68 Ava
Un caso
—Ava… —me dice asombrado. Es evidente que no esperaba encontrarme aquí.
—¿Qué pasa? ¿Por qué discutías con…? Era mi padre, ¿verdad?
Parece incómodo con mi pregunta, pero había mucha tensión en su forma de hablar; incluso ha alzado la voz alguna vez y eso me ha sorprendido.
No he podido escuchar mucho, pero sí lo suficiente para que unas palabras llamen mi atención: «díselo tú», «atrapado», «presionar», «liberarte», «habla con ella»… y algo más que no logro recordar ahora.
—Has vuelto pronto…
—¿No me vas a contar qué ha pasado? —le pregunto, ignorando su pregunta.
Podría decirle simplemente que un paciente ha faltado y he vuelto antes de la clínica, la verdad, pero ahora mismo me interesa mucho más entender qué demonios ocurría hace un momento entre él y mi padre.
—Ya conoces a tu padre…
—No sé si eso es una respuesta.
—Es que a veces cuesta mucho hablar con él. Como se le meta algo en la cabeza…
—Parecíais muy tensos. Al menos tú. A él no lo escuchaba.
—Los dos —corrige—. Suele ocurrirnos cuando hablamos de un caso y tenemos diferentes puntos de vista.
—¿Un caso…? ¿Por eso discutíais?
—Siempre quiere tener razón. Y hasta que no me altero, no escucha. Tú misma lo has dicho, que a veces cuesta hablar con él. Pero no es nada que no ocurra cada día —me dice con una sonrisa que ya conozco. Las tengo todas estudiadas.
—Entonces no es grave…
—No, claro que no. Es lo habitual. No es la primera vez que no estamos de acuerdo. Nunca hemos llegado a las manos, si es lo que te preocupa.
—Eso me tranquiliza. Un bufete que cobra un millón de dólares la hora de visita, cuyos abogados solucionan sus diferencias a golpes, sería difícil de entender.
—No nos pega demasiado, pero ganas me dan a veces.
Sonrío, con mucho esfuerzo, aunque sigo sintiendo algo extraño en el estómago. He visto a Jayce hablar muchas veces con mi padre, incluso discutir sobre casos del bufete, pero nunca había escuchado esa tensión. Nunca algo tan… personal.
Sé que no me está contando la verdad. No encaja con lo que he escuchado.
Se me cruza una idea por la cabeza.
—¿Ya has terminado? —me pregunta intentando volver a la normalidad. Incluso se acerca y me besa.
—No. He venido a buscar unas llaves, pero solo me llevará un rato.
—¿Two Harbors? Necesito salir de este pueblo.
—Buena idea. Dame una hora y nos vamos.
Sonríe como un niño al que acaban de darle permiso para escaparse de clase.
Salgo de casa, sin las supuestas llaves, por supuesto, y conduzco lo bastante lejos como para llamar a mi padre con tranquilidad.
Aprovecho que la discusión acaba de producirse.
Quiero escuchar su versión antes de que tenga tiempo de pensar demasiado qué decirme porque hay algo que no encaja y quiero saber qué es.
Aunque quizá solo se me esté pegando la manía de desconfiar de todo y de todos, como hace mi investigador favorito.
Después de varios comentarios banales a modo de saludo, al fin y al cabo, hablo con él todos los días, decido entrar por fin en el tema.
—Papá, quiero preguntarte algo.
—Dime, cariño.
—He escuchado a Jayce hablar contigo… ¿Todo va bien?
El silencio al otro lado de la línea hace que me inquiete todavía más. He dado en el clavo.
—¿Qué quieres decir?
—Me ha parecido que discutíais…
—¿Qué te hace pensar eso?
—¿De qué hablabais?
—Ava, pareces preocupada, cariño, no sé qué…
—Papá, dime la verdad, joder —le interrumpo—. Y no me sueltes ese rollo que me ha soltado él de que hablabais de un caso, porque no me lo creo. He escuchado parte de esa conversación y sé que algo pasa. Y quiero que me lo cuentes… Por favor.
—Ava, te contaré lo que necesites que te cuente… Pero no hay nada que contar: hablábamos de un caso. ¿Qué es lo que has escuchado que te ha hecho pensar que pasa algo?
—No lo sé exactamente. Jayce decía algo de atrapado, dile la verdad, le he cogido cariño, presionado… Y parecía enfadado. Dile la verdad, ¿a quién? ¿Hablabais de mí? Cariño a quién, ¿a mí?
—Ava, escúchame. Es más simple de lo que crees. Jayce y yo hablábamos de un caso, uno importante. A él le gustaría formar parte de él, pero no puede ser. Está cansado del pueblo, es normal. Quiere volver a Boston y el aplazamiento de la declaración otras dos semanas lo ha descolocado.
Siento como si el mazo que utilizamos para abrir el muro me golpeara en la cabeza.
—Ya… ¿Y qué es lo que ha pasado? —le pregunto con una entereza que no siento.
—Jayce está bien en Silver, pero… quiere volver, igual que tú. Es normal. Echa de menos su trabajo, su familia, su casa, sus amigos, su novia…
Joder, cada vez me cuesta más respirar.
—¿Novia? No sabía que tenía novia.
Es una frase corta, pero me ahogo al pronunciarla.
—Eso me dijo él. Yo… no la conozco, pero me comentó antes de marcharse que estaba conociendo a alguien.
—Claro… Ya… Así que quiere volver… ¿Te lo ha dicho así de claro? A mí no me ha comentado nada.
—No debes preocuparte, no va a volver todavía, no hasta que termine su trabajo. Eso ya ha quedado claro.
—¿Está cansado de estar aquí? —pregunto, tragando saliva. No me rindo todavía ante lo que parece una evidencia.
—Ava, no se trata de estar cansado, es su trabajo. Para eso le pago. Y muy bien, por cierto. Tenemos entre manos un caso importante y le ha llamado la atención, pero eso es todo. Conozco bien a Jayce, se le pasará. No debes preocuparte.
—Deberías permitirle volver si es lo que desea.
—Ava, dentro de dos semanas tienes que declarar.
—Me has dicho mil veces que esa declaración ya no es tan importante.
—Pero tienes que declarar. Hay que hacer bien las cosas, Ava.
—Si quiere volver, que vuelva, papá. No puedes retenerlo aquí. No quiero que se sienta obligado a quedarse.
—Volverá, igual que tú, cuando hayas declarado. No debes preocuparte por eso, cariño. No es tu niñero ni tu guardaespaldas, es tu abogado y está trabajando. Ya ha quedado claro con él. Se queda ahí y punto.
—Si tú no le pides que vuelva, lo haré yo. Hablaré con él.
—Ava, por favor, escúchame. Estoy en una silla de ruedas, no puedo ser yo quien esté allí y quiero que siga a tu lado hasta que todo termine, y será muy pronto.
—Pero… no quieres entender…
—Claro que lo entiendo, pero vas a hacer que me arrepienta de habértelo contado. No retengo a nadie, solo quiero hacer las cosas bien. Te pido que no comentes esta conversación con él, Ava. Tienes que prometérmelo. Jayce es muy reservado, ya le debes ir conociendo.
—Está bien —le digo, fingiendo que me ha convencido.
Cuando consigo colgar, las palabras de esa conversación empiezan a cobrar sentido. «Atrapado». «Díselo tú». «Le he cogido cariño». «Liberarte». «Habla con ella». «Dos semanas».
O sea que el abogado quiere volver a Boston y el aplazamiento de dos semanas le ha caído como un jarro de agua fría. Y le pide a mi padre que le deje volver. Y discuten.
«Habla con ella», le ha dicho. Lo recuerdo perfectamente. ¿Conmigo? ¿Pretendía que mi padre me dijera que quiere marcharse? ¿O pretendía que mi padre fingiera que era necesario que él volviera?
Novia… ¿Ha dicho que tiene novia? ¿Será capaz de tener novia el impresentable? No, no, no. ¿O sí?
Él vino por un tiempo determinado. La declaración ya debería haberse celebrado. Ayer mismo. Esa era la fecha prevista antes de encontrar los cuerpos.
Y las dos semanas de aplazamiento le han partido en dos. Quiere volver, y le pide a mi padre que se lo facilite. Por eso discuten. Y ni siquiera es sincero conmigo.
Me siento mareada, estúpida y ridícula. Él quiere volver a su mundo. Y no puedo reprochárselo.
El problema es que yo había construido un mundo juntos sin apenas darme cuenta.
Yo pensando que esas dos semanas eran un regalo y para él son una condena.