Jayce. Algo más que prohibido 64 ​​ Ava
75%

64 ​​ Ava

Recuento

Cuatro días después.

Solo han pasado cuatro días desde que Jayce y yo golpeamos aquella pared pensando que encontraríamos una habitación vacía, un pasadizo secreto o, en el peor de los casos, una prueba definitiva de que mi tío había perdido la cabeza o…

quién sabe, hasta un pequeño cofre con tres monedas de oro pertenecientes a Silas Crowley.

Cualquier cosa habría sido infinitamente mejor que la atrocidad que encontramos.

Cuatro largos días en los que han pasado tantas cosas que he terminado perdiendo por completo la noción del tiempo.

Este es el primer momento en el que siento algo parecido a tranquilidad.

Estamos en una casa frente al lago, en Duluth, la que alquilé al día siguiente de los hallazgos porque ninguno de los dos fue capaz de volver a dormir en la casa nueva y porque Pierce dejó bastante claro que, al menos durante unos días, prefería que no permaneciéramos allí.

Duluth nos pareció una buena opción para alejarnos un poco de Silver Bay sin desaparecer del todo.

Aun así, llevamos cuatro días yendo y viniendo constantemente entre ambos sitios, prácticamente viviendo dentro del coche.

La noche de los horrores ni siquiera dormimos. Cuando todos se marcharon terminamos en casa de Blake y pasamos horas enteras cerrando los ojos apenas unos segundos, intentando encontrar una explicación lógica a algo que todavía sigue sin tenerla.

Pierce me acaba de decir que mañana podemos volver a la casa nueva, pero que, de momento, durante unos pocos días, han sellado el acceso al resto de las casas, tanto el que había desde el exterior como el que comunicaba de forma interna.

Ya no deben necesitar acudir a la cámara oculta, que quedó vacía hace días.

Los restos fueron trasladados y los forenses, dos días después, confirmaron lo que prácticamente todos sospechaban desde que leyeron aquellos sobres.

Ben Kensington y Agnes Whitby.

Agnes había vivido diez años en Silver Bay y todavía existían registros dentales suficientes para identificarla.

A Ben lo reconocieron incluso antes de la confirmación oficial.

Richard llevaba cuarenta años buscando a su hijo.

Cuarenta años. Y apareció emparedado dentro de la casa de su mejor amigo.

A veces todavía me cuesta respirar cuando pienso en eso.

En Silver Bay ya no se habla de otra cosa. Leanne me llamó ayer para decirme que he hecho bien en no volver todavía a la clínica porque cada paciente que entra pregunta por los cadáveres, por Daniel, por mi abuelo, por mí o por la casa.

El pueblo entero parece haberse convertido en una versión deformada de sí mismo.

Todo el mundo conoce algún detalle, aunque la mitad sean mentira.

Y creo que en cuestión de días aparecerá la primera versión oficial de una nueva leyenda local, una mucho más macabra y desagradable que la de Silas Crowley.

«Cuenta la leyenda que dos cuerpos fueron emparedados en una casa de Silver Bay.

Cuarenta años escuchando cómo los cuerpos…

», me digo sin poder terminar. No puedo.

No puedo imaginar que he crecido en esa casa mientras había dos personas detrás de esa pared.

Ni puedo pensar en las veces que Richard entró en ese salón, ni en esa pobre mujer de la que mi madre hablaba con rencor porque no le perdonaba que los hubiera abandonado…

Y así podría describir tantas situaciones, a cuál más cruel.

Como todo lo que hemos visto y vivido estos días.

Al menos, la declaración ante la fiscalía se ha pospuesto dos semanas más. Pierce dice que ahora mismo el caso necesita reorganizarse entero y que nadie tiene claro todavía hacia dónde apunta todo esto. Lo único que parece indiscutible es que seguimos rodeados de preguntas.

Mi padre, por supuesto, no ha ayudado precisamente a mantener mi estabilidad mental. Lleva cuatro días llamando prácticamente cada dos horas. A mí. A Jayce… Creo que, si pudiera, aparecería en Silver Bay con un equipo entero de abogados y una excavadora.

El funeral de Ben se ha celebrado esta mañana.

Richard ha querido hacerlo rápido, aunque eso no significa que haya sido sencillo.

Por todo lo alto, según me ha contado Leanne.

Sus contactos y su dinero han hecho posible organizar algo así en tan poco tiempo.

Pero nada de eso va a devolverle a ese pobre muchacho del que tantas veces le he oído hablar.

No puedo ni imaginar cómo debe de sentirse.

Ni siquiera he podido hablar con él, aunque me habría gustado hacerlo. Han restringido las llamadas y prácticamente se han encerrado en la casa familiar, blindándose de todo el mundo. Incluso de Blake, que todavía no termina de asimilarlo.

Ni él ni yo hemos acudido al funeral de Ben. O, mejor dicho, no nos han dejado estar.

Uno de los sobrinos de Richard me llamó ayer. Fue amable, incluso parecía incómodo mientras lo decía, pero el mensaje quedó bastante claro: parte de la familia prefería que ningún Halstead estuviera presente. «Si puedes trasladárselo a Blake, te lo agradeceré».

Yo puedo llegar a comprenderlo. Blake, en cambio, se niega. Ese rechazo lo ha recibido como si le hubieran abierto en canal. Incluso me costó convencerlo de que acudiera al funeral de Agnes, que celebramos ayer por la tarde, pero con la ayuda del abogado lo logré.

La pobre Agnes…

Fue un funeral pequeño y bastante triste. Nadie de los que estábamos allí la había conocido realmente, así que todo resultó todavía más incómodo. Intentábamos despedirnos de una mujer de la que apenas sabíamos nada mientras el nombre de Ben llenaba constantemente las conversaciones y los silencios.

Solo estábamos Leanne, Ethan, Blake, Jayce y yo. Nadie más. Llovía a cántaros, así que terminamos refugiados en casa de Leanne para no dar por terminado tan pronto el funeral.

Fue una despedida extraña. Fría. Como si ninguno de nosotros supiera realmente qué hacer con una muerte llegada cuarenta años tarde.

Blake apenas habló en toda la tarde y creo que jamás lo había visto tan roto. No solo porque su padre esté desaparecido o porque todo Silver Bay hable del asesinato y de las cartas, sino porque está perdiendo también a Richard y a parte de su familia. Lo nota y todos lo notamos.

Richard no lo ha rechazado directamente, pero hay algo distinto en él desde que identificaron a Ben.

Y, por si fuera poco, hoy he recibido un correo del hospital de Boston donde me animé a solicitar una plaza, el Brigham and Women’s.

Rechazada.

Precisamente allí trabaja Sloane. La misma Sloane que, según me contó Jayce hace semanas, una vez fingió no conocer a Victoria después de que él las sorprendiera hablando juntas en el hospital mostrando mucha cercanía. Otro misterio más. Aunque, sinceramente, ahora mismo me importa bastante poco.

Tampoco me ha afectado demasiado que Leah confirmara algo que Jayce ya sospechaba desde hacía tiempo: que Sloane y Andrew están juntos. Desde hace tiempo, como suponía. Perfectos el uno para el otro, supongo.

Ahora ya sé quién era la que «había conocido», y con la que «no había pasado nada». Menuda basura. Los dos.

La verdad es que estos últimos días han tenido una extraña capacidad para colocar a cada persona exactamente en el lugar que le corresponde. Y el resultado no ha sido especialmente agradable.

Mi familia está rota. Mi apellido empieza a resultarme insoportable. Mis amigas eran una mierda de amigas, una más que otra, y mi vida profesional parece empeñada en derrumbarse al mismo ritmo que el resto.

Si pudiera, creo que ahora mismo hasta me cambiaría el apellido.

Y, aun así, en medio de toda esta mierda, tengo a Jayce.

Lo único que no siento roto.

Y no es una necesidad de apoyo o protección.

Al menos eso sí me atrevo a admitirlo.

Es algo mucho peor.

Me he enamorado de Jayce Merrick.

Y creo que él todavía no es del todo consciente del poder que tienen sobre mí esos ojos grisáceos suyos cuando decide mirarme como si pudiera desmontarme entera sin necesidad de tocarme.