Jayce. Algo más que prohibido 72 ​​ Jayce
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Ahora

Las doce de la mañana y Ava sigue sin aparecer.

Yo continúo aquí, sin haber dormido absolutamente nada y con la desagradable sensación de haber pasado toda la noche atrapado dentro del mismo pensamiento, incapaz de avanzar y todavía más incapaz de encontrar una explicación lógica a lo que ocurrió ayer.

He recorrido esta casa tantas veces desde que se marchó que empiezo a sentirla extraña, casi ajena. Cada crujido me ha hecho levantar la cabeza creyendo que por fin volvería, pero no ha sido así.

A las cuatro de la madrugada acabé sentado en el suelo del salón, completamente agotado, releyendo los mensajes que intercambiamos después de su marcha. Ni siquiera sé cuántas veces he vuelto a abrir esa conversación durante las últimas horas.

«No me voy a marchar.»

Eso fue lo único que se me ocurrió escribirle después de pasarme media noche intentando ordenar lo que sentía.

Tardó más de una hora en responder.

«¿Por qué?», fue lo que dijo.

Y esa simple pregunta consiguió dejarme completamente descolocado.

No sonaba triste, ni dolida, ni siquiera enfadada. Sonaba práctica, casi racional, como si realmente no entendiera por qué seguir aquí tenía algún sentido después de todo lo que me había dicho.

Le respondí casi al instante.

«Debo seguir aquí.»

Y ella zanjó la conversación con una única palabra.

«Vete.»

Desde entonces no ha vuelto a escribir.

Y lo peor no es que me pidiera que me marchara; lo peor es la forma en la que habló de nosotros anoche, como si todo lo que ha pasado entre Ava y yo pudiera resumirse en una experiencia intensa, divertida y temporal que, tarde o temprano, debía terminar para que cada uno regresara a su vida.

«Quiere que vuelvas a Boston», me dijo Alexander. Está claro que ella se lo dijo bien claro.

Pensé que había algo real, algo suficientemente fuerte como para sobrevivir cuando todo esto terminara y dejáramos atrás Silver Bay.

Ahora me doy cuenta de que eso es lo que realmente creía, aunque no quisiera pensarlo.

Pero ella no habló de nosotros así.

Habló de amistad, de recuerdos, de llamadas futuras, de volver cada uno a su sitio y conservar la parte buena de todo esto. Y joder… creo que nunca me había sentido tan rechazado.

No porque Ava me dijera que no siente nada por mí, eso ni siquiera llegó a insinuarlo, sino porque habló de nuestra relación como si fuera perfectamente compatible con una despedida ordenada, madura y práctica.

Como si pudiera colocar todo lo que hemos vivido en una caja, guardarlo en una estantería y recordarlo con cariño dentro de unos años.

Y quizás eso es exactamente lo que ha sido para ella.

Yo sigo aquí porque no puedo marcharme, porque hay una declaración pendiente, porque se lo prometí a Alexander y porque todavía tengo esperanza.

Esta versión estúpida de mí no la conocía. Y parece grave, ya lo creo que sí. A ver cómo arreglo esto.

Hace un rato he salido a caminar porque sentía que iba a volverme loco dentro de esta casa. He recorrido medio Silver Bay sin rumbo, he entrado a por café en un local que ni siquiera recuerdo y he terminado frente a la clínica, parado como un auténtico imbécil al otro lado de la calle.

Pero no he entrado.

He vuelto hace apenas unos minutos esperando encontrarla aquí, quizás dormida, encerrada en su habitación o simplemente fingiendo que nada de esto ha ocurrido, pero la casa continúa vacía.

Entro en la cocina dispuesto a servirme otro café cuando algo sobre la mesa consigue detenerme en seco.

Un sobre.

Y en su interior, un billete de avión.

Destino: Boston. A mi nombre.

Es para un vuelo esta tarde a las siete.

Lo observo durante varios segundos hasta que veo la nota doblada junto a él.

¿Cuándo coño ha venido?

¿Ha estado esperando a que saliera para dejar esto aquí?

Desdoblo la nota.

Coge el vuelo, Jayce. Hazme caso.

Es lo mejor.

Me despediría, pero odio las despedidas.

Tengo mucho que pensar…

y tú mejores formas de emplear tu tiempo.

Gracias.

Hablaré con mi padre.

Ha sido un placer estar prohibida.

Te veo pronto, abogado mejor.