74 Ava
Silencio
Cuando llego a casa y no veo el coche de Jayce aparcado frente al porche, siento un alivio tan extraño como doloroso. Ahí está la prueba de que se ha marchado o, al menos, de que ha empezado a hacerlo.
Permanezco varios segundos dentro del coche, inmóvil, observando la casa a través del parabrisas mientras intento convencerme de que esto era exactamente lo que yo quería. O lo que quería él… Pero no consigo convencerme de nada; lo único que siento es un vacío insoportable.
Hace unas horas he llamado a mi padre. Sabía perfectamente que la negativa de Jayce a marcharse se debía a él y he decidido ponérselo fácil, aunque enfrentarme a mi padre no ha sido precisamente sencillo. Aun así, me he mantenido firme.
No entiendo por qué se sorprende tanto. Él fue quien me dijo que Jayce quería volver a Boston y, aun así, parece incapaz de comprender que no puede retener a las personas simplemente porque él lo decida. Para mi padre basta con dar una orden y esperar que el resto la acepte sin más.
«Son solo dos semanas más», me ha repetido varias veces.
Pero él no entiende lo que supone convivir con alguien sabiendo que solo sigue aquí porque su jefe se lo ha pedido. No entiende lo humillante que resulta empezar a sentir algo tan fuerte por una persona y descubrir después que probablemente lleva tiempo deseando marcharse.
Pero tampoco ha sido ese el argumento que he utilizado para conseguir lo que quería. Ya voy conociéndolo.
He empezado con un «necesito estar sola», he continuado con un «pídele a Jayce que vuelva a Boston porque esta situación empieza a resultarme demasiado incómoda» y he terminado recurriendo a algo muchísimo más infantil y desesperado.
«O lo haces o no vuelvo a hablarte en la vida.»
Sí, suena a rabieta. Y probablemente lo sea.
Pero necesito sentir que tengo algo de control sobre él porque, cuanto más lo conozco, más claro tengo que mi padre está acostumbrado a intervenir en la vida de los demás como si tuviera derecho a decidirlo todo.
He intentado ser sutil porque, al fin y al cabo, no quería perjudicar al abogado, aunque sospecho que eso no es posible; mi padre lo adora y sé que cualquier cosa la solucionarán sin problema.
Solo necesitaba que mi padre entendiera que esta decisión era mía y que dejara de presionarlo para quedarse.
Y, por fin, parece que me ha tomado en serio.
Poco después me ha enviado un mensaje confirmándome que le ha pedido a Jayce que vuelva a Boston y, por lo visto, el abogado ha decidido aprovechar el billete de avión.
Sé que se ha marchado, no solo porque su coche ya no está aquí, sino porque Blake ha hablado con él hace un rato y se ha despedido.
Yo no he tenido nada que ver en eso, pero Blake, que me ha soportado estos dos días y ha vivido conmigo toda esta locura prácticamente en tiempo real, ha preferido asegurarse.
Blake le ha dado las gracias, le ha dicho que si vuelve a Silver tiene un amigo y Jayce, simplemente, le ha devuelto un frío «gracias». Sé que Blake esperaba algo más, pero no se ha quejado.
Yo he sido más cobarde. Pero, aunque me hubieran torturado, no habría soportado despedirme de él personalmente.
Salgo del coche despacio y avanzo hacia la casa con una sensación extrañísima en el pecho, como si acercarme a esa puerta significara aceptar definitivamente algo que todavía no soy capaz de asumir.
El silencio me golpea nada más entrar.
Todo sigue exactamente igual y, aun así, parece otra casa.
Cierro la puerta lentamente y dejo las llaves sobre el mueble de la entrada mientras mi mirada empieza a recorrer cada rincón casi por inercia.
En cada rincón puedo verlo y eso hace que me cueste respirar.
Avanzo hacia su dormitorio buscando la prueba definitiva.
Está vacío, aunque todavía puedo notar su olor impregnado en el aire. Me acerco a la cama y casi puedo verme sentada en el borde, inclinándome hacia él para susurrarle cualquier estupidez antes de acabar riéndonos por nada.
Y duele tanto que tengo que apartarme.
Pero, como si no hubiera tenido suficiente, sigo recorriendo la casa sin rumbo, deteniéndome en todos esos lugares donde él parece haber dejado algo suyo: mi dormitorio, la cocina, otra vez el salón, el baño, el jardín… hasta terminar entrando en el despacho.
Y allí la veo.
La pizarra.
No está vacía como esperaba, sino que muestra un mensaje que consigue partirme en dos.
Caso cerrado, doctora prohibida.
Fdo. Jayce, algo más que prohibido.
Y entonces me derrumbo.
Lloro de verdad, sin intentar contenerme y sin fuerzas para fingir que puedo soportarlo. Todas las lágrimas que llevaba demasiado tiempo reteniendo terminan desbordándose de golpe.