67 Jayce
Mi jefe
He intentado abordar con mucha sutileza el asunto de Ava con Alexander, pero está siendo muy complicado mantener una conversación calmada.
Sus respuestas han empezado a llegar demasiado deprisa.
Las preguntas se han encadenado y no ha tardado ni un minuto en intentar conducir la conversación hacia el terreno que quiere controlar.
—Me mentiste, Alexander, y eso no me ha gustado.
—Ahórrate el drama, Jayce, y dime de dónde has sacado esa información.
—Se te olvida que llevo semanas investigando. Y cuando remueves suficiente información, los daños colaterales son inevitables. Creo que esa frase es tuya… o una parecida.
—Ahórrate el sarcasmo, Jayce, y procura no tocarme mucho los cojones. ¿Qué es exactamente lo que pretendes?
—Lo que pretendo es que hables con Ava y le cuentes la verdad.
—¿Y puedo saber cuál es tu interés en este tema?
—Merece la verdad, Alexander. Ella cree que su madre le falló y que tú ignoraste toda la vida su existencia. Y no es verdad. Conocías su existencia, pero no te interesó ni cuando estaba embarazada ni años después, cuando volvió a contactar contigo.
—Lo que ocurrió entre la madre de Ava y yo es asunto nuestro, y ella ya no está.
—También es asunto de Ava.
—Pero no tuyo, maldita sea —alza la voz—. No vuelvas a decirme cómo tengo que comportarme, mucho menos qué tengo que hacer con mi vida privada.
—Antes o después se enterará, igual que me he enterado yo, y sería preferible que lo hiciera por ti.
—No te pago para que hagas sugerencias sobre mi vida privada. Así que céntrate en lo que te tienes que centrar. Me decepciona que no te hayas dado cuenta de que ese tema no te incumbe en absoluto.
—Fuiste tú quien me envió aquí, ¿lo recuerdas?
—Vaya, y ahora te sientes atrapado en esa verdad, Jayce. Conmovedor. Y decides liberarte presionándome para que hable con ella.
—¿Atrapado? ¿Liberarme? ¿Presionarte? —repito con una ironía que apenas me molesto en disimular—. Llámalo como quieras, Alexander, pero habla con ella y díselo de una vez.
—Díselo tú —me dice con una chulería que me enerva.
—No me corresponde a mí decírselo. Debes ser tú. Sácala de su error.
—Parece que le has cogido cariño…
—Efectivamente, le he cogido cariño.
—No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer, Jayce.
Haz tu trabajo y vuelve con ella a Boston.
Cuando esté allí, entonces hablaré con ella de lo que tenga que hablar.
La declaración es dentro de dos semanas.
¿Lo sabes? Quizás te estás desviando del tema metiéndote en otros que no son de tu incumbencia.
—Dos semanas… Lo sé —contesto con ironía.
—Después ya veremos.
—Claro… —murmuro, incapaz de ocultar el sarcasmo.
—Espero que no cometas el error de insinuarle nada.
—Que pases un buen día, Alexander.
No es la primera vez que discutimos, aunque sí por un asunto como este, y no me han gustado muchas cosas de las que he oído.
—¿Qué ocurre, Jayce? —escucho decir a Ava a mi espalda.
¡¡¡Mierda!!!