Jayce. Algo más que prohibido 83 ​​ Jayce
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Doce horas

Vuelvo a mirar en dirección a la puerta del dormitorio de Ava. Sigue cerrada.

Se encerró después del episodio de Blake y no ha vuelto a salir.

Está bien, o más bien debería decir viva.

Al menos eso me ha dicho Leanne, que se acaba de marchar y ha pasado todo el día aquí cuidándonos a los dos.

A ella, vigilándola desde el salón, entrando cada poco rato para comprobar que estaba bien y atender lo que pudiera necesitar, que al parecer solo era estar sola y aislada.

Y a mí, liberándome de la impotencia de no poder estar a su lado y tener que respetar su necesidad de silencio.

—Tú también debes necesitar estar solo —me ha dicho Leanne cuando ha asumido su papel maternal.

No he querido contradecirla, pero no lo necesitaba. Necesitaba ruido; algo que detuviera mi mente y me permitiera dejar de sentir esta maldita presión en el pecho que se ha instalado en mí desde que la he visto apuntándome con una escopeta por confundirme con un ladrón.

Pero, visto que no me quedaba otro remedio que aceptar esa soledad, en vez de quejarme o luchar contra ella, me la he llevado de paseo por Silver.

Hemos visitado la humilde estatua del dictador; hemos acompañado a Earl, el león, mientras disfrutaba de un café con una bola de helado sentado en el banco que hay frente a la cafetería.

Hoy no quería ardillas. Me ha regalado una sonrisa y unas veinte palabras relacionadas con la elaboración de su helado.

Mi soledad y yo también hemos pasado por la clínica, cerrada por ser domingo. Su futuro es incierto, como el mío, así que he disfrutado sintiendo que no soy el único que tiene manchas borrosas sobre todo lo que ocurra a partir de mañana.

Y, por último, la oficina del sheriff, donde todavía seguían en shock tras los acontecimientos de las últimas semanas en Silver.

Han lidiado con más cadáveres en una semana que en el último siglo. Y todos pertenecientes al mismo círculo, a la gran y prestigiosa familia Halstead.

Las labores de búsqueda de Daniel empezarán mañana, en algún momento del día todavía sin determinar.

No porque estén estudiando el terreno para reducir la búsqueda, no, sino porque todo depende de la visita de Richard, que en algún momento entre las nueve y las diez de la mañana visitará a Blake para decirle algo así como: «Hijo, diles dónde está tu padre», y…

eso parece más infalible que cualquier otro método.

Porque en Silver los protocolos de actuación policial tienen su propio nombre:

Richard.

Pocas horas después de la confesión ante Ava, ya había visto el vídeo, se había enfrentado al impactante relato de la muerte de su hijo y a la confesión de Blake respecto a Daniel, el asesino de ese mismo hijo.

A las pocas horas ya había acordado con el sheriff obtener la ubicación sin emplear más medios; menos costoso, más reducido. Gente práctica, sin duda.

Estoy seguro de que a Richard no le costará obtener esa información. Lo que desconozco es qué hará una vez la consiga; si salir del calabozo y tirar la llave o estar al otro lado de las rejas de vez en cuando.

Una última mirada a la puerta de la doctora. Leanne se ha marchado hace unos minutos y me ha dicho que estaba bien.

La una de la madrugada. Hora de retirarse y ocupar mi antiguo dormitorio.

Me desprendo de la soledad para darle la bienvenida a Dory Sue. Esa preciosa mazorca que la doctora ha colocado en mi cama durante mi ausencia.

Solo unos minutos después de meterme en la cama y asumir que iba a ser una larga noche, escucho pasos. No he cerrado la puerta, pero todo está oscuro y puedo distinguir su silueta acercándose gracias a la lámpara que he dejado encendida en el salón.

Se sienta en el borde de la cama. Susurra.

—Mi abuelo era un cabrón y un manipulador.

Sin escrúpulos. Mi tío, una víctima de un cabrón manipulador, pero un asesino, al fin y al cabo, además de un cobarde.

Y mi primo, otro asesino. Otro cabrón manipulador.

Una saga entrañable. Y… yo he dedicado doce horas de mi tiempo, doce largas horas, a pensar en ellos y hacer un recorrido por sus hazañas.

¿Cuánto debe durar ese duelo? Yo creo que doce horas es suficiente.

Lo he sabido cuando me he preguntado qué habría pasado si las cosas se hubieran complicado y me hubieran imputado por la desaparición de Daniel.

¿Qué habría hecho Blake Halstead? Con esa respuesta me ha bastado.

He salido de la cama y he pensado que te gustaría saberlo, abogado.

No pienso dedicarle más tiempo a lo peor que me ha pasado en la vida durante los últimos meses y semanas.

Quiero centrarme en lo mejor que me ha pasado en los últimos tiempos.

Se levanta y se va.

Tres minutos son los que tardo en acudir a su dormitorio.

—Doce horas me parecen suficientes. Estoy de acuerdo en que, en caso de imputación, no habría movido ni un dedo por ti.

Eso habría sido terrible, pero… asume tu responsabilidad, doctora.

Echar de tu vida al mejor abogado tampoco te habría ayudado.

Me habría gustado estar en la lista de lo mejor que te ha pasado en los últimos tiempos.

Salgo del dormitorio. Tres minutos. Su turno.

—Yo no te eché, abogado. Mi padre me dijo que querías marcharte.

Te escuché discutir con él. Escuché palabras que me alertaron: atrapado, presionado, cariño…

díselo tú… Y la explicación que me diste no me convenció.

Ya sabes, lenguaje no verbal. Tú me lo enseñaste.

Por eso recurrí a la otra parte de la conversación telefónica.

Sí, se trataba de un caso, uno más importante.

Uno de Boston que te morías por llevar. Comparado con una loca con escopeta que amenaza a su tío…

—hace una pausa—. Y te lo facilité. Te liberé.

Mi padre me dejó claro que no querías seguir aquí y que no iba a permitirte elegir.

Dolía, pero no iba a participar en esa putada.

Sale. Tres minutos. Mi turno.

—No existe ese caso que me muero por llevar.

Hay otro cabrón manipulador más en esta historia.

Tu padre me dijo que no querías que estuviera aquí.

Que querías estar sola y que ibas a pedirme que me marchara.

Me dijo que te convenciera y que no osara atravesar esa puerta.

A pesar de ese cutre billete de avión, solo hice mi equipaje cuando me llamó para decirme que estaba despedido.

Cuando le exigiste que me pidiera que volviera a Boston. No antes.

Salgo. Seis minutos. Su turno.

—No me puedo creer que te despidiera. Yo…

no lo sabía. Yo no le dije que quería que te marcharas, solo le pedí que no te retuviera aquí porque eso es lo que me hizo creer, y que, si no lo hacía él, lo haría yo.

Es un hijo de puta. Joder, lo es. Y… sí, una cutrez lo del billete de avión.

Había una opción más efectiva. Decirte que me había enamorado de ti.

No porque yo lo hubiera buscado, sino porque ha pasado así.

Es como una enfermedad, no lo eliges. Se instala y…

a joderse. Eso sí habría hecho que salieras corriendo; más sincero y menos cutre que un billete de avión, pero…

el orgullo, ya sabes… es que a veces tengo conflictos con él.

Sale. Dos minutos. Mi turno.

—Si me hubieras dicho eso, no habría salido corriendo.

La parada que hice en Grand Marais se debió a que era incapaz de alejarme del todo de aquí.

Necesitaba parar, pero cerca. Cerca de unas discusiones encantadoras, de una doctora tozuda, de unos ensayos desastrosos, de unos susurros a medianoche, de una pizarra, de un baile desnudos…

Cerca de una doctora insoportable de la que…

me he enamorado, maldita sea. Yo… que estaba completamente protegido contra esas estupideces mundanas.

Y… me acojona, pero compararlo con una enfermedad es cutre, doctora. Tus recursos dan miedo.

Salgo. Dos minutos. Su turno.

—Quédate, abogado.

Se acabaron los turnos. Antes de que se marche, susurro yo también.

—¿En este pueblo?

—En mi vida. Ya estoy bastante limpia de penas. Toda una vida con mi familia y, en doce horas, los pongo en su sitio. Un mes contigo y… no veo la manera de lidiar con ello si tengo que volver a verte marcharte. ¿Quién entiende eso?

—¿Ese es tu argumento para que me quede?

—Si tú me dices algo así a mí, yo me deshago…

—No he dicho que no esté deshecho.

—¿Qué más necesitas?

—Un baile, doctora. Desnudos…

Entonces los turnos se agotan, desaparecen y nos permiten lo que, creo, esta escena requiere: contacto físico. Caricias, besos y un baile lento al compás de una voz que canta sobre el valor de caminar sin rumbo, pero con pasos firmes.

Y nos desnudamos.

Y así permanecemos durante un siglo, esa es la sensación.

—¿Por qué te ha despedido? —me pregunta intentando disimular el impacto que le causa.

—Porque le exigí que hiciera algo que no le gustó.

—¿Qué le exigiste?

—Ahora no, Ava.

—¿Tiene que ver con el trabajo?

—No.

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Me va a gustar?

—Si fuera así, te lo contaría.

—¿Duele?

—Sí.

—Entonces me lo cuentas mañana.

—Buena idea.

—¿Te quedas o no, capullo? —me dice alzando una ceja.

—Con esa invitación, necesito un poco más de tiempo para pensarlo.

—Estoy enamorada de ti.

—¿Algún alegato más?

—Cuando llevas las gafas puestas, pierdo el control. Pero me contengo. Hasta ahora no lo he perdido del todo.

—Vaya… Sabía que me sentaban bien, pero no pensaba que te provocaran esa reacción.

—Que haya dejado mi orgullo aparte no significa que debas abusar, abogado. Estoy intentando crear una escena romántica.

—Tienes razón. Ava… respecto a quedarme… Yo… ¡cásate conmigo, Ava!

Me mira como si le hubiera propuesto un suicidio colectivo y se toma su tiempo para responder.

—¿Eso es una orden?

—Vale… ¿Quieres casarte conmigo, Ava? Mejor así.

—Hace un mes que te conozco, abogado.

—No. Hace setenta y un días que te vi por primera vez en el club. Veinticinco de mi llegada a Silver. Veinticinco desde que me di cuenta de que eras insoportable. Y unos pocos menos de sentir que eres lo mejor que me ha pasado nunca.

—¿Cuántos?

—Un par de horas.

—No es suficiente para casarse. Puede ser un desastre.

—Pues nos divorciamos.

—Tienes un don para deshacerme con tus palabras, abogado.

—Alguien me ha enseñado a ser práctico.

—¿No sería mejor algo más intermedio? ¿Qué tal vivir juntos?

—No, doctora. Hay una diferencia entre prohibido y… algo más que prohibido. Y yo siempre quiero algo más.

—Ya no estoy prohibida, abogado.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Prohibida siempre?

—Siempre prohibida.

—Si vas a buscar las gafas, te digo que sí.

Lo sellamos con una carcajada y con una sensación de felicidad que nunca antes había sentido.