Jayce. Algo más que prohibido 79 ​​ Jayce
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El vídeo

La imagen de Daniel aparece en la pantalla.

Ava permanece sentada frente al portátil, completamente inmóvil, mientras Leanne y yo nos colocamos a ambos lados de ella, como si los dos temiéramos dejarla sola ante lo que está a punto de escuchar.

Daniel aparece en la pantalla con una expresión sombría. Está sentado y solo se ve la mitad de su cuerpo. Parece estar dentro de un coche.

A lo largo de la grabación hace varias pausas, se frota la barbilla con nerviosismo y, en más de una ocasión, sus ojos se llenan de lágrimas antes de continuar hablando.

Ava…

Si me estás viendo es porque Leanne se ha ocupado de hacer lo que le pedí. Y también significa que mis temores se han cumplido y… que probablemente ya no siga vivo.

Todo empezó aquella noche, una maldita noche que me ha atormentado toda la vida.

Ben y yo estábamos enfadados por una tontería.

Los dos estábamos colados por la misma chica.

Me enteré de que la había invitado a salir y me sentó fatal, así que decidí hacer lo mismo.

Aquel día, al salir del instituto, la acompañé hasta su casa.

No sé qué pretendía demostrar; tenía quince años y me comportaba como un idiota.

Ben se enfadó cuando nos vio juntos, pero, cuando ella entró en casa, los dos acabamos yendo hacia nuestro rincón de siempre, junto al río.

Ni siquiera recuerdo quién empezó a caminar primero.

Supongo que ambos queríamos arreglarlo y dejar atrás aquella estupidez, pero lo único que hicimos fue discutir, cada vez peor, hasta que ninguno de los dos supo detenerse a tiempo.

La pelea apenas duró un minuto. Él me empujó, caí hacia atrás, me levanté y le devolví el empujón. Eso fue todo. Pero Ben cayó de otra forma, se golpeó contra una piedra y empezó a salirle sangre de la cabeza.

Y el resto puedes imaginártelo.

Estaba muerto.

Había matado a mi mejor amigo.

Tenía tanto miedo que salí corriendo a buscar a mi padre.

Yo no quería matarlo y estaba convencido de que mi padre encontraría la forma de ayudarme.

Intentó calmarme, pero enseguida empezó a hablarme de la cárcel, de cómo arruinaría mi vida y de que todo el mundo me señalaría como un asesino.

Después me llevó de vuelta al río en su camioneta y cargamos el cuerpo de Ben para llevarlo a casa.

Fue entonces cuando me habló de la cámara que había detrás de la pared de la casa vieja. Lo tenía todo pensado: abriríamos el hueco, esconderíamos allí el cuerpo y volveríamos a cerrarlo antes de que Agnes regresara de la ciudad. Maren estaba fuera, en un campamento, y no sería un problema.

Pero Agnes volvió antes de lo previsto.

No la escuchamos entrar. Debió de oír ruido en la casa vieja y fue directamente hacia allí.

Cuando vio el cuerpo de Ben empezó a gritar.

Mi padre intentaba calmarla mientras yo solo quería desaparecer.

Agnes quería llamar a la policía y, cuando comprendió lo que pretendíamos hacer, se horrorizó todavía más.

Mi padre consiguió sacarla unos minutos del salón.

No sé qué le dijo exactamente, pero, cuando volvió, empezó a repetirme que Agnes iba a denunciarme, que mi vida había terminado y que jamás volvería a levantar cabeza.

Yo estaba completamente roto y él no dejaba de meterme miedo.

Entonces me dijo que había una única solución.

Que tenía que acabar con ella.

Que ninguna madre entregaría a su hijo si de verdad lo quisiera, pero ella no me quería.

Recuerdo que Agnes volvió a entrar y que mi padre puso una barra de hierro en mis manos. Después… todo ocurrió muy deprisa. Cuando quise darme cuenta, Agnes estaba en el suelo, rodeada de sangre, y yo acababa de destruir mi vida para siempre y… la suya también.

Después de eso ya no había prisa. Solo quedaba ocultarlos y cerrar la pared.

Intenté echarme atrás. Le dije a mi padre que teníamos que contar la verdad, que no podría vivir con aquello, pero volvió a manipularme.

Me dijo que escribiera una carta mientras él se ocupaba de todo; que, si pedía perdón de corazón, Ben, Agnes y Dios terminarían perdonándome.

Dijo tantas cosas aquella noche que acabé creyéndolo.

Fue la única vez en toda su vida que me regaló alguna caricia, y consiguió conmoverme.

Y escribí aquella carta.

Mientras se organizaban las búsquedas para encontrar a Ben, mi padre fue cerrando el hueco poco a poco. Yo también ayudé.

Nadie preguntó demasiado por Agnes. Todo el mundo estaba centrado en Ben y bastó con decir que Agnes nos había abandonado.

Mi padre era una persona respetada en Silver y nadie tenía motivos para dudar de él.

Además, todo el mundo sabía que su matrimonio con Agnes llevaba años roto y que ella apenas tenía relación con nadie en el pueblo por culpa de su carácter.

La idea de que hubiera decidido marcharse encajaba demasiado bien.

Solo una amiga pareció extrañarse de su desaparición, pero mi padre consiguió convencerla con una de sus actuaciones, esas que tan bien sabía interpretar.

Después de aquello mi vida fue un infierno.

Mi padre era una presión constante. Cada vez que tenía un momento de debilidad, volvía a recordarme cómo sería mi vida si hablaba.

Veía a Ben y a Agnes por todas partes, tenía pesadillas constantemente, los echaba de menos y sentía que la culpa me estaba destrozando, mientras él se dedicaba a justificarme ante los demás alegando lo duro que había sido perderlos.

Y en privado me atormentaba. Me repetía que ya me habían perdonado y que, si se lo contaba a alguien, mi vida terminaría.

Pero lo más duro fue no poder hablarlo con tu madre.

No podía. No me atrevía a ver la decepción en sus ojos.

La quería muchísimo, era mi hermana pequeña, y lo poco bueno que supe hacer entonces fue protegerla de la verdad.

Por suerte, se marchó sin saber qué clase de hermano tenía, aunque sí me habría gustado que supiera qué clase de padre tenía.

En fin, no tuve una buena adolescencia, pero tampoco voy a entrar en detalles.

Todo mejoró cuando me fui a la universidad. Allí, lejos de Silver y de mi padre, conseguí estabilizarme un poco. Nunca volvimos a hablar directamente de lo ocurrido, como si jamás hubiera pasado.

Regresé licenciado, dispuesto a trabajar en la clínica, y mi padre cambió conmigo. Se deshacía en elogios, me apoyaba y me hacía sentir válido, buena persona y buen médico. Creo que entendió que nunca hablaría de aquello.

Pero todo empeoró cuando me enamoré de Nancy y él dejó claro que no la quería para mí.

Nancy estaba divorciada. Había tenido muy mala suerte en su primer matrimonio y se había casado con un delincuente sin saberlo, un hombre que terminó muriendo en prisión durante una pelea.

Tenía un hijo precioso, de tu edad, y yo quería formar una familia con ellos. Pero mi padre se opuso desde el principio. Incluso tenía otra candidata para mí: una chica de un pueblo vecino, de buena familia y relacionada con Richard.

Yo me negué.

También fue duro para él aceptar que tu madre se quedara embarazada sin estar casada y… de un desconocido. Le hizo la vida imposible hasta que consiguió que volviera a Silver. Maren necesitaba ayuda para terminar la carrera y él utilizó eso para presionarla y traerla de vuelta.

Pero, con el tiempo, terminamos formando una familia.

Y, Ava, probablemente sea la única parte buena de toda esta historia.

Blake y tú crecisteis felices en la casa del abuelo, la misma en la que nos criamos tu madre y yo. Nancy y Maren se hicieron amigas y, durante unos años, todo pareció ir bien.

Pero precisamente esa felicidad hizo que volviera a pensar en Ben y Agnes.

Pasé años sin entrar en aquel salón. Evitaba la casa vieja siempre que podía y hasta llegué a convencerme de que detrás de aquella pared no había nada.

Pero la culpa terminó regresando.

Supongo que empezó cuando os vi crecer, cuando imaginé lo que debió de sentir Richard al perder a un hijo y entendí que Ben nunca había tenido siquiera una tumba digna.

Entonces volví a pedirle a mi padre lo mismo de siempre: que los sacáramos de allí y los enterráramos en otro lugar. Me conformaba con alejarlos de aquel agujero oscuro y lleno de polvo. Quería enterrarlos bajo tierra, en paz, y hasta tenía un lugar pensado para hacerlo.

Pero él se negó.

Y volvió a hacer lo único que sabía hacer conmigo: meterme miedo.

Empezó otra vez a recordarme todo lo que perderíamos si alguien descubría la verdad. Hablaba de cárcel, de vergüenza, de destruir a la familia y de arruinaros la vida a todos.

Yo sabía que podía hacerse bien, que podíamos sacarlos de allí sin levantar sospechas, pero él se negaba constantemente.

Discusiones, amenazas, chantajes.

Estuve a punto de entregarme y contarlo todo, pero al pensar en Nancy y Blake me echaba para atrás. Incluso Maren. Ninguno merecía pasar por aquella vergüenza ni ver a la familia destruida, y yo tampoco soportaba la idea de fallarle a Blake.

Así que me conformé.

Mientras mi padre siguiera vivo, jamás me permitiría sacarlos de allí.

Poco después tuve otra recaída emocional muy fuerte y fue entonces cuando decidí marcharme.

Me alejé de Silver, de mi familia y de todo lo que conocía porque sentía que era una vergüenza para ellos.

Y también porque quería dejar de sentir, no voy a mentirte.

Pero no lo conseguí. Lo que realmente me destrozaba era pensar que seguían allí dentro, atrapados en aquella oscuridad, sin descanso, sin paz y sin que nadie hubiera rezado delante de su tumba por ellos.

Da igual dónde estuviera o lo lejos que me marchara; siempre acababa viendo aquella pared, aquella sangre y las caras de Ben y Agnes mirándome fijamente y llamándome asesino, que es lo que soy.

Por eso terminé acercándome tanto a la religión. No porque me convirtiera en un hombre especialmente creyente, sino porque necesitaba pensar que todavía existía alguna forma de perdón para alguien como yo.