Jayce. Algo más que prohibido 85 ​​ Jayce
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Apellido

Ocho meses después

—Aún no te he perdonado que te casaras —me dice mi madre volviendo a su tema preferido.

—¿Que me casara o que me casara en secreto?

—En secreto, por supuesto. Ya sabes que adoro a Ava.

—Mamá, hoy tienes tu fiesta de celebración, deja de quejarte.

—A tu padre le habría gustado acompañarte ese día. Y a mí también.

—En la boda de Aiden os pasasteis media hora llorando. No puedes pedirme que pase por eso.

Mi madre sonríe, me ajusta por quinta vez la corbata y termina dejándome solo, disfrutando de las vistas desde uno de los pequeños balcones de la finca.

Alexander no escatimó en nada cuando decidió organizar esta locura. Según él, después de descubrir que su única hija se había casado en secreto en una isla perdida del lago Hurón, tenía derecho a una celebración decente.

Le costó mes y medio convencernos. Mi familia se unió a la locura presionando hasta que los chantajes emocionales se volvieron insoportables y aceptamos.

Eso sí, pusimos condiciones. Solo los más allegados, un lugar silencioso y aislado, y vestidos como nos diera la real gana.

Y aquí estamos.

En una finca privada junto al mar, rodeada de acantilados, jardines impresionantes y enormes ventanales con vistas al océano.

Aceptamos creyendo que era más práctico pasar por una celebración familiar durante un día que escuchar continuamente comentarios sobre la boda que podía haber sido y no fue.

Pero nos salió mal la jugada. La distancia con Boston ha requerido que pasemos la noche en la finca y el exceso de convivencia familiar empieza a resultar insufrible.

Solo será una cena lujosa, un poco de baile y retirada a nuestros respectivos alojamientos.

La boda real ocurrió hace tres meses, en una isla perdida junto al lago Hurón. Solo Ava y yo, un juez, lluvia y una isla sin coches donde el tiempo parecía detenido. Sin fotógrafos, sin invitados y sin nadie llorando durante cuarenta minutos.

Muy nuestra, como tenía que ser. Ava y yo poseídos por una cantidad insoportable de palabras completamente ininteligibles para el juez y su paciencia: Silver, Dory Sue, Earl el león, el baño del club, la pizarra, los susurros… Nosotros y nuestra historia.

Y, cómo no, nuestras variantes de «prohibidos».

Alexander sigue con su lucha por ser el padre del año y, sinceramente, le he cogido el gusto a llevarle la contraria. Ya no es mi jefe, tampoco es que lo considere mi familia, es… el padre de Ava, que ha aceptado mantener las distancias justas para una buena y próspera relación.

Después del despido, me pidió que me incorporara al bufete. Me llamó, me pidió perdón, me hizo la pelota, me dio las gracias por mi trabajo en Silver y se justificó durante más tiempo del que empleó en los elogios.

Ava tenía razón. Fue un gusto decirle dónde podía meterse su puesto en el bufete.

Me incorporé a otro despacho, uno que mi hermano, su socio y otros dos abogados fundaron por especialidades y con una dinámica de trabajo que me cautivó nada más empezar. Allí me siento yo mismo y cada día, en equipo, vamos subiendo un pequeño escalón.

Colaboramos profesionalmente con el bufete de Alexander y ellos con nosotros cuando un caso lo requiere.

De la relación con Alexander solo puedo decir que nos respetamos, sabemos mantener las distancias y que solo coincidimos algunas veces profesionalmente y muchas menos en lo personal. Hoy era inevitable.

Su vida también ha sufrido cambios. Su divorcio de Victoria se firmó hace un par de meses y ha sido una guerra económica que finalmente han conseguido cerrar; claramente a favor de Alexander.

El matrimonio, al parecer, ya llevaba tiempo erosionado, pero el detonante fue la actuación de Victoria con Ava.

Alexander descubrió que Victoria, en su empeño por sacar a Ava de sus vidas, intervino en la decisión de retirarle las categorías en el hospital a través de una amiga suya que durante un tiempo trabajó allí y disfrutaba de la influencia suficiente como para manipular el futuro profesional de una doctora brillante e incluso favorecer la negativa del otro hospital a admitirla.

¿Y Sloane?

La sobrina de esa amiga. Dispuesta a facilitar información sobre Ava a cambio de algunos privilegios y favores.

Objetivo: que Ava contemplara la posibilidad de quedarse en Silver Bay al frente de la clínica cuando las puertas en Boston empezaran a cerrársele.

A pesar de la negativa de Ava, me consta que Alexander, a sus espaldas, ha movido algunos hilos para que la fiel amiguita Sloane, que, por cierto, ya no es la novia de Andrew, tuviera ciertas dificultades en su trabajo.

Entre ellas, el despido. Una pequeña venganza de la que Alexander no ha sabido privarse.

No siento demasiada pena por el que fue mi jefe, pero descubrir que tu mujer ha dedicado parte de su tiempo a manipular la vida de tu hija tiene que ser desagradable incluso para alguien acostumbrado a controlar todos los aspectos de su existencia.

Lo que sí tengo que agradecerle es haber conocido a Ava. Y también que me salvara la vida. No soy tan injusto como para olvidarme de ello. Solo que… no quiero convertirlo en una deuda eterna.

Y… también tengo que agradecerle, más Ava que yo, que le facilitara su incorporación al Newton-Wellesley Hospital, en Needham, donde también vivimos. Una pequeña ciudad muy cerca de Boston, lo que me permite llegar al despacho en poco tiempo y, además, evitando el centro de la ciudad.

Ava compró una preciosa casa con el dinero que obtuvo de la venta de la del abuelo y allí nos refugiamos cada día para disfrutar el uno del otro. Excepto hoy, que nos ha tocado sesión familiar.

Ahí está. Ava. Ahora puedo verla. Preciosa con su vestido blanco y azul.

Sé que está un poco saturada.

Conozco todos sus gestos. Me está buscando con la mirada, incapaz de conseguir que mi madre, Leanne y Alexander la dejen en paz.

Brooke, mi cuñada, sale al rescate. Y se añade Cassidy.

Consiguen sacarla del círculo en el que la habían acorralado y puedo observar su risa y su manera de respirar aliviada.

Las tres juntas son peligrosas; por separado, bastante más tranquilas.

Así lo comentamos mi hermano y yo en cada café del trabajo. Volver a trabajar con él ha sido de lo mejor que me ha dado esta historia.

«El Jayce que yo conocí nunca se habría casado», me ha dicho en alguna ocasión.

Y tiene razón. El Jayce que yo conocía tampoco.

Pero es que soy otro.

Y gran parte de ello se lo debo al terremoto emocional que ahora mismo viene en mi dirección con una copa de vino en la mano.

—Tu familia es encantadora…

—Pero…

—Roban el aire.

Me echo a reír mientras disfruto de mi preciosa mujer.

—Son pesados —le digo con resignación.

—Yo habría matado por tener una familia de pesados, no de asesinos —dice como quien comenta una preferencia culinaria.

Sonrío, la atrapo contra mi cuerpo y consigo que su boca juegue con la mía.

Es lo que más me gusta de ella. Es práctica, es valiente y es fuerte.

Y no me imagino la vida sin ella.

—Estoy empezando a quererte, Ava Merrick —le digo mientras me quedo embobado con su sonrisa.

—Y yo, abogado. ¿Sabes qué es lo mejor de casarme contigo?

—No.

—Que he cambiado de apellido.

Sencillamente, la adoro.

Ya no necesito resolver nada más.

Caso cerrado.

Epílogo

Helen Kensington, la hija menor de Richard y actual propietaria de la clínica de Silver Bay, levanta la vista de unos informes cuando suena el teléfono de su despacho.

—Señorita Kensington… creo que debería venir a la casa. Ahora.

El tono del encargado de la obra le provoca un escalofrío inmediato.

No pregunta qué ocurre. No lo necesita.

Durante los últimos meses, la antigua casa Halstead, ahora medio destruida por las enormes reformas que Richard ordenó tras comprarla, ha sido escenario de demasiadas tragedias como para esperar algo bueno de ella.

Sale de la clínica casi corriendo, ignorando la voz de Leanne, la enfermera, que intenta preguntarle algo desde el mostrador. Apenas tarda unos minutos en llegar y, durante todo el trayecto, solo puede pensar en lo mismo.

Otro cuerpo.

Porque eso es lo que esa casa parece esconder. Cadáveres, secretos y dolor. El de su hermano Ben, el de Agnes y todo lo que vino después.

Cuando atraviesa la entrada principal, todavía cubierta por andamios, polvo y paredes abiertas, encuentra a varios operarios reunidos junto a la parte más antigua de la vivienda. La original. La que ocultó los restos de su hermano durante cuarenta años.

Uno de ellos se acerca rápidamente.

—Estábamos reforzando y, de repente… apareció esto.

Helen observa el agujero abierto entre las piedras. Un acceso estrecho, oscuro y antiguo.

El corazón le golpea con fuerza mientras se acerca.

Otro escondite.

Durante un instante incluso teme mirar, pero finalmente lo hace.

Y se queda completamente inmóvil.

Dentro no hay huesos, ni telas, ni restos humanos. Solo pequeñas cajas de madera devoradas por el tiempo. Una de ellas está abierta y, en su interior, bajo décadas de polvo y oscuridad, descansan decenas de monedas antiguas que brillan suavemente bajo la luz de las linternas.

Nadie dice una palabra.

Helen sigue observándolas en silencio.

Quizá, después de todo, Silas Crowley sí escondió algo entre aquellas paredes.

FIN