Jayce. Algo más que prohibido 63 ​​ Jayce
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Después del agujero

Casi seis horas después, la casa parece otra.

Ya no queda nada del silencio extraño que envolvía el salón cuando Ava y yo golpeábamos la pared pensando que quizás encontraríamos un hueco vacío y una buena excusa para que me torturara llamándome idiota el resto de la semana.

Ahora hay coches aparcados frente a las tres casas, aunque el centro de operaciones está en el museo; focos iluminando parte del exterior y demasiada gente entrando y saliendo.

Pierce ha llegado apenas veinte minutos después de mi llamada acompañado de uno de sus ayudantes y creo que ha tardado menos de diez segundos en entender que esto iba a destrozar por completo la investigación.

Primero ha observado el agujero desde lejos, después nos ha preguntado varias veces si habíamos tocado algo y finalmente se ha acercado con una linterna. No ha necesitado mucho más.

A partir de ahí todo ha empezado a crecer rápidamente.

Llamadas. Más agentes. Fotografías. Cintas. Preguntas…

Y personas entrando y saliendo del salón como si aquella casa hubiera dejado de pertenecer a la familia Halstead hace horas.

Los técnicos del condado han llegado algo después y, junto con ellos, un investigador forense que probablemente esperaba pasar una noche tranquila y no acabar metido dentro de una pared con dos cadáveres.

Desde entonces llevo respondiendo preguntas prácticamente sin parar.

Pierce me ha hecho repetir tres veces cómo encontramos la zona de la pared, quién golpeó, quién vio los sobres, cuánto llegamos a iluminar el interior y si Ava o yo tocamos algo más aparte del yeso.

Por suerte, la respuesta importante siempre ha sido no.

Para mí no es un escenario completamente desconocido.

Aunque no conviva a diario con este tipo de despliegues, estoy mucho más acostumbrado que Ava a la presencia constante de policías, técnicos y preguntas.

Para ella, en cambio, todo esto, sumado a lo que acabamos de encontrar, empieza a resultarle demasiado difícil de soportar.

Ava permanece sentada en la cocina del museo. No ha querido alejarse demasiado de todo esto.

No está bien. Y sería raro que lo estuviera.

He intentado permanecer a su lado durante buena parte de la tarde, pero ha sido ella quien ha terminado pidiéndome que la deje sola un rato y que vuelva al salón para colaborar con Pierce y el resto de agentes.

Así que le he hecho caso, pero siempre que lo considero entro y salgo para asegurarme de que está bien.

Hace un rato ha querido llamar a Blake y Pierce no ha puesto objeción alguna. De hecho, creo que hasta le ha parecido buena idea avisarlo antes de que todo esto termine explotando por el pueblo.

—Pero dile que venga tranquilo y que no saque conclusiones antes de tiempo —le ha dicho mientras observaba unos papeles apoyados sobre la encimera—. Y que venga solo.

Mi cabeza es un hervidero de posibilidades, aunque, de momento, hay algunas conclusiones que son claras. No hay muchas alternativas posibles cuando encuentras dos esqueletos ocultos dentro de una pared.

Lo único que Pierce sí nos ha pedido es que no hablemos de los sobres ni de los nombres por teléfono con nadie.

Y, sinceramente, no hacía falta que lo aclarara.

Después de ver esas dos palabras escritas sobre el papel amarillento, Agnes y Ben han dejado de parecer personajes de una vieja historia familiar para convertirse en algo mucho más incómodo.

Personas reales. Suponiendo que se confirme que son ellos.

Pierce cree que probablemente se trate de Ben Kensington y Agnes Whitby.

Ben desapareció hace casi cuarenta años y Agnes, la madrastra de Maren y Daniel, la segunda esposa de Thomas, en la misma época, simplemente dejó de estar en el pueblo; no se consideraba desaparecida.

La versión oficial que ha mencionado Ava era que abandonó a su abuelo y volvió a Reino Unido.

Así la ha escuchado siempre ella. Pierce, que debe rondar los cincuenta, no había oído ese nombre jamás.

Los nombres coinciden con dos personas de las que no se puede determinar su paradero.

El tiempo también y los restos parecen demasiado antiguos para pensar en otra cosa, pero todavía falta alguna prueba concluyente antes de afirmarlo abiertamente.

Quizás esos sobres contengan precisamente la respuesta.

Y cuanto más pienso en ello, más increíble me parece todo. De confirmarse que es Ben, no era un desconocido ni alguien relacionado de forma lejana con esta familia. Era el hijo de Richard Kensington, el mejor amigo de Thomas Halstead. Y además era el mejor amigo de Daniel.

Y su cuerpo acaba de aparecer oculto dentro de una pared de esta casa.

Mientras dos técnicos siguen fotografiando el interior de la cámara, Pierce se acerca otra vez hasta mí con esa forma suya de caminar que siempre parece anunciar problemas.

—Por cierto —dice bajando ligeramente la voz—. Blake ha estado esta tarde en la comisaría con Richard.

Lo miro unos segundos.

—¿Lo de la llamada con su padre?

—Sí, me ha contado lo mismo que os contó a vosotros. Lo de que Daniel habló de quitarse de en medio y toda esa mierda.

Resoplo lentamente mientras observo el movimiento constante de gente entrando y saliendo del salón.

—Supongo que eso cambia bastante las cosas.

—Las cambia y no las cambia, Merrick —responde Pierce mirando hacia el agujero abierto en la pared—. Hace unas horas creía que estábamos buscando a un hombre desaparecido. Ahora tengo dos cadáveres ocultos dentro de la casa de su familia. Así que, sinceramente, ya no sé qué cojones estoy buscando.

No respondo.

—Yo tampoco lo sé —le digo con sinceridad.

Pierce me da una palmada en el hombro antes de alejarse hacia el salón principal y yo aprovecho para mirar en dirección a la cocina. Siento la necesidad de estar a su lado.

Ava sigue sentada, completamente quieta, con una taza de infusión entre las manos y la mirada perdida en algún punto de la mesa.

Me acerco, me siento a su lado, la abrazo y ella se deja abrazar.

—¿Estás bien? —le pregunto mientras le beso la cabeza.

—¿Te das cuenta de que pueden llevar ahí… toda una vida? —susurra.

Sé que es el resultado de llevar horas dándole vueltas a lo mismo.

—Sí, Ava, aunque todavía no se puede asegurar que sean ellos. Cuando abran los sobres quizá sepamos algo más. Aun así, tendrán que hacer pruebas. Uno de los cuerpos lleva ropa de mujer y el otro… aunque está mucho más deteriorado, parece el cuerpo de un hombre joven, casi un adolescente.

—Si se trata de Ben… ¿te imaginas al pobre Richard? ¿Cuánto tiempo lleva buscándolo? Y aparece en la casa de su mejor amigo. ¿Y mi tío, Jayce? ¿Eso era lo que buscaba? ¿Y mi abuelo? Esto es una locura, Jayce, una auténtica locura —dice mientras esconde el rostro contra mi pecho.

—Lo es, Ava, pero antes o después tendremos respuestas.

—¿Y si era eso lo que buscaba mi tío, por qué no lo dijo sin más? Si mi abuelo ya estaba muerto, ¿por qué siguió alimentando esa estúpida historia del tesoro en vez de contarnos la verdad?

—Porque no quería que supierais lo que buscaba.

Un ruido detrás de nosotros me obliga a girarme. Pierce está apoyado en el marco de la puerta.

¿Lleva escuchando mucho tiempo?

—Es una buena respuesta, Merrick. Ahora solo falta averiguar por qué —dice antes de mirar a Ava—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, gracias.

—Si te ves con fuerzas, me gustaría que me contaras por qué decidisteis abrir esa pared.

Pierce está haciendo su trabajo, pero creo que podría haber esperado un poco antes de comparar declaraciones. Como si me leyera el pensamiento, añade:

—Ya sé lo que me has contado tú, Merrick, pero necesito escucharlo también de Ava.

Por suerte, hemos tenido tiempo de acordar lo que debíamos decir antes de que llegara.

Ava me mira durante un instante, como esperando alguna especie de aprobación, y yo, para disimular, le pregunto:

—¿Te ves con fuerzas?

—Sí, estoy bien. Solo intento asimilar toda esta pesadilla —dice antes de girarse hacia Pierce.

—Te llevará un tiempo, Ava. Creo que hasta a mí me va a costar asumir esto —responde Pierce con una sonrisa leve, intentando tranquilizarla.

Ava consigue devolverle una mucho más pequeña.

—Yo estaba convencida de que mi tío buscaba un tesoro. Mi abuelo me hizo creer eso. Ya te conté la conversación que tuve con él antes de morir.

—Lo sé. Sé que te pidió que impidieras que Daniel siguiera destrozando la casa.

—Pero lleva demasiado tiempo desaparecido y nunca encontramos ni una pista.

Y he tenido tiempo de pensar que quizá no debí impedirle continuar.

¿Y si Daniel tenía razón? —Hace una pausa y, aunque me pone nervioso no saber exactamente por dónde va a salir, tengo la sensación de que está manejándolo bastante bien—.

Necesitaba una respuesta. Y Jayce empezó a ver muebles fuera de lugar, planos extraños, reformas que no encajaban…

Por eso pensamos en mover la vitrina. Detrás había algo raro en la pared, aunque sinceramente creía que no encontraríamos nada.

Pensaba que, cuando abriéramos, solo me convencería definitivamente de que mi tío había perdido la cabeza y de que nosotros estábamos todavía peor por haber hecho un agujero en medio del salón.

Pierce asiente lentamente.

—Y ahora tenemos dos cuerpos ocultos dentro de una pared.

Ava baja la mirada.

—Es el hijo de Richard… y la mujer de mi abuelo.

—Aún no podemos confirmarlo oficialmente —aclara Pierce enseguida—. Estoy esperando autorización para acceder al contenido completo de los sobres y ver si aportan algo más concluyente. Intentad mantener la calma hasta entonces.

Ambos asentimos.

—Lo has hecho muy bien —le susurro al oído cuando Pierce se aparta unos pasos.

Intento bromear un poco con ella y, aunque me cuesta bastante, consigo arrancarle un par de sonrisas.

Solo unos minutos después Blake aparece en la cocina.

Parece un fantasma.

Entra despacio y Ava corre inmediatamente a abrazarlo.

—Pierce ya me ha contado lo que habéis encontrado… ¿Se puede saber por qué habéis destrozado la pared?

Ava se aparta de él sorprendida por el tono. Yo también.

—Porque queríamos saber qué había detrás —respondo con frialdad.

—¿No es la misma pared que le impediste romper a mi padre? Si no recuerdo mal, llegaste a amenazarlo con una escopeta.

—Ese comentario es asqueroso, Blake —le espeta Ava.

Como siempre, Blake baja la mirada justo después de disparar.

—Lo siento… es que no doy crédito. ¿Qué hacían ahí dos cadáveres? Pierce dice que podrían ser… ¿es verdad?

—Todo apunta a eso, pero todavía no es seguro.

—Ben… Joder… Richard no va a superar esto. ¿Eso era lo que buscaba mi padre? ¿Él sabía que había algo ahí? Joder, si lo tomamos por loco… Pero ¿por qué no me contó nada?

Empieza a pasear nervioso por la cocina justo cuando Pierce vuelve a aparecer en la puerta.

—Ya hemos abierto los sobres —anuncia acercándose lentamente a la mesa—. Hay una carta dentro de cada uno. Una dirigida a Ben y otra a Agnes. Puedo enseñaros las fotografías, pero prefiero que os preparéis antes de leerlas.

Deja una tableta sobre la mesa y, en la pantalla, aparece el primer folio amarillento extraído del interior del sobre. El papel está rígido y marcado por el paso del tiempo, doblado durante décadas dentro de aquella pared.

La letra, escrita con tinta oscura ya parcialmente desgastada, resulta irregular y apresurada.

Hay líneas demasiado juntas y otras separadas por espacios absurdamente grandes, como si quien la hubiera escrito hubiera perdido varias veces el hilo de lo que intentaba decir o simplemente no supiera cómo continuar.

Hay alguna palabra tachada y alguna repetida.

Ben

Lo siento, Ben. Perdóname, por favor.

Yo no quería hacerte daño. Esa chica

no me gusta, te lo juro.

Fue un accidente. Yo no quería.

Te lo juro. Somos amigos.

Daniel Halstead.

Siento un escalofrío cuando veo la firma. Está apartada del resto del texto, torcida, escrita con una letra mucho más pequeña.

—No puede ser… —susurra Ava abrazándose a mí.

Blake se aleja de la mesa y se apoya en la antigua encimera de mármol. Jadea. Tiene la mirada fija en algún punto del suelo.

Pierce pasa lentamente a la siguiente carta. Es muy parecida, aunque los trazos son todavía más irregulares, como si hubiera sido escrita después, con más nervios o más cansancio.

Mamá, te quiero y te quiero.

Te he llamado mamá como te gusta.

Perdóname, por favor.

Yo no quería hacerte daño.

No quiero ir a la cárcel.

Perdóname siempre.

Te quiero mucho.

Daniel Halstead.