrió hacia el interior a oscuras.
El olor a humedad y goma almacenada le golpeó la cara.
Extendió las manos en la penumbra, buscando el primer lote de cajas sobre las estibas de madera y, por un segundo, permitió que la esperanza le aflojara los hombros. Entrar, cargar, salir. Como siempre.
Entonces oyó el chasquido de un cerrojo de fusil a sus espaldas.
Todo se rompió al mismo tiempo. Afuera chirriaron unos frenos y, antes de que Mateo pudiera girarse, la persiana principal salió arrancada de cuajo.
Las luces altas de tres camionetas blindadas lo cegaron de lleno, y el rugido de los motores retumbó contra las vigas del techo mientras él giraba sobre su talón, buscando desesperadamente la salida de emergencia del fondo.
Corrió esquivando cajas y tambores de aceite, con el corazón golpeándole las costillas más fuerte que sus propios pasos. El parachoques de la camioneta líder rompió la primera fila de estibas a su derecha; los astillones lo alcanzaron en la espalda y lo desequilibraron.
No llegó a dar el siguiente paso. El frontal del vehículo lo embistió de lleno en el costado izquierdo, lo levantó del suelo y lo lanzó a través del hueco de la salida de emergencia, que había quedado abierta de par en par por el impacto de la persiana.
Mateo cruzó el aire fuera de la nave y azotó de cabeza contra la grava del callejón exterior.
El dolor fue inmediato: un latigazo en las costillas, un zumbido en los oídos que le apagó por completo el sentido del equilibrio. Se quedó tirado boca abajo, tragando barro, con la vista llena de manchas negras y un único pensamiento latiéndole en el cráneo: Leo. Si yo caigo aquí, Leo cae después.
Antes de que pudiera apoyarse en los codos, una bota militar le aplastó los riñones contra el suelo húmedo.
—Miren a la rata Altoviti arrastrándose en el lodo —dijo uno de los sicarios, cargando todo su peso sobre la suela hasta sacarle un quejido ahogado.
Un segundo hombre se dejó caer sobre sus hombros, le arrancó la navaja del cinturón y se la arrojó a su compañero.
Mateo maldijo entre dientes mientras le doblaban el brazo derecho hacia la espalda con un tirón que casi le sacó el hombro de la cavidad.
La mejilla se le estampó contra la tierra sucia; el sabor del hierro le llenó la boca cuando se mordió el labio.
—Ya le quité el fierro, no trae más nada —gruñó el que lo sujetaba, confiado.
En el forcejeo, el tercer hombre pateó por accidente un maletín de primeros auxilios que se había caído de la plataforma de una camioneta.
El estuche reventó contra el suelo a centímetros de la cara de Mateo, desparramando vendas, alcohol y gasas por la grava.
Entre el desorden brilló la funda transparente de un bisturí quirúrgico.
Mateo pegó la frente a la tierra para ocultar la mirada.
Había pasado toda su vida aprendiendo a desaparecer en las sombras, a esperar el segundo exacto antes de morder.
Mientras los sicarios se reían sobre su espalda y le apretaban una brida de plástico contra la muñeca derecha, estiró los dedos de la mano libre, centímetro a centímetro, y cubrió la funda con la palma embarrada.
Sin un solo ruido, dobló el codo y hundió el bisturí entre el cuero de su bota táctica y el tobillo.
El filo le rozó la piel por encima del calcetín. No se inmutó.
—Tranquilos, esta basura ya no tiene con qué pelear —dijo el que le sujetaba el brazo, y le remató la brida con un tirón que le cortó la circulación en la muñeca.
El sonido de la puerta pesada de la camioneta principal al abrirse apagó las risas de golpe.
En menos de dos segundos el desorden se convirtió en un silencio tenso, roto solo por el goteo del agua en los tejados.
Pisadas de cuero avanzaron despacio sobre la grava, y un olor llegó antes que el hombre: madera quemada, pólvora fría, cuero viejo.
Una masa de feromonas tan densa que Mateo apretó la mandíbula para no ahogarse.
Se le cerró la garganta por puro instinto.
Sintió la presión en la nuca como si el muelle entero se hubiera quedado sin oxígeno.
—Suéltenlo —ordenó una voz baja, rasposa, que no necesitó alzarse para ser obedecida.
Los dos hombres retrocedieron tres pasos y bajaron la mirada. Mateo intentó apoyarse en las manos para levantarse por su cuenta, pero los codos le temblaban y el barro le patinaba bajo las palmas.
Al alzar la vista se topó con el bajo de un abrigo negro de corte militar, y más arriba, con la cicatriz que le partía la mandíbula izquierda a Valerio Vancanza.
El capo se detuvo en seco a un paso de él. Ladeó apenas el rostro, las fosas nasales dilatadas, y el aroma de Mateo —jazmín silvestre con un fondo amargo de vainilla— llenó el espacio entre los dos como si lo hubiera estado buscando toda la noche sin saberlo.
—De rodillas —dijo Valerio.
La orden se le clavó a Mateo en la nuca antes de que pudiera pensar.
Estaba tirado en el barro, pero la vibración de esa voz obligó a sus músculos a moverse en contra de su voluntad: en vez de levantarse para pelear o huir, se irguió desde el suelo y apoyó las rodillas contra el concreto, jadeando de pura rabia, maldiciendo por dentro el sometimiento de su propio cuerpo mientras las articulaciones se negaban a obedecerle a él.
Valerio dio el último paso y le hundió la mano en el cabello, cerrando el puño para jalarle la cabeza hacia atrás sin contemplaciones.
El cuello pálido de Mateo quedó al descubierto, con el pulso latiéndole desbocado bajo la piel.
Intentó aferrarse a la muñeca del capo para zafarse; fue como tratar de mover una viga de acero.
—Pensaba colgar tu cabeza en la entrada de la mansión de tu familia para cerrar la cuenta —susurró Valerio contra su garganta, sintiendo el pulso bajo la boca—. Pero tu olor me sirve más vivo que muerto.
Mateo intentó girar la cara para escupirle, y el agarre en su nuca se cerró hasta arrancarle un gemido entre dientes.
—Mañana al amanecer te casarás conmigo en la capilla de la mansión —sentenció Valerio—.
Vas a entrar a mi cama, vas a parir a mis herederos y vas a extinguir el apellido de tu clan en tu propio vientre.
Si te niegas, o si intentas morderte la lengua, la cabeza de tu hermano amanece flotando en el canal.
Lo soltó de golpe. Mateo cayó de pechos contra el suelo, tragando aire a bocanadas, mientras una idea se le clavaba más hondo que el dolor de las costillas: no voy a parir nada para este hombre. Antes muerto.
—Cárguenlo en la camioneta de atrás —ordenó Valerio a sus hombres, ya de espaldas—. Investiguen quien es esta porquería. Y córtenle esa brida antes de subirlo. No quiero que llegue con la mano muerta; lo quiero entero para la boda.
Valerio subió al asiento del copiloto y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Llevaba semanas sin dormir más de dos horas seguidas, atrapado en una migraña que le taladraba el cráneo desde la sien izquierda y que ningún médico de la familia había sabido explicar.
Los Alfa sin pareja compatible se consumían así, lo sabía, lo había visto en su propio padre antes de que la locura lo obligara a pegarse un tiro.
Y sin embargo, desde el segundo en que el aroma de aquel omega le había llenado los pulmones, el dolor había desaparecido como si alguien le hubiera apagado un interruptor en la nuca.
No era piedad lo que sentía por la rata Altoviti arrodillada en el barro.
La piedad era la debilidad que años atrás le había costado la vida a su madre, cuando un rival de su padre la dejó viva por compasión y ella regresó semanas después con un cuchillo escondido en la manga.
Valerio había aprendido esa lección a los doce años, arrodillado junto al cuerpo, y no pensaba repetir el error.
Lo que sentía por el chico no tenía nada de compasión: era hambre, posesión, la certeza absoluta de que ese cuerpo delgado y cubierto de barro le pertenecía por derecho biológico y por conquista territorial, y que nada de lo que el omega sintiera al respecto iba a cambiar el resultado.
Se llevó dos dedos al puente de la nariz, todavía con el olor a jazmín y vainilla instalado en la garganta como si lo hubiera respirado en carne propia.
Por primera vez en años, la mente se le había quedado en silencio.
No pensaba soltar esa quietud así como así, aunque tuviera que encerrar a un Altoviti entero dentro de su propia casa para conservarla.
—Si se desangra por el camino —dijo, sin volverse hacia los hombres que subían al prisionero a la otra camioneta—, el médico responde con su vida.
El vehículo arrancó. Valerio cerró los ojos y, por primera vez en semanas, no sintió el impulso de arrancarse la piel del cráneo.
El trayecto duró veinte minutos por caminos de tierra y curvas cerradas.
Tirado de lado sobre el piso de chapa, Mateo midió cada bache y controló la respiración, más pendiente de que el bisturí no se deslizara fuera del dobladillo de su bota que del dolor de la costilla lastimada.
La rabia de haber sido doblegado biológicamente lo mantenía más despierto que cualquier golpe.
Ningún alfa me va a convertir en un perro adiestrado sin pagar un precio.
Cuando la camioneta se detuvo, los portones de hierro de la mansión Vancanza chirriaron al abrirse.
Dos sicarios lo sacaron a tirones y lo arrastraron por un patio de adoquines flanqueado por muros de piedra de cinco metros y guardias con fusiles de asalto.
Aquello no era una residencia: era una fortaleza construida para resistir un sitio.
Lo bajaron por un pasillo subterráneo iluminado por focos amarillos, dos tramos de escalera hasta una puerta de madera maciza. Un código, un chasquido pesado, y lo arrojaron adentro. Mateo tropezó con la alfombra y cayó sobre las manos justo cuando el cerrojo automático se cerraba a su espalda.
La habitación era amplia y claustrofóbica a la vez: sin ventanas, muros de piedra pulida, una cama con dosel de madera negra y una puerta lateral hacia el baño.
El olor de ese maldito alfa estaba impregnado en las cortinas de terciopelo: roble quemado, cuero seco, esa sombra de pólvora que le erizaba la piel de los brazos incluso ahora, lejos de él.
Mateo se incorporó despacio, apoyando la espalda contra el marco de la cama, con la cara manchada de barro y sangre seca y el labio hinchado.
Se flexionó hacia la derecha, metió dos dedos en la caña de la bota y sacó el bisturí.
Rompió el sello del empaque con los dientes.
La hoja de tres centímetros brilló bajo la luz fría del techo: corta, pero suficiente para abrir una yugular en el ángulo correcto.
Caminó hacia la puerta sin hacer ruido y presionó la oreja contra la madera.
Afuera, los pasos rítmicos de dos guardias marcaban su ronda.
Bajó la mirada hacia la cerradura electrónica del muro adyacente, un cajetín negro con un mazo de cables expuesto en el borde inferior, y sintió algo parecido a la esperanza por primera vez en toda la noche.
Si Valerio Vancanza creía que a la mañana siguiente lo llevaría al altar doblado por el miedo, estaba equivocado. Mateo escondió el bisturí bajo la almohada principal, se sentó en el borde del colchón y esperó a que la mansión se quedara en silencio.