73 Jayce
Se acabó
No hay mucho más en lo que pensar y, aun así, llevo casi dos horas sentado en la cocina, completamente inmóvil, mirando ese maldito billete de avión como si fuera capaz de explicarme algo.
Ahora sí que me siento atrapado. Ridículamente atrapado.
El sonido del móvil sobre la encimera me sobresalta y, por un segundo, hasta agradezco la interrupción. Cualquier cosa es mejor que seguir aquí sentado mirando un billete de avión como si fuera a resolverme la vida.
Pero el alivio me dura exactamente lo que tardo en ver el nombre en pantalla.
Alexander.
Y, por primera vez desde que todo esto empezó, no tengo claro si quiero descolgarle o mandarlo directamente a la mierda.
—Alex —murmuro al contestar.
—Explícame por qué mi hija me ha dicho que te pida que vuelvas a Boston. Y explícame también por qué me ha dejado claro que, si no lo hago, no volverá a dirigirme la palabra en su vida —dice con una calma tan forzada que resulta hasta inquietante.
Cierro los ojos un instante y me dejo caer contra el respaldo de la silla.
Claro.
Así que Ava se lo ha dicho… Vaya, sí que ha corrido. Dijo que lo llamaría cuando me marchara. ¿O es que ha querido ponérmelo más fácil?
—Porque eso es lo que quiere. Que me marche. Ya me lo advertiste, ¿recuerdas?
—Sí, y también recuerdo perfectamente que te pedí que se lo quitaras de la cabeza.
—Pues no he podido. Inténtalo tú.
—¿Es que no me has oído? —su voz pierde de golpe esa falsa calma elegante que suele utilizar cuando quiere controlar una conversación—. Mi hija acaba de darme un ultimátum. A mí.
Y eso sí consigue sorprenderme.
Porque llevo años viendo a Alexander manejar jueces, clientes, empresarios y abogados como si todos fueran piezas de un tablero que controla a la perfección, pero nunca lo había escuchado hablar así. Nunca con esa furia mal contenida ni con esa mezcla de orgullo herido y desconcierto.
Hemos discutido muchas veces, claro que sí, pero esto es distinto. Mucho más personal.
Y, sinceramente, estoy empezando a cansarme de sus reproches, de sus mensajes cargados de ironía.
Sé perfectamente quién es Alexander Pembroke.
Sé todo lo que debo saber de él, incluso más.
Y sé también que lo inteligente sería mantener la cabeza fría y medir mucho cada palabra que salga de mi boca.
Pero esto ha dejado de parecerme un asunto profesional hace tiempo.
Y empiezo a tener la sensación de que, si no cambia un poco la actitud, esta conversación va a terminar muy mal.
—Alex, no tiene sentido seguir forzando esta situación.
—No me digas tú lo que tiene sentido y lo que no —me corta con una frialdad que ya ni siquiera intenta disimular—. Te envié a Silver para ayudar a mi hija. Era algo muy sencillo, Merrick. Pero has convertido todo esto en un auténtico desastre.
Aprieto la mandíbula y guardo silencio.
—Y, sinceramente, empiezo a sospechar que dejaste de pensar como abogado hace bastante tiempo.
De hecho, ni siquiera voy a preguntarte si te has acostado con ella porque no pienso insultar mi inteligencia fingiendo que todavía tengo dudas.
Y luego está tu maravillosa idea de exigirme que le cuente ciertas cosas a Ava…
—suelta una risa seca, cargada de desprecio—.
Te has metido donde no debías, Merrick. Y acabas de cruzar una línea bastante peligrosa.
Cierro los ojos un instante. Ahí está. Por fin.
Toda la rabia que llevaba días conteniendo.
Empiezo a entender que esta conversación ya no tiene arreglo.
—¿Se puede saber qué coño te pasa, Alex? ¿Te estás escuchando?
—El que tiene que escuchar eres tú. He contratado a otro abogado. Uno local. Se ocupará de acompañarla en la reunión con el fiscal.
La frase me golpea más de lo que esperaba.
Y lo peor es que no debería importarme tanto.
No debería sentir este malestar absurdo al imaginar a otro abogado sentado junto a Ava, revisando su declaración, escuchándola hablar o entrando con ella en esa sala.
—Así que puedes volver tranquilamente a Boston —continúa diciendo mientras intento procesar todo esto—. Aunque, sinceramente, no hace falta que te molestes en pasar por el despacho.
Y entonces llega el golpe de verdad.
—Aquí ya no trabajas. Estás despedido, Merrick.
El silencio que queda después de esa frase me deja completamente inmóvil.
No porque no entienda lo que acaba de decirme. Lo entiendo perfectamente. Lo que no termino de comprender es cómo hemos llegado hasta aquí.
Porque llevo años trabajando para Alexander. Años. He construido mi carrera dentro de su firma, he confiado en él prácticamente como si fuera familia y, durante mucho tiempo, llegué a pensar que él sentía algo parecido por mí.
Y ahora me está echando como si fuera un desconocido al que necesita quitarse de encima.
—Y una última cosa —añade con una calma mucho más peligrosa que sus gritos anteriores—. Espero que no se te ocurra hablar con Ava sobre el tema de su madre. Porque, si lo haces, voy a asegurarme personalmente de que no vuelvas a ejercer de abogado en todo el estado.
Esta vez sí me quedo completamente helado.
Y entonces cruza una línea todavía peor.
—Y quizás debí dejarte en aquella maldita montaña cuando tuve ocasión —dice con una voz tan fría que durante un segundo hasta dejo de respirar—.
Al menos así no habría pasado meses intentando recuperarme de unas piernas destrozadas mientras mi hija atravesaba todo esto sola.
Me habría ocupado yo de ella personalmente.
El golpe me atraviesa de una manera tan brutal que, por un instante, soy incapaz de reaccionar.
—Me das asco. Eres un maldito hijo de puta —digo antes de colgar.
Y ahora no tengo ninguna duda de que debo preparar mi equipaje.