75 Jayce
¿Dónde estás?
Llevo algo más de un día encerrado en Grand Marais, un pequeño pueblo junto al lago Superior al que llegué después de conducir durante horas sin tener demasiado claro adónde iba realmente.
Salí de Silver convencido de que terminaría en el aeropuerto de Duluth, pero, cuando llegó el momento de desviarme, seguí conduciendo. Simplemente eso.
Necesitaba detenerme en algún lugar donde pudiera pensar con claridad antes de volver a Boston.
Quizás dentro de dos días…
Eso es lo que me repito desde que llegué aquí, aunque todavía no sé muy bien qué demonios voy a hacer cuando me plante en Boston y recuerde que ya no tengo trabajo.
Aún me cuesta creer que Alexander haya sido capaz de despedirme de esa manera. O, peor todavía, las cosas que me dijo.
Creo que esa parte sigue doliéndome incluso más que Ava.
He hablado varias veces con Aiden. Demasiadas. Él insiste en que vuelva ya, que deje de esconderme en este rincón perdido del mundo y afronte el desastre de una vez, pero ni siquiera sé por dónde empezar.
Porque sigo hundido.
Mucho más de lo que me gustaría admitir.
No dejo de preguntarme qué debió pensar Ava cuando leyó el mensaje de la pizarra. Una estupidez, sinceramente. Ni siquiera sé por qué se me ocurrió escribirlo.
Caso cerrado no es del todo cierto.
Tiene que declarar y todavía siguen existiendo demasiados interrogantes.
Y, por extraño que parezca, eso es precisamente a lo que me he dedicado desde que llegué aquí. Me entretiene centrarme en ello, ordenar piezas y fingir que resolver el caso me ayudará a pasar página.
Pero no lo consigo.
Sin darme cuenta termino abriendo el portátil y empiezo a escribir compulsivamente, intentando apartar la imagen de Ava leyendo aquella maldita pizarra.
¿Quién mató realmente a Agnes y Ben?
¿Fue Daniel, como parecían indicar las notas?
¿Y Thomas? ¿Cómplice, autor o simple encubridor?
¿Por qué Daniel quería encontrar los cuerpos? ¿Pretendía sacarlos de allí? ¿Desaparecer? ¿Confesar?
Y, sobre todo, ¿por qué le dijo a Blake que quería quitarse la vida?
Durante horas intento montar el puzle una y otra vez, cambiando piezas de sitio, repasando detalles absurdos y regresando constantemente al mismo punto muerto. Hay algo que se me escapa. Lo noto claramente. Está delante de mí y, aun así, no consigo verlo.
Empiezo a relacionarlo todo otra vez: Ava, Blake, Daniel, Thomas, Leanne, Ethan, Richard, las notas, los hallazgos, los funerales, la clínica… Y entonces una idea empieza a tomar forma en mi cabeza, una posibilidad todavía difusa.
Estoy a punto de tirar de ese hilo cuando el móvil empieza a sonar sobre la mesa.
Leanne.
No me apetece hablar con nadie, así que ignoro la llamada.
Pero vuelve a sonar. Y otra vez. Y otra más.
Maldita sea.
—Leanne…
—Jayce, ¿cuándo vuelves a Silver? —me pregunta con una angustia que consigue ponerme alerta al instante.
—Yo… no lo sé todavía, Leanne.
—Ha ocurrido algo. Tengo un pen drive.
Frunzo el ceño inmediatamente.
—¿Un pen drive?
—Daniel me lo dejó y no lo había visto hasta ahora. Lo he encontrado hoy, en nuestra caja. He sido una estúpida. Jayce. No había vuelto a mirar esa caja, no lo soportaba. Dice que, si no tengo noticias suyas, se lo entregue a Ava. Ha estado ahí todo el tiempo…
El cansancio desaparece de golpe.
—¿Qué le tienes que entregar a Ava?
—El pen drive. Lo he visto, Jayce, he visto lo que contiene. Tienes que verlo tú mismo, Jayce. Tienes que volver antes de que yo tenga que enseñárselo a Ava. Ya sé que estás muy lejos, pero…
Me incorporo lentamente en el sofá. No acabo de entender lo que me está contando, pero debo actuar.
—Leanne, no estoy en Boston. Estoy en Grand Marais.
Escucho cómo suelta el aire al otro lado de la línea.
—Gracias a Dios. Solo son dos horas, Jayce. Tienes que venir.
Mi mirada vuelve al portátil, a todas esas preguntas abiertas y a la sensación constante de que algo no encaja.
Y, por primera vez desde que salí de Silver, tengo claro que nunca llegué a irme del todo.
—Voy para allá, Leanne. Espérame en casa.