65 Jayce
Cabos sueltos
Sabía que, si volvíamos a esta casa, algo iba a ir mal. Y no me he equivocado.
Los días que hemos pasado en la casa junto al lago de Duluth han sido un pequeño respiro dentro de toda esta locura.
A pesar del caos que seguía creciendo en Silver Bay, alejarnos un poco del pueblo, aunque no hemos dejado de ir y venir constantemente, nos ha permitido poner la cabeza en pausa por momentos y olvidarnos durante unas horas de cadáveres, interrogatorios, rumores y tragedias familiares.
Pero volver aquí lo ha activado todo otra vez.
A pesar de mis protestas, Ava quería regresar. Sentía que estaba huyendo de la clínica y quería enfrentarse de una vez a las preguntas incómodas, a las miradas y a toda la mierda que se ha formado alrededor de los Halstead.
Y la entiendo.
El problema es que este lugar empieza a parecerme oficialmente maldito porque no llevo ni una hora aquí y ya tengo el primer dolor de cabeza encima.
En los últimos cinco días apenas ha habido unos pocos asuntos que realmente requirieran nuestra atención.
El resto ha consistido en paseos por Duluth, sexo en un dormitorio con vistas al lago, juegos en la ducha y conversaciones eternas intentando ordenar todos los interrogantes que siguen flotando alrededor de esta historia.
Y, sinceramente, necesitábamos eso.
Podíamos fingir durante unas horas que Silver Bay quedaba lejos.
Pero ha sido volver y la realidad ya está otra vez respirándonos en la nuca.
El funeral de Agnes fue probablemente lo más incómodo de toda la semana. Un auténtico desastre. La pobre mujer pasó cuarenta años oculta dentro de una pared y, cuando por fin salió de allí, terminó siendo despedida por personas que jamás la habían visto en su vida.
Creo que ni siquiera nosotros sabíamos muy bien qué estábamos haciendo allí.
Quizás Blake ha sido lo más difícil de gestionar estos días. Está destrozado. Hemos pasado horas intentando convencerlo de que deje de torturarse, de que le dé tiempo a Richard y de que deje de repetir cada cinco minutos que jamás deberíamos haber abierto aquel agujero.
Hasta llegó a decirnos que, una vez satisfecha nuestra curiosidad, podríamos haber vuelto a taparlo todo y seguir con nuestras vidas.
—¿Qué pretendías? —le soltó Ava completamente perpleja—. ¿Que volviéramos a poner cemento y los dejáramos ahí dentro?
No es ningún secreto que Blake nunca ha sido santo de mi devoción, pero si me pongo en su lugar puedo entender perfectamente el infierno que está viviendo. Sé que Richard lo es todo para él y esa distancia que ha empezado a notar con la familia Kensington lo está matando.
Primero perdió a su padre.
Y ahora siente que está perdiendo también a Richard.
Aun así, sinceramente, no creo que Richard mantenga esa distancia mucho tiempo. Hay que entender que acaba de enterrar a un hijo al que llevaba cuarenta años buscando. No creo que exista una manera sencilla de asumir algo así sin apartarte del mundo durante un tiempo.
En cualquier caso, hasta hoy no había surgido nada que requiriera una atención urgente.
La declaración de Ava se ha pospuesto dos semanas y, por primera vez desde que llegué a Silver Bay, ya no me preocupa como antes.
Todo ha dado un giro enorme y, aunque Pierce no me lo ha dicho directamente, prácticamente me ha dejado claro que Ava ya no es una persona de interés.
Daniel sigue desaparecido, sí, pero cada vez cobra más fuerza la posibilidad de una desaparición voluntaria o incluso de un suicidio.
Aun así, Alexander sigue empeñado en que trabajemos la declaración como si fuera a celebrarse mañana mismo, algo que, sinceramente, agradezco bastante más de lo que estoy dispuesto a admitir.
«Quédate lo que haga falta, Jayce, pero vuelve con Ava a Boston completamente limpia».
Eso es exactamente lo que pienso hacer.
También me he tenido que enfrentar a las bromas de Aiden, que ya ni siquiera intenta disimular.
—El Jayce que yo conocía aseguraba que jamás iba a enamorarse.
—Y sigue asegurándolo —le respondí las dos veces que hemos hablado.
Él se ríe. Yo también.
Pero si cree que pienso darle la satisfacción de admitir nada en voz alta, es que todavía me conoce menos de lo que cree.
Aunque, siendo sincero conmigo mismo, empiezo a sospechar que estoy jugando a algo bastante peligroso. Me dejo llevar fingiendo que mantengo el control mientras intento ignorar el pequeño detalle de que Ava ya no me importa como deberían importarme las personas.
Y eso empieza a tener un nombre bastante concreto.
Pero ahora mismo hay algo mucho más urgente ocupando mi cabeza.
La llamada que acabo de recibir.
Victoria.