Jayce. Algo más que prohibido 77 ​​ Jayce
90%

77 ​​ Jayce

Un golpe

Salgo de casa de Leanne con la cabeza completamente colapsada y una única idea golpeándome sin descanso desde que terminó el vídeo: necesito encontrar a Ava.

La llamo mientras conduzco hacia la casa de los Halstead, pero no responde.

Leanne asegura que está en casa, que le ha dicho que estaría toda la tarde. Es sábado y la clínica está cerrada.

Vuelvo a intentarlo al girar por la carretera principal. Nada.

Aprieto con más fuerza el volante mientras mi cabeza reproduce una y otra vez fragmentos del vídeo, palabras sueltas, silencios y demasiadas cosas que ahora encajan de una forma horrible. Ya tengo la pieza que buscaba.

Vamos, Ava…

Marco otra vez justo antes de llegar. Nada. No responde.

Cuando veo su coche aparcado frente al porche, debería tranquilizarme, pero no lo hago. Estoy nervioso, tengo un muy mal presentimiento…

Freno bruscamente, salgo del coche y me dirijo directamente a la casa nueva. Pulso el timbre de la valla exterior.

Nada.

Atravieso la valla por un lateral que conozco. Accedo a la puerta principal. Primero el timbre. Nada. Golpeo la puerta con los nudillos, más fuerte esta vez.

Nada.

—¡Ava! —grito, pero solo obtengo silencio por respuesta.

Vuelvo a llamarla con el móvil casi por inercia mientras rodeo la casa. Llego hasta la esquina que da paso al jardín. Desde allí puedo asomar la cabeza y mirar a través de la ventana del salón.

Es incómodo. Tengo medio cuerpo inclinado sobre los arbustos, pero necesito ver algo.

Y lo veo.

El móvil de Ava está sobre la mesa. La pantalla se ilumina una y otra vez con mi llamada.

Frunzo el ceño inmediatamente.

Eso no encaja.

Ava no deja nunca el móvil tirado así porque sí. Incluso se lo lleva a la ducha.

El corazón empieza a golpearme con fuerza contra las costillas mientras una sensación horrible empieza a abrirse paso dentro de mi cabeza.

Mierda.

Rodeo de nuevo la casa casi corriendo hasta llegar a la parte antigua y entonces me acuerdo de la ventana. La de Daniel. La que llevaba rota meses y por donde entró el día que se coló.

Me acerco deprisa y apoyo las manos en el marco intentando abrirla.

No se mueve.

Vuelvo a intentarlo con más fuerza.

Nada.

—Joder…

Aprieto los dientes y empujo otra vez, convencido de que simplemente se ha quedado atascada.

Y entonces todo ocurre demasiado rápido.

El marco cede de golpe con un crujido seco y el cristal estalla delante de mí con un estruendo brutal. Miles de fragmentos salen despedidos mientras mi cuerpo pierde el equilibrio y medio torso se me cuela violentamente hacia el interior de la casa.

—¡Mierda!

Siento cómo varios cristales me arañan el brazo y uno se me clava directamente en la palma de la mano. El dolor llega tarde, mezclado con el ruido, la adrenalina y el golpe contra el suelo de madera al aterrizar torpemente dentro del salón.

Durante un segundo solo escucho mi propia respiración.

Y silencio.

Demasiado silencio.

Me incorporo como puedo entre los cristales rotos, con el corazón desbocado y la sangre deslizándose lentamente por mis dedos. Me duele la frente y, al tocarme, noto que me sangra. Esto es un desastre.

Miro en dirección a la vitrina, que sigue apartada de la pared, ahora cubierta por unos cartones, y siento escalofríos.

—Mierda —suelto cuando noto el dolor en el brazo.

El eco de mi voz se pierde por la casa mientras una sensación espantosa me recorre el cuerpo entero.

Entonces la veo. Ava aparece en el umbral de la puerta, con el pelo mojado envuelto en una toalla y una escopeta temblando entre las manos.

Se queda paralizada al verme.

Yo sigo medio arrodillado en mitad del salón, sangrando y rodeado de cristales rotos como el imbécil más grande del estado de Minnesota.

—¿Jayce? —balbucea horrorizada—. ¿Qué coño estás haciendo aquí?