Jayce. Algo más que prohibido 62 ​​ Ava
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62 ​​ Ava

La cámara

—No logro entender cómo tu tío pretendía mover solo esta vitrina… —murmura Jayce por segunda vez mientras su cara empieza a adquirir una preocupante tonalidad violácea por el esfuerzo.

Yo estoy a su lado, también medio morada y completamente frustrada por la poca ayuda que consigo aportar. La vitrina apenas se mueve unos centímetros cada vez que empujamos.

Es un mueble macizo, antiguo, con más de un siglo encima y probablemente construido para sobrevivir a una guerra. Incluso vacía sigue pesando como una condena.

—Ava, como no encontremos nada, me voy a enfadar —me suelta intentando contener una sonrisa.

Resoplo. A pesar de lo nerviosa que estoy, sonrío por su comentario.

—Ha sido idea tuya, capullo, pero eso ya lo sabes, ¿no?

—Esto es un trabajo en equipo, no me pases a mí toda la responsabilidad.

—Empuja y calla —le ordeno mientras acompaño mi esfuerzo de un pequeño grito.

Empujamos con más fuerza y, de pronto, el mueble se inclina ligeramente hacia un lado antes de regresar a su posición con un golpe seco que nos obliga a apartarnos. Jayce se agacha enseguida.

—Espera… Creo que hay algún tipo de calzo debajo.

Se arrodilla frente a la base y pasa la mano por el suelo cubierto de polvo.

—Sí. Aquí. Dame algo para golpearlo, por favor.

Busco el mazo y se lo deslizo.

—Joder, Ava, esto es muy grande… Pero… espera…

No consigo ver qué está haciendo.

—¿Qué pasa?

—Vale, ya está. Ha servido.

Debajo de la vitrina veo salir disparada una pequeña pieza de madera que el abogado aparta de una patada.

—¿Eso estaba puesto para sujetarla? —pregunto confundida.

—O para evitar que se moviera —dice incorporándose—. Lo cual no me tranquiliza demasiado.

Volvemos a colocarnos y esta vez la vitrina cede con mucha más facilidad. Avanza lentamente por el suelo de madera mientras el ruido de las patas arrastrándose retumba por todo el salón.

Y entonces lo vemos.

No es una puerta. Ni un hueco. Ni siquiera una grieta.

Solo una zona distinta en la pared.

Un arco irregular con una tonalidad diferente al resto, ligeramente más hundido. Como una reparación antigua mal integrada en el muro.

Jayce se queda inmóvil mirándolo.

—Ahí —dice en voz mucho más baja.

—¿Un problema de humedad? —comento sabiendo que no me creo ni una palabra de lo que estoy diciendo.

—Seguro que sí —responde sonriendo, aunque su forma de mirarme me deja claro que está tan nervioso como yo.

Nos miramos durante un instante. Yo asiento con la cabeza y Jayce se apodera del mazo antes de descargar el primer golpe contra la pared. El resultado es bastante decepcionante. Solo consigue agrietar el yeso.

El segundo impacto produce prácticamente el mismo efecto. La pared muestra las marcas de ambos golpes, pequeñas fracturas irregulares y polvo deslizándose lentamente hacia el suelo, pero nada que haga pensar que realmente exista algo al otro lado.

Jayce vuelve a mirarme. Sé que está decepcionado, igual que yo, pero no parece dispuesto a rendirse todavía.

—No hay tesoro… —murmuro intentando convencerme a mí misma.

Jayce no dice nada. Agarra el mazo con ambas manos y descarga tres golpes seguidos mucho más violentos que los anteriores. El ruido retumba por todo el salón y, esta vez sí, algo cambia.

El yeso se rompe.

Un pequeño orificio irregular aparece en mitad del arco oscuro y detrás no hay ladrillo ni piedra.

Hay vacío.

Jayce se queda completamente quieto observándolo y yo hago exactamente lo mismo. No mide más de unos centímetros, pero basta para comprender que al otro lado existe un hueco.

—Joder… —digo tragando saliva.

Siento cómo se me eriza la piel mientras observo esa abertura negra imposible de interpretar desde aquí.

Jayce vuelve a acercarse y golpea alrededor del agujero con más cuidado. Parte del yeso se desprende hacia dentro y escuchamos cómo varios fragmentos caen y golpean una superficie dura después de un instante.

—Hay algo detrás, una cámara, pero no sé de qué tamaño —dice sin apartar la vista.

Mi respiración empieza a acelerarse.

—Una cámara no es un gran descubrimiento… Si está vacía…

—Vamos a comprobarlo.

Levanta otra vez el mazo y me obliga a apartarme con un gesto de la mano.

Los siguientes golpes ya no suenan igual.

El muro cede con mucha más facilidad y el agujero empieza a ensancharse rápidamente entre grietas, polvo y trozos de yeso que terminan cubriendo parte del suelo del salón.

Jayce deja el mazo a un lado y arranca varios fragmentos sueltos con las manos hasta abrir una especie de ventana irregular a la altura de nuestras cinturas, suficiente para que podamos asomarnos al interior.

Ninguno de los dos se anima a ser el primero.

Nos quedamos inmóviles frente al hueco, respirando demasiado rápido.

—Puede que no haya nada, Jayce.

—Puede ser…

Pero ni él ni yo lo creemos.

Me inclino hacia atrás hasta alcanzar una de las tres linternas que hemos preparado.

Jayce es el primero en acercarse al agujero.

—Ava… espera —me indica al ver que me aproximo.

—Entonces enfoca de una vez.

Mi voz sale mucho menos firme de lo que pretendía.

Él me mira unos segundos antes de agacharse frente a la abertura. Después dirige el haz de luz hacia el interior.

—¿Ves algo? —pregunto incapaz de soportar el silencio.

Jayce no responde enseguida. La linterna sigue avanzando lentamente por el interior, recorriendo la pared del fondo, descendiendo después hacia el suelo… hasta detenerse de golpe.

Su cuerpo se tensa y me mira.

Me inclino sobre el agujero y enfoco con mi linterna.

Y entonces lo veo yo también.

Durante un segundo mi cerebro se niega a entender lo que estoy mirando. Muevo la linterna de forma desordenada mientras la de Jayce hace lo mismo. Hay suficiente luz para saber qué es lo que hemos encontrado.

Mi mirada recorre la estancia, pequeña, no más grande de lo que podría ser una despensa. El grito me sale antes de poder evitarlo.

Me llevo la mano a la boca y retrocedo hasta chocar contra la vitrina mientras intento apartar la vista, pero no puedo.

Dios mío.

He visto huesos. Ropa. Restos oscuros adheridos al suelo… y a la pared. Una mandíbula… un cráneo… mechones de pelo…

—No puede ser, dime que no es real…

Jayce sigue completamente inmóvil frente al agujero, respirando cada vez más despacio, como si necesitara obligarse a mantener la calma.

—No te acerques más —dice sin mirarme.

Le hago caso.

—¿Qué ves? —le pregunto sintiendo que el corazón me late en la garganta. Me llevo la mano al cuello.

—¿Estás bien?

—Sí —le digo acercándome de nuevo. Necesito entender qué estoy viendo.

La linterna de Jayce desciende lentamente hacia el suelo de la cámara.

Permanecemos más de un minuto iluminando el interior y observando. Ya no hay duda.

—Son dos cuerpos, Ava…

—Lo que queda de ellos… —le digo notando el temblor en la mano que sujeta la linterna—. ¿Qué es eso?

—Parece un papel o algo parecido… No, es un sobre… No lo sé.

—¿Busco algo para poder cogerlo?

Jayce gira la cabeza inmediatamente.

—No. Ni se te ocurra tocar nada.

—Pero…

—Ava, hay restos humanos detrás de esta pared. No podemos tocar nada.

Asiento con la cabeza. Me apodero de la otra linterna e ilumino con ambas.

—¿Qué será ese papel?

—Parece un sobre… y ahí hay otro —me informa mientras siento escalofríos—. Dos cadáveres y cada uno tiene un sobre…

—¿Seguro que son dos, Jayce?

—Sí, mira —dice moviendo la linterna lentamente para ayudarme a distinguir ambas figuras.

—¿Sobres? ¿Cartas, quizás?

Jayce me aparta con la mano y me echo hacia atrás. Él sigue observando un poco más.

—¿Qué?

—No sé, pero eso parece ropa de mujer… no estoy seguro… y… eso quizás sea un hombre…

—¿No habrá más?

—No, al menos aquí dentro. Dejémoslo, ni siquiera debemos seguir iluminando el interior. Hay que llamar a Nolan Pierce.

—Sí, pero… parece que hay algo escrito. Intenta iluminarlo mejor.

—No hace falta, Ava. Ya sé lo que hay escrito.

—¿Qué?

—Parecen sobres, no sé qué habrá dentro, pero… —Se impulsa de nuevo y mete la cabeza más de lo que yo me habría atrevido jamás.

—Dime, Jayce, ¿qué pone en esos sobres?

—Son dos nombres —responde sin apartar la vista del interior.

El silencio empieza a aplastarme el pecho.

—¿Qué nombres?

Jayce tarda unos segundos en responder.

—En uno pone Agnes… y en el otro Ben.