Jayce. Algo más que prohibido 78 ​​ Ava
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78 ​​ Ava

Heridas

Si no estuviera sujetando una escopeta —descargada—, probablemente me pellizcaría o me frotaría los ojos para intentar despertar de lo que parece una auténtica pesadilla.

Pero es real. Muy real.

Jayce está tirado en el suelo, rodeado de cristales rotos, con un hilo de sangre deslizándose desde la frente y varios cortes repartidos por el brazo y las manos.

Y yo observo la escena completamente paralizada, sosteniendo una escopeta que apenas sé hacia dónde apuntar por culpa del temblor que me sacude las manos.

Probablemente debería apuntar al abogado, que, si mi mente no me está jugando una mala pasada, no está en Boston como yo creía, sino sangrando en el salón de la casa antigua después de entrar por una ventana y provocarme el mayor susto de mi vida.

—¿Puedes bajar esa escopeta, Ava?

—Está descargada, capullo. ¿Crees que iba a dispararte? —le digo mientras la dejo sobre una mesa.

—¿Estás sola? —me pregunta intentando levantarse al tiempo que suelta algún quejido por culpa de los cristales que lo rodean.

—¿Destrozas una ventana para entrar en mi casa y lo primero que haces es preguntarme si estoy sola? —me acerco a él y aparto algunos cristales con el pie para despejarle un poco el espacio—. Estás completamente loco.

Le tiendo la mano mientras observo su respiración agitada.

—¿Estás sola o no?

—Sí, claro que estoy sola. ¿Me vas a explicar de una vez qué coño está pasando?

—Creía que estabas en peligro, ¿de acuerdo? Me he asustado. Te he llamado mil veces…

—Estaba en la ducha… ¿En peligro? ¿Quieres explicarme de una vez qué está pasando?

—Dame un segundo, Ava, joder. Hay una explicación para que me veas en este estado haciendo el mayor ridículo de mi vida.

—Yo también lo describiría de ese modo.

—Gracias. ¿Quién coño ha arreglado la ventana?

—Nadie.

—No podía abrirla…

—Pero lo has hecho, aunque el método no sea el más brillante, y estás herido. Vamos, hay que curar esos cortes y, mientras, me explicas…

—¿Estás esperando a alguien?

—¿Qué? —le pregunto completamente confundida. ¿Es lo único que se le ocurre preguntar?

—Ava, colabora, joder. Es una pregunta sencilla —dice mientras se revisa el cuerpo en busca de cristales.

—No, no estoy esperando a nadie. ¿A quién se supone que voy a esperar?

—Vale, entonces tenemos que irnos. Leanne nos está esperando.

—¿Leanne? Escúchame bien, abogado, o me explicas qué está pasando o te juro que cargo esa escopeta.

—Tienes un serio conflicto con las escopetas, Ava.

—Eres un gilipollas… Explícame de una… ¡Joder! Hay que tapar esa herida, ¿no lo ves? —le digo acercándome para observar mejor el corte de su frente.

—Puede esperar. Vamos a casa de Leanne y te lo cuento por el camino.

—Jayce, estás sangrando mucho. Cuéntame de una vez qué coño está pasando, pero deja que te cure esa herida.

—Es que no quiero visitas inoportunas. Quiero que salgamos de aquí.

—No va a venir nadie. Y, si te refieres a Blake, está en Duluth.

—Que me cure Leanne, que es enfermera.

Me cruzo de brazos, dejándole bien claro que no pienso moverme. Dios, estoy empezando a ponerme nerviosa de verdad viendo cómo no deja de sangrar.

—Vale, pero antes tengo que llamar a Leanne para decirle que estás bien.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Escúchame, Ava. Si estoy aquí haciendo el mayor de los ridículos, sangrando por todas partes, es porque pensaba que podías estar en peligro.

Me he precipitado, me he dejado llevar por el pánico, pero eso ahora mismo no importa.

Estás bien, y eso es lo único importante.

Pero tenemos que marcharnos. Leanne tiene un vídeo que necesitas ver cuanto antes.

—¿Un vídeo de qué?

—No hagas preguntas y vamos, te lo cuento por el camino.

Mi cabeza va a toda velocidad.

—Primero te curo eso.

Salgo de la casa antigua atravesando los pasillos interiores. No había vuelto a entrar aquí desde que encontramos los cuerpos y siento escalofríos al pensarlo.

En cuanto llegamos al baño de mi casa, le pido que se quite la camisa y lo hace lentamente.

—Date prisa… —dice con una tranquilidad que me pone todavía más nerviosa.

—Yo te curo y tú abres la boca solo para explicarme qué coño está pasando. Se suponía que estabas en Boston.

—Hace unas horas Leanne me llamó muy alterada y me pidió que volviera.

—¿Hace unas horas? —pregunto mientras retiro la sangre de su frente con una toalla limpia mojada. Necesito asegurarme de que no quedan cristales clavados y, por suerte, parecen solo cortes superficiales.

—No estaba en Boston. Me detuve por el camino, pero eso ahora mismo es otra historia.

—¿Dónde estabas?

—En Grand Marais.

—¿Y qué hacías ahí?

—De vacaciones. ¿Hablamos de eso luego? ¡Au! Ten más cuidado, doctora.

—Pues procura explicarte mejor y más rápido, joder.

—Estaba intentando entender por qué me habías dado la patada que me diste.

—Yo no te di ninguna patada.

—No creo que este sea el momento de hablar de eso.

—Pues me parece un momento fantástico. Ahora sé que Leanne tiene un vídeo importante que enseñarme, que no estabas en Boston y que además afirmas que te di una patada.

—Me echaste, joder. Y ni siquiera tuviste el valor de despedirte de mí. Desapareciste, me dejaste un puto billete de avión sobre la mesa y encima le pediste a tu padre que me convenciera para marcharme.

Me quedo quieta unos segundos, intentando entender por qué está enfocando las cosas de esa manera.

Sí, desaparecí.

Sí, evité enfrentarme a él.

Pero ¿a qué vienen ahora esos reproches?

—Ya te dije que no me gustan las despedidas. Y… ¿te fuiste hasta Grand Marais a pensar en que te había dado la patada?

—No quiero hablar de eso ahora, Ava. Hay algo muchísimo más importante.

—Claro… Pues explícamelo de una vez.

Guardamos silencio unos segundos mientras termino de revisar las heridas con cuidado. Limpio los cortes con gasas empapadas en agua y jabón y cubro provisionalmente los más profundos con algunos apósitos.

—De momento están limpias. Luego habrá que mirarlas bien porque aquí no tengo material suficiente, pero no parece que quede ningún cristal.

—Tu tío le dejó a Leanne un pen drive antes de desaparecer. Se lo dejó en una caja sin que ella lo supiera, una caja de recuerdos. Dentro había una nota que decía que, si le pasaba algo, te lo entregara a ti.

—¿A mí? ¿Y por qué no lo ha hecho antes?

—Porque no ha abierto esa caja hasta hoy. Eran recuerdos dolorosos y no tenía valor para enfrentarse a ellos después de la desaparición de Daniel.

—¿Qué contiene ese pen drive?

—Un vídeo. Es lo que quiero que veas. Tu tío aparece explicándote muchas cosas.

—¿Mi tío? ¿Tú lo has visto?

—Sí.

—¿Malas noticias?

—Vamos, Ava, tienes que verlo cuanto antes.

Es evidente que algo no va bien.

Sigo al abogado sin hacer más preguntas, confundida por la existencia de un vídeo del que no quiere darme más detalles.

Y dejo de insistir porque sé que, sea lo que sea, tengo que enfrentarme a algo malo e intento prepararme.

De camino, Jayce me lo cuenta otra vez con calma. Está nervioso, pero actúa como si nunca se hubiera marchado.

—La segunda vez que la visitó aquella noche lo escondió en la caja.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque él mismo lo cuenta.

Lo miro confundida.

—Lo entenderás cuando lo veas.

Aparcamos junto a la entrada de la casa de Leanne.

—Ava… no voy a engañarte, es un vídeo duro.

Asiento con la cabeza.

Leanne sale enseguida a recibirnos con los ojos completamente enrojecidos.

Se abraza a mí nada más verme y rompe a llorar.

—Ava, tienes que perdonarme. Si hubiera mirado esa caja… todo habría sido diferente.

Intento prepararme para lo peor mientras me dejo abrazar por ella y saco fuerzas para tranquilizarla.

El abogado me observa en silencio.

Sea lo que sea lo que estoy a punto de ver, me alegro de que esté a mi lado.