60 Ava
Ocupado
Entro en la casa del abuelo, más conocida como museo —la nueva ubicación oficial del abogado— cargada con una bolsa de sándwiches y ni siquiera levanta la cabeza al escucharme.
Está completamente absorbido por el despliegue de documentos que invade el salón desde ayer por la mañana.
Planos antiguos extendidos sobre la enorme mesa de mi abuelo, notas, carpetas abiertas y copias de parte de la documentación que encontré hace días en el despacho del abuelo, dentro de la caja fuerte oculta tras la librería.
Se accede empujando un libro y jamás fue realmente un secreto para nadie.
En realidad, allí solo conservaba planos originales, bocetos de reformas, escrituras y documentos antiguos sobre las ampliaciones de las casas.
«La historia de esta propiedad», solía llamarlo él, acompañado siempre de un sinfín de referencias al esfuerzo familiar, al legado y a todas esas cosas relacionadas con el apellido Halstead que tanto le obsesionaban.
Jayce me lo pidió todo para estudiar algo que, según él, me explicaría cuando descubriera exactamente qué estaba buscando. Aunque, por supuesto, pasó la mitad del tiempo bromeando con que intentaba encontrar el dichoso tesoro.
Supongo que por eso abandonó el despacho del jardín y lo trasladó todo aquí ayer. Allí apenas cabían él, la pizarra y su obsesión profesional. Aquí, en cambio, puede extender el caos a gusto. Y lo ha hecho.
La dichosa pizarra también ha acabado instalada en el salón. Lo único nuevo escrito en ella desde anteayer por la noche son dos frases rodeadas de flechas y anotaciones: «Leanne y Daniel mantenían una relación» y «Daniel dijo que iba a ver a Blake aquella noche».
Nada más. Ninguna respuesta. Ningún avance milagroso.
Cuando volvió a casa con mi tarta de arándanos estaba mucho más serio de lo normal.
Me habló de Daniel, de la relación secreta, de las visitas que le hizo mi tío, de aquella llamada con Blake y de la supuesta cita que nunca llegó a producirse.
Y, cuanto más hablaba, más parecía darle vueltas a algo.
Supongo que sigue intentando entender por qué Daniel le mintió a Leanne aquella noche o…
simplemente, igual que yo, todavía está sorprendido por esa relación.
Ayer incluso hablé del tema con Leanne para tranquilizarla un poco y decirle que, cuando pasen unos días, podrá contárselo a Blake sin miedo porque estoy convencida de que él no reaccionará mal.
Lo único raro es que ninguno de nosotros puede alegrarse realmente de la noticia, como sería normal.
Con Daniel desaparecido resulta absurdo hablar de una historia de amor como si fuera algo bonito.
Eso no impidió que anteayer por la noche acabáramos jugando otra vez a nuestro juego favorito de susurros, discusiones y teorías delante de la pizarra.
Anoche también continuamos, pero la dichosa pizarra acabó perdiendo protagonismo después de varios viajes absurdos por los pasillos oscuros.
Según Jayce, debatir teorías criminales medio dormidos pierde profesionalidad si tienes que cruzar media propiedad cada veinte minutos.
Añoro cuando la pizarra estaba en el despacho del jardín…
Carraspeo para ver si así nota mi presencia. Sigue concentrado sobre los planos, apoyado en la enorme mesa del salón, con las mangas remangadas, gesto serio y las gafas puestas.
¡Ay, las gafas…!
Sigo pensando que debería ser ilegal que alguien pueda resultar tan atractivo llevando gafas mientras analiza escrituras antiguas como si estuviera preparando el juicio del siglo.
—Ava… —me dice por fin mirándome—. Me muero de hambre.
—Es justo lo que esperaba que me dijeras.
—¿No son para mí esos sándwiches?
—Sí, pero antes debería haber un «me alegro de verte», «estaba deseando que volvieras de la clínica» o un «hoy por fin voy a contarte en qué narices llevo dos días metido».
—Me alegro de verte, estaba deseando que vinieras. De hecho, iba a llamarte para pedirte que te escaparas cuando pudieras.
—No tengo que volver a la clínica, a menos que alguien se muera.
—¿Y qué vas a hacer si se muere?
—Los trámites en caso de fallecimiento, abogado, pero… ¡Olvídalo! Solo bromeaba. Sigue… me interesa la última parte.
—Que tengo hambre —dice sin molestarse en esconder esa sonrisa que siempre le aparece cuando disfruta sacándome de quicio—. Vale… Sí, voy a contarte algo. Algo importante.
Se acerca, me besa y, mientras me distrae, me roba la bolsa de papel que conoce demasiado bien: sus sándwiches favoritos de la cafetería del sobrino de Leanne.
Después me guía hasta las butacas con algo en la mano que no consigo ver y nos sentamos a comer.
—Voy a enseñarte mis avances. Quiero que estés atenta y que me sigas.
—De acuerdo.
—Ábrelo —me dice entregándome el álbum de fotos que Richard me regaló.
—¿Qué?
—Observa esa foto —dice abriéndolo en la parte que le interesa—. ¿Qué ves?
Me detengo a mirarla o, al menos, intento aparentarlo. En realidad, estoy más pendiente de adivinar a dónde quiere llegar. Pero, en vez de interrumpirle y provocar una de nuestras discusiones habituales, decido colaborar.
—Son mi abuelo, mi abuela, Richard y su mujer, Martha. Aquí, en este salón, en ese rincón —señalo hacia la pared del fondo.
—Ahora esta —dice pasando una página—. Es más antigua.
—Esta está tomada en la otra casa. Y son mi bisabuelo, creo, y mi abuelo cuando era muy joven.
—Observa bien. Olvídate de las personas.
—No sé qué quieres que busque…
—El mobiliario.
—¿El mobiliario?
—Observa.
—No quiero observar.
Lo miro enfadada.
—Vale, te lo digo yo. La vitrina, ¿la ves?
—Sí. ¿Qué le pasa?
—Esa vitrina aparece en este salón, en el otro no. Ya sabes, en el que casi conviertes en la escena de un crimen…
—Eres un gilipollas… Vale, ¿y qué?
—Y ahora está allí.
—¿Y qué? Se cambió de sitio.
—Esa vitrina encaja aquí, parece que se compró para esta casa.
Pero luego se trasladó a aquella, es allí donde está ahora.
Es la vitrina que tu tío estaba empujando cuando lo sorprendiste.
La misma que allí no encaja con nada. Y no es solo porque quien la colocó tuviera mal gusto, que también.
Se trasladó desde este salón, donde sí tenía sentido que estuviera.
¿Por qué moverla allí? Si allí no encaja. Para tapar algo.
—¿Pretendes decirme que esa vitrina esconde algo detrás solo porque la cambiaron de sitio?
—No he llegado a esa conclusión solo por eso, Ava. En esos planos está la respuesta. ¡Ven! Acércate —dice levantándose de golpe y saliendo disparado hacia la mesa—. Y lo confirmaré cuando me llame mi padre, que debería hacerlo en cualquier momento.
—¿Tu padre?
—Mi padre es arquitecto, Ava, como ya te conté.
Estos planos no me dicen demasiado. Algunos son muy antiguos, usan escalas distintas y muchos ni siquiera son planos completos, solo bocetos…
Pero las estructuras hablan. La casa antigua y esta, en la que estamos, se acoplaron, tú misma me lo dijiste.
Y, desde un punto de vista arquitectónico, al unirlas pudieron formarse al menos dos o tres cámaras o huecos entre estructuras.
Es complicado, pero con una buena lupa, algo de lógica y alguien que realmente entienda esto, podré confirmar que detrás de esa vitrina hay algo.
Por eso tu tío fue directo a ella. Se colocó allí para tapar algo.
—¿Tapar? ¿Qué?
—No lo sé. Una habitación cerrada, un pasillo, un hueco… algo. Pero no consigo calcular el tamaño. Cuando me llame mi padre, sabremos más.
Durante más de media hora, Jayce me hace partícipe de sus sospechas en un viaje interminable a través de planos, bocetos y líneas que para mí solo parecen trazos antiguos y caóticos.
Aun así, consigo entender parte de lo que intenta explicarme.
Y el hecho de que todas sus teorías terminen exactamente en el rincón donde mi tío quería cavar me hace pensar.
—Si ahí hay algo… ¿por qué mi tío no se lo enseñó a mi abuelo usando estos mismos planos?
De algún sitio sacaría esa localización.
Y es más… si realmente hay algo detrás de esa pared, mi abuelo habría sido el primero en saberlo.
Él construyó esta casa y conocía perfectamente la otra. Él quiso unirlas, ¿recuerdas?
—Quizá lo sabía. Quizá no. No puedo responderte a eso. Solo sé que ahí puede haber algo. Y creo que era lo que Daniel buscaba. También creo que tu abuelo no quería que cavara por alguna razón.
Las teorías se alargan algunos minutos más hasta que decidimos ir al salón de la casa antigua donde está la dichosa vitrina.
Delante de ella, tal y como ha señalado Jayce, resulta evidente que no es un lugar demasiado lógico para ese mueble. Está encajada entre una ventana y una librería y parece fuera de sitio. O… alguien la colocó ahí porque no sabía dónde meterla, que es lo más probable, o… porque tapa algo.
No quiero cerrarme. Intento mantener la mente abierta. Más que la vitrina, me ha convencido esa parte de los planos que parece esconder algo que comparten las dos estructuras.
El sonido del móvil de Jayce lo pone en alerta y contesta enseguida.
—Dime… Ajá, los planos… Voy.
Sale prácticamente corriendo y yo me quedo unos segundos observando la dichosa vitrina, imaginando a mi tío intentando moverla mientras arrastraba el mazo y el saco.
Prefiero apartar esa imagen de mi cabeza y corro detrás de Jayce.
Cuando llego al salón del museo está mirando la pantalla de su portátil mientras una voz masculina monopoliza toda su atención. Es su padre. Bueno… su padrastro.
Él y Aiden, su hermanastro, aparecieron en su vida cuando Jayce tenía diez años y terminaron formando una nueva familia junto a su madre y Cassidy. Están muy unidos, especialmente él y Aiden, del que habla como su mejor amigo.
La voz de Jayce pronunciando mi nombre me arranca del trance. Ya no está frente al portátil, sino en otro extremo del salón.
—Hay dos posibles solapamientos en la estructura según lo poco que le he podido enviar —dice señalando una librería que ocupa parte de la pared—. Uno está aquí. En este ángulo.
Me acerco lentamente y pulso un interruptor que, sinceramente, no está demasiado bien escondido.
Aparto a Jayce con el brazo y la librería se abre de forma corredera, dejando al descubierto una puerta.
—Esto no es ningún secreto —le digo mientras la abro y dejo ver una habitación que jamás tuvo demasiada utilidad y que ahora está prácticamente vacía, salvo por dos sillones antiguos cubiertos con una sábana.
—Vale. Esta queda localizada. Podías haberlo dicho antes.
—Sinceramente, no entiendo bien esos planos. ¿Y la otra?
Jayce gira el portátil hacia mí. En pantalla hay un plano fotografiado marcado con un círculo rojo.
—Aquí ha señalado mi padre, aproximadamente —dice colocando el dedo y pulsando varias veces sobre el círculo.
—No sé interpretar eso.
—Detrás de la vitrina, Ava.
—Ya… volvemos a la vitrina…
—Tu tío sabía dónde buscaba.
—¿Y qué propones, Jayce? Creo que lo sospecho…
—Que terminemos el trabajo que empezó tu tío.
—Sí, justo lo que sospechaba…
—Golpeemos esa pared para descubrir qué hay al otro lado.
—Ya… ¿Cuándo?
—¿Tienes algo mejor que hacer ahora mismo?