Jayce. Algo más que prohibido 58 ​​ Jayce
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58 ​​ Jayce

Vida normal

​​ Cuatro días después

Si mi vida en Silver Bay fuera una investigación, diría que la fecha clave sería aquel baile.

Sí. Suena extraño incluso dentro de mi propia cabeza, pero es así.

No el primer beso ni la primera noche juntos…

Fue aquel baile lento en mitad del salón mientras llovía fuera, después de que Ava se derrumbara en mis brazos y consiguiera conmover cada centímetro de mi existencia.

Consiguió que me metiera dentro de su cabeza, que admirara su fortaleza y que aplaudiera ese momento de debilidad tan necesario.

Esa fecha o… ese instante, o… quizás sería mejor decir ese baile, estaría marcado en la pizarra. Encerrado en un círculo rojo junto a una anotación sencilla tipo: «Aquí empezó el problema». O quizás: «Aquí dejó de serlo».

No lo sé, pero algo cambió aquella noche.

Dejamos atrás esa dinámica agotadora de «cuando me acuesto estás cerca y cuando despierto vuelves a estar lejos».

Y, sinceramente, no echo de menos ese juego porque ahora simplemente… funcionamos.

A veces me llama abogado, a veces Jayce. Hay equilibrio.

A veces estamos cerca porque necesitamos estarlo. Porque uno termina buscando al otro casi sin darse cuenta. Otras veces, cada uno ocupa su espacio dentro de esta casa durante horas sin que el silencio se vuelva incómodo.

Seguimos discutiendo. Mucho. Y seguimos desafiándonos por tonterías, entre ellas los ensayos de la declaración, que ya parece dominar.

Y seguimos lanzándonos comentarios irritantes y miradas asesinas varias veces al día, pero…

ya no existe esa sensación constante de estar levantando barreras cada mañana para fingir que la noche anterior no ocurrió.

Y eso, para dos personas como nosotros, ya me parece bastante sorprendente.

No hablamos del futuro ni hacemos promesas ni pronunciamos palabras empalagosas que probablemente ninguno de los dos soportaría escuchar en voz alta. Simplemente existe esta especie de sincronía extraña entre nosotros.

Caótica a ratos y ridículamente cómoda en otros momentos.

Y lo más peligroso de todo es que he dejado de analizarla porque ya no necesito entender qué somos exactamente para disfrutarlo.

Solo sé que me gusta y que, por primera vez desde que llegué a Silver Bay, no siento la necesidad de pensar en mi vida antes de llegar aquí.

Aun así, a pesar de esta calma extrañamente placentera, la investigación sigue completamente estancada. No hay avances. No hay titulares. Y empiezo a frustrarme más de lo que debería.

Porque hay algo rondándome la cabeza constantemente. Una idea, una sensación, una pieza que sé que está ahí y que podría ayudarme a entender todo esto, pero que todavía no consigo ordenar.

Todo lo que obtengo son fragmentos del pasado familiar de los Halstead. Historias, recuerdos, discusiones antiguas, detalles cotidianos o datos aparentemente insignificantes que no terminan de llevarme a ninguna parte.

Alexander está inquieto. Necesita «sangre fresca», como él llama a lo que cualquier persona normal describiría simplemente como avances.

Aunque he conseguido convencerlo de que no tienen nada sólido contra Ava, nada que no podamos desmontar fácilmente, sigue obsesionado con verla completamente fuera de cualquier punto de mira, por pequeño que sea.

Y yo también. Pero estoy atascado.

Por muchas vueltas que le doy al caso, por muchas veces que reorganizo la información, esquematizo cronologías o reviso conversaciones, sigo teniendo la sensación de que hay algo delante de mí que todavía no consigo ver.

Y lo peor es que sé que existe.

Tendré que volver a entrar en ese despacho del jardín y sumergirme durante horas en el caso, pero antes debo visitar a mi doctora favorita en la clínica.

Nada más entrar me encuentro con una Leanne sonriente, como siempre.

—Jayce… Qué alegría verte —me dice como si no me viera prácticamente a diario.

Suelo acompañar a la doctora casi todos los días.

La clínica se ha convertido en un lugar al que Ava acude diariamente, siempre en horarios muy concretos, y que yo también frecuento con el firme propósito de obtener algo de información.

¿Cómo? A través de Leanne, que me lo cuenta absolutamente todo.

—¿Cómo está mi enfermera favorita?

—Bien, como siempre. Y… respecto a tu doctora favorita, te diré que está atendiendo a… —Se levanta sin terminar la frase y se dirige a la sala contigua, como si no quisiera que nadie pudiera escucharla. A pesar de que solo hay dos personas a más de cincuenta metros.

—¿A quién? Cuánto misterio… —le digo sin fingir mi interés.

Es lo que funciona con ella. Leanne es muy cotilla, pero de las cotillas sin maldad.

Observa, escucha y acumula información, aunque nunca da un paso más allá.

Eso sí, le encanta tener un público que valore todo lo que descubre y, conmigo, ha encontrado al mejor posible.

—Con una paciente de Daniel. Una que lo tenía amargado.

—¿Por qué?

—Cada dos por tres se inventaba algo para visitarlo. Tenía demasiado interés en él, no como médico —me dice molesta.

—O sea que… se le insinuaba…

—Exacto. Y Daniel estaba bastante cansado. De hecho, quería que fuera Ethan quien la atendiera. Pero… cuando iba a proponerlo… desapareció.

—Entonces pretendía que las insinuaciones fueran para Ethan.

—No, Jayce. Es una mujer de mi edad. A Ethan no se le iba a insinuar.

—Pues yo lo veo guapo.

—¡Oh! Eres imposible —me dice volviendo a su puesto.

—Leanne —le digo mientras la sigo—. ¿Daniel no tenía interés en esa mujer?

—No, en absoluto. Por eso quería dejar de visitarla.

Escuchamos la voz de Ava, nos giramos y vemos que va acompañada de «esa mujer».

—Vaya, yo quiero saber más sobre ese tema, Leanne.

—A Ava no le gustan los cotilleos. Aunque esto no lo es.

—Claro que no. Tendremos que encontrar la forma de hablar con calma sin que nadie nos interrumpa. Todo lo que me cuentas es de gran valor.

—A partir de las cinco de la tarde estoy en casa. Pasa cuando quieras. Hoy mismo.

—Quizás lo haga, pero Ava…

—Hoy tiene dos visitas domiciliarias a esa hora. Prepararé su tarta favorita. Ya tienes la excusa.

Sonrío. Ya tengo plan para esta tarde.

La doctora me mira y sonríe de forma forzada. Vaya, como siempre que me ve aparecer por la clínica. Se dirige a su despacho y la sigo.

Por suerte, Blake hoy está en Duluth. Esa costumbre suya de aparecer a todas horas empieza a sacarme de quicio. Estuvo varios días sin hacerlo, hasta que se le pasó el berrinche por la venta de la casa y volvió otra vez con los bollos de canela a modo de disculpa, no solo para Ava, también para mí.

Pero no voy a negar que parecía arrepentido.

Aceptó que el tema de la casa se retomara después de la cita en el juzgado.

Ava creyó durante horas que necesitaba pensarlo, pero la realidad era que la decisión ya estaba tomada.

Después de hablar con Richard tardó menos de un minuto en asumir que acabaría vendiéndosela.

Richard le confesó haber animado a Blake porque creía que sería bueno para él y porque una propiedad así merecía quedarse en manos de alguien de Silver Bay.

A Blake le hablé de Richard y de lo bien que hablaba de él. Creo que le gustó más de lo que quiso aparentar.

De aquel desayuno de paz surgió una jornada de pesca, una que acabó con mis ganas de vivir, al menos durante las tres horas que me tuvo plantado en el río, no muy lejos de donde Earl, el que se cree un león, acostumbra a ponerse de barro hasta las cejas.

Y… hablando de Earl…

—Me ha llamado la señora Whitman —me dice mi doctora.

—Ajá —respondo intuyendo perfectamente por dónde va el asunto.

—Está muy agradecida de que llevaras a Earl a su casa.

—Ajá.

—Estoy conmovida, abogado —me dice acorralándome contra la pared.

—Lo que estás es llena de envidia. Es la segunda vez que lo rescato, sin barro. Creo que, cuando presiente que voy a ser yo, se dedica a cazar en el parque y no en el río.

Suelta una carcajada y se separa de mí.

—¡Eh! ¿Qué ibas a hacer? Sigue. ¿Dónde vas?

—Solo felicitarte, abogado. Es tu ego el que se interpone.

—Felicítame, venga. También he sido considerado con Sarah. Le he dicho que tendrá un bebé precioso.

—¿Por qué has hecho eso? Ya te dije que esa no era la actitud —dice refiriéndose a su embarazo psicológico.

—Me ha hablado de su bebé —me justifico.

—Te dije que no se la debe contradecir, pero tampoco normalizarle el embarazo. Sigo las instrucciones de la psicóloga.

—Pues síguelas tú y esa psicóloga. Si alguien te habla de su embarazo, le dices que va a tener un bebé precioso y acabas antes. Yo no tengo que asumir su terapia.

Resopla y mueve la cabeza mientras se da la vuelta para que no la vea reírse. Después cierra la puerta con un pestillo que ni siquiera sabía que existía. Y entonces me mira acompañada de esa sonrisa que me desmonta y me pierde.

Se acerca lentamente a mí.

—¿Aquí, doctora? Eso es poco profesional.

—También estoy prohibida aquí y nunca lo tienes en cuenta.

—Algo más que prohibida, doctora.

—Ese eres tú, no yo. Yo… solo prohibida.

—Dímelo para que lo recuerde siempre.

—Se te suele olvidar.

—Inténtalo. Funciono bastante bien a base de repeticiones…

Se acerca todavía más, se pone de puntillas y me susurra junto a los labios:

—Algo más que prohibido…

Y me quedo sin fuerzas. Cómo me gusta el condenado nombre.