Jayce. Algo más que prohibido 84 ​​ Ava
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Adiós

​​ Un mes después.

Los rostros de Leanne y de Richard se van haciendo pequeños mientras nos alejamos de la puerta de mi casa. O quizás debería decir de la que fue mi casa.

Ha pasado a manos de un nuevo propietario.

Uno que ha decidido reformarla entera y convertirla en una sola, respetando una única estancia: el lugar que albergó el cuerpo de su hijo durante cuarenta años.

Un lugar tan doloroso y macabro como sagrado para él.

Un aire nuevo, una estructura nueva, pero un altar donde seguir llorando la pérdida de Ben.

Richard también ha construido un precioso panteón en el cementerio que acoge los restos de Agnes, la mujer que estuvo al lado de su hijo durante cuarenta años.

La que seguramente quiere imaginar cuidando, consolando y protegiendo a su pequeño.

Una forma de combatir el dolor, de encontrar algo de paz dentro de él.

Y conmigo también ha tenido gestos de cariño, a pesar de ser la descendiente de unos monstruos que le jodieron la vida y le traicionaron de la forma más cruel posible.

Para él estoy libre de culpa, igual que mi madre, de la que se ha comprometido a mantener siempre su lugar de descanso impoluto y lleno de flores.

Sabe que no voy a volver. Y lo mismo ocurre con la clínica, que tampoco tiene culpa de nada, excepto haber albergado a dos asesinos durante muchos años.

Al menos eran buenos médicos. Ahora es propiedad de su hija menor, Hellen, que se ha puesto al frente.

Una sorpresa de hace dos semanas.

Hellen, la que nació cuando Martha rondaba la cuarentena, trabajaba en un centro sanitario de Duluth y, al parecer, tener su propia clínica es algo que no dudó en aceptar cuando su padre le habló de la de Silver Bay. Desconozco los detalles, pero confieso que fue una sorpresa y también un alivio.

Aunque no tanto como descubrir que la venta estaba preparada en tan poco tiempo.

La clínica recibía ayudas del estado y la mitad pertenecía a un propietario fallecido cuya herencia no podía pasar a su hijo por haber acabado con su vida. Las leyes lo impiden. Pero solo Richard habría sido capaz de resolverlo todo en tiempo récord. Y me alegro.

Silver intenta seguir adelante. Supongo que todos lo hacemos.

Daniel ya no es propietario de la clínica, ni yo tampoco.

Él ahora descansa en el cementerio de Silver Bay, muy lejos de la tumba de Ben, como solicitó Richard.

Encontraron su cuerpo el mismo día de la búsqueda gracias a la colaboración de Blake, que acabó revelando su paradero. Fue Richard quien lo convenció.

Para mi sorpresa, no le ha dado la espalda.

Le ha proporcionado un gran abogado y están intentando demostrar que todo ocurrió en medio de un grave deterioro psicológico provocado por años de manipulación, miedo y presión familiar.

No sé si servirá de algo ni cuánto podrá cambiar su futuro, pero, al menos, Richard se ha negado a abandonar a alguien a quien ha protegido como a un hijo.

Solo he hablado con él una vez de ese tema y probablemente, sin tener claro si le comprendo o no, nunca olvidaré sus palabras: «No voy a condenar a la persona que mató al asesino de mi hijo».

Puede que yo en su lugar hiciera lo mismo, pero…

no sé si ese es el mejor planteamiento. En cualquier caso, confieso, contra toda lógica, que sentí alivio al pensar que alguien cuidaría de Blake.

Le he querido demasiado como para no preocuparme por él incluso ahora. No he sido capaz de ir a visitarlo.

Silver ya no significa nada. Ni clínica, ni casa, ni familia. Hace poco más de un año éramos una familia. Hoy, tres de ellos están muertos y otro intenta sobrevivir a todo lo que ha hecho.

Ahora solo queda dejar atrás los malos recuerdos, el dolor, la vergüenza y la decepción. Sé que se tarda más de doce horas en ganar esa batalla, pero no voy a dedicarle mucho más tiempo porque, si algo necesito, es alejarme de todo.

Me llevo a mi madre, a su recuerdo y a su bata, la que vistió durante tantos años para intentar que la vida de los demás fuera mejor. Me llevo sus flores secadas por sus propias manos. Unas que voy a intentar conservar toda mi vida, igual que su recuerdo, igual que la imagen de su sonrisa.

Y pienso proteger el dolor que siento al pensar en ella porque es el único dolor auténtico que merece seguir viviendo conmigo.

Y el abogado… que ahora conduce en silencio, triste porque se ha despedido de Leanne, una mujer a la que le ha cogido muchísimo cariño y a la que ya ha invitado a visitarnos en Boston.

A ella le debo mucho y siempre le estaré agradecida.

Me ha roto decirle adiós, pero me ha consolado ver que está bien, que ha superado lo de Daniel y que no ha puesto ninguna objeción cuando Richard la ha invitado a cenar en su casa coincidiendo con la visita de su hijo, el que menos ha frecuentado Silver durante los últimos años.

Se divorció hace poco más de un año y, según Richard, está intentando rehacer su vida. También conocer mejor a la enfermera que lo atendió cuando sufrió un desgarro en la rodilla por culpa de un maldito escalón en la casa de sus padres.

Palabras de Richard que Leanne ha recibido con una sonrisa sospechosa.

Me marcho sin familia y sin Dory Sue. Mi abogado se ha negado a que abandone Silver Bay.

No es que tuviera interés en un recuerdo de la infancia con Blake, pero era un arma fantástica para tocarle las narices al abogado con las bacterias y los microorganismos.

Mi abogado… el mejor. Él me reveló que mi padre siempre había conocido mi existencia, y que no mostró demasiado interés cuando mi madre se quedó embarazada; tampoco seis años después, cuando mi madre le volvió a llamar para hablarle de mí.

Leanne amplió el relato, con muchos más detalles que solo consiguieron revolverme más por dentro.

Fue duro escucharlo, pero también liberador. De esa manera he podido convertir a mi madre en lo que siempre he querido que sea: un ser perfecto. Así debe ser.

Desde ese día, mi relación con él ha cambiado.

He impuesto una distancia que sé que le duele, pero que necesito para frenar un ritmo que quizá nunca habría sido el adecuado.

No tengo intención de apartarlo de mi vida, pero él quiere recuperar un tiempo perdido mientras que yo, simplemente, lo doy por perdido. Tendrá que adaptarse.

Además, lo que le hizo a Jayce me pareció tan ruin y tan sucio que todavía hoy me cuesta asimilarlo. Lo despidió y le dijo cosas terribles. Desde entonces no han vuelto a hablar. Ni una sola vez.

Sin embargo, mi padre ha seguido pagando sus honorarios como abogado y Jayce no ha recibido ninguna documentación oficial sobre su despido ni noticias del bufete al respecto.

Técnicamente sigue formando parte de él, como si todo hubiera quedado suspendido en una especie de limbo absurdo, pero Jayce tiene claro que no va a volver.

Y, sinceramente, creo que mi padre no ha superado lo que hizo.

Desde entonces parece empeñado en tragarse su orgullo poco a poco.

Primero reconoció que había cometido un error, sobre todo cuando le hablé de la resolución del caso y exalté la figura de Jayce.

Después empezó a preguntarme de vez en cuando por él y terminó escuchando, bastante afectado, todo lo que a mí me chirriaba de Victoria y de su relación con Sloane.

Para mi sorpresa, no defendió a su mujer ni una sola vez.

Al contrario. Pareció muy interesado, preocupado incluso, y me prometió que averiguaría qué estaba pasando realmente.

Mi momento favorito llegó hace dos días, cuando lo llamé para decirle que Jayce y yo vamos a casarnos. Disfruté muchísimo escuchando cómo se atragantaba al otro lado del teléfono.

Pero debo reconocer que no todo ha sido malo.

Por un lado, gracias a él he conocido a mi abogado.

Y por otro, se ha ofrecido a «facilitarme» la incorporación a un hospital recurriendo a sus contactos.

Una oferta a la que voy a recurrir. Dentro de diez días se acaba mi excedencia y, después de las últimas noticias que he recibido, en las que me asignan las urgencias nocturnas durante un periodo sin determinar, voy a renunciar a mi puesto.

Si mi padre puede facilitarme el acceso a un quirófano, no voy a rechazarlo.

—Le he pedido a mi padre que te pida que vuelvas al bufete.

Frena el coche hasta apartarse cerca del desvío hacia el aeropuerto.

—¿Por qué coño has hecho eso?

—Para que te des el gusto de enviarlo a la mierda.

Suelta una carcajada mientras incorpora el coche a la carretera.

—Te he cogido cariño, doctora…

Me echo a reír y observo cómo el aeropuerto aparece ante nosotros.

Destino: Boston.