Jayce. Algo más que prohibido 57 ​​ Ava
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57 ​​ Ava

El renacer

El sonido de mi móvil me golpea como si se tratara de una bomba.

Palpo sobre la mesita hasta localizarlo y veo el nombre de Blake en la pantalla.

Escucho su voz anunciándome que viene a visitarme a casa y que tiene algo importante que decirme. Con un hilo de voz consigo responder algo parecido a «de acuerdo» antes de colgar.

—¿La clínica? —murmura una voz a mi lado mientras se remueve entre las sábanas.

—Blake. Viene hacia aquí. Dice que tiene algo importante que decirme.

—Dile que no nos gustan los bollos de canela.

Suelto una carcajada que hasta a mí me sorprende mientras observo el evidente malhumor que luce mi abogado.

Me levanto despacio, estirándome. Apenas hemos dormido.

—Le dijiste que estaban deliciosos… Eres falso. Muy falso.

—Eran un homenaje a su madre, ¿qué querías que le dijera?

Se incorpora refunfuñando algo que no logro entender.

—Sigue durmiendo.

—Ni hablar.

Pasa por mi lado después de colocarse la ropa interior. Se detiene apenas un segundo, me besa en los labios y me levanta ligeramente la barbilla.

—¿Estás bien?

—Lo estoy.

Sonríe apenas antes de salir del dormitorio en dirección al baño.

Y creo que esto me gusta más de lo que debería.

Después de lo que vivimos anoche no sabía qué esperar al despertar, pero esto…

esto sí puedo soportarlo. Sin conversaciones incómodas.

Sin preguntas excesivas. Sin necesidad de ponerle nombre a nada.

Pero tampoco con esa distancia absurda con la que llevábamos días castigándonos después de cada momento de cercanía. Claro que, de eso, ya hacía bastante.

Solo veinte minutos después, Blake aparece en casa con un recipiente gigante de café.

Agradezco tanto verlo que prácticamente se lo arrebato de las manos para servirme una taza a toda prisa.

—¿No estabas en Duluth?

—Sí, pero lo que fui a hacer ya está solucionado y he vuelto antes para contártelo.

En ese momento entra Jayce, todavía despeinado, saludándolo con una sonrisa ligeramente forzada.

—He traído café.

—Entonces no me quejaré de tu visita.

Blake se echa a reír y después me mira durante un segundo más de la cuenta.

Sé que sospecha algo. Lo suficiente como para notar que algo ha cambiado entre nosotros. Pero también sé que no dirá nada delante de Jayce. Al menos, no todavía.

—Ava —me dice adoptando una actitud muy seria—, tengo que contarte algo importante.

Vale. No ha esperado a estar solos, lo que significa que Jayce puede escucharlo. ¿O es que quiere que lo escuche?

—¿Qué pasa?

—Antes de hablarlo, quiero preguntarte algo.

Nos sentamos alrededor de la mesa y sirvo café y los rollos dulces que, por toneladas, ha dejado Rose.

—Cuando declaremos… ¿volverás a Boston?

—¿Te refieres al mismo día?

—Ese día o… después.

Miro al abogado.

—Esa es mi intención, pero no tengo fecha ni sé si… podré.

—Seguro que podrás, Ava —me tranquiliza mi ángel de la guarda.

—Entonces sí, pero… tengo cosas que solucionar antes, Blake. La clínica, la casa… No quiero pensar en ello ahora. ¿Por qué lo preguntas?

—Sé que tienes dos ofertas para comprar la casa. ¿Cierto?

—Sí, las tengo —le respondo mientras noto la sorpresa del abogado.

—Bien… —dice Blake.

—Hay dos familias que están interesadas. El abuelo me habló de ello —le aclaro y él asiente.

—Ava, quiero comprar yo la casa.

El rollo dulce se me escurre de las manos y me deja con la boca abierta.

—¿Cómo?

—Escúchame. Ya sé que te sorprende, pero lo he pensado mucho. ¿Recuerdas el dinero que me dejó el abuelo? Quiero invertirlo en la casa.

—¿De qué coño estás hablando? ¿La casa? ¿Esta casa?

—Bueno, el conjunto. Las tres.

—Pero… ¿me estás vacilando?

—No, Ava. Y no me lo hagas difícil. Es lo que quiero. Y, antes de que se la quede una de esas familias, la quiero yo.

—Pero ¿cómo te voy a vender a ti la casa? Si te interesa, pues aquí está. Ya la venderé más adelante, cuando te hartes de usarla.

—No, yo quiero comprarla de forma legal.

—Pero eso es absurdo. Venga, Blake. Tú odias esta casa, ¿a qué viene esa tontería?

—Sí, Ava, la odio, pero no como tú crees. Quiero reformarla y no precisamente de la forma que mi padre pretendía hacerlo… —sonríe con una nostalgia que me desarma. Le toco la mejilla y él me coge la mano para besarla.

—Ava, llevo días dándole vueltas. Quizás más de lo que crees.

La casa de mi madre necesita muchas reformas y yo…

quiero un lugar al que venir en Silver. Esta casa ha sido complicada, sí, pero también el lugar donde vivimos nuestros mejores años de aquella época en la que todavía éramos una familia.

No quiero que termine en manos de desconocidos y sé que quieres venderla.

Hasta el abuelo me dijo que te empujara a hacerlo si dudabas.

—¿Él te dijo eso?

—Sí.

—¿Tú sabías que me la dejaría a mí?

—Sí, me lo dijo él.

—¿Sabías que no se la dejaba a tu padre?

—Sí.

—¿No se lo dijiste a tu padre?

—No, Ava, no me correspondía. Yo me enteré unos días antes de que muriera. Y mi padre, unos días después. Tampoco había tanta prisa.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Por la misma razón por la que tú tampoco me dijiste que lo sabías.

—Ya…

Me viene a la memoria la conversación con mi abuelo cuando me pidió que vendiera la casa, que tuviera cuidado con Daniel y no le dejara entrar. Cuando me dijo que lo había engañado y… no dije nada. Lo acepté.

Miro a Jayce, que permanece atento sin dejar de observarme.

—Ava —interviene el abogado—. Tu abuelo hizo el testamento como quiso y ni tú ni Blake podíais hacer nada. Ahora es fácil buscar culpables, pero ninguno sabía lo que iba a ocurrir con Daniel.

—Gracias, Jayce. Yo no lo hubiera expresado mejor —comenta Blake—. No quiero que le des vueltas a eso, Ava.

—No es un secreto que me parece injusto. Por eso no quiero negociar contigo. Y si aparece tu padre, que se quede la casa también.

—¿Qué estás diciendo, Ava? Vale, el interés de mi padre por la casa nos está afectando, pero eso tiene que acabarse.

Es tuya. Yo puedo comprarla. Tú no la quieres y yo sí.

Quiero reformarla, darle el aire que siempre he querido.

Estoy seguro de que el abuelo prefería que acabara en mis manos antes que en las de un desconocido.

—Pues entonces debería habértela dejado a ti en herencia si eso era lo que quería.

—¡Eh! Venga, deja eso ya. Tú te beneficias y yo también. Yo consigo la casa que quiero comprar con el dinero que me dejó el abuelo y, si algún día decidiera venderla, también sería una inversión rentable.

—Ya salió el economista…

—Ava… Ya sabes que los negocios son lo mío, pero esta vez no se trata solo de eso.

Quiero transformarla. Mantener su esencia y deshacerme únicamente de las partes más deterioradas.

Mira la parte buena: no tendrás que vaciarla ni pasar por el trago de ver aquí a desconocidos.

A Richard le ha parecido una idea genial.

—¿Y cómo coño se le pone precio a algo así?

—Con el mismo criterio que esas otras ofertas.

—¿El mismo? Si ni siquiera he hablado todavía de precios.

—El administrador del abuelo ya tiene las valoraciones preparadas.

Asiento despacio. Tiene razón.

—Vale. O me la vendes al mismo precio o véndesela a esa familia. Pero se acabó el tema.

—No me presiones. Todavía estoy intentando entender para qué coño quieres un conjunto de tres casas. Reformarlo es una ruina.

—Será un proyecto a largo plazo. Y cuando vengas a Silver no tendrás que alojarte en otro sitio…

Me levanto y empiezo a caminar por el salón.

—Déjame pensarlo, Blake.

—Tienes un día. Necesito cerrar la operación cuanto antes. He obtenido dinero de una inversión importante y necesito moverlo rápido hacia la compra de un inmueble.

—Pero… has dicho que era el dinero de la herencia del abuelo.

—Sí, el mismo que invertí. Tengo beneficios suficientes para comprarla y empezar parte de la reforma. Y tengo poco margen. Estoy decidido. Lo he hablado con Richard y, de hecho, fue él quien me dio la idea.

—Joder… Ya lo hablaremos. Déjame darle vueltas.

—¿Puedo decir algo? —interviene el abogado.

—Claro… —le anima Blake.

—Independientemente del acuerdo al que lleguéis, que no es de mi incumbencia, sí lo es la fecha. Hagáis lo que hagáis, que sea después de declarar.

—No, Jayce, si Ava accede tenemos que dejar firmado el acuerdo antes. Me interesa por temas económicos.

—No te lo aconsejo, Ava. Antes de la declaración no toques nada relacionado con herencias, propiedades o beneficios económicos.

Ahora mismo no estás interesada en eso. Solo estás esperando noticias de tu tío, terminar la excedencia y volver a Boston para reincorporarte al trabajo.

No quiero que una operación así termine llegando al sheriff, al fiscal o a cualquiera que quiera interpretar las cosas de la peor manera posible.

Son pocos días, Blake. No creo que no puedas esperar.

—Habla con Richard, él te dirá lo mismo, Ava. No sé qué narices puede tener que ver la dichosa declaración con esto, pero a mí me interesa hacerlo ahora. Es un acuerdo privado.

—Todavía vivo aquí, Blake.

—Pero ¿es que crees que voy a echarte, joder?

—Blake… ya lo hablaremos con calma. Déjame pensarlo.

—De acuerdo —dice visiblemente molesto—. Me marcho. Lo hablamos mañana.

No protesto. Prefiero que se vaya.

Le acompaño hasta la puerta mientras el abogado permanece en la cocina, dándonos algo de espacio.

—Blake, tengo que pensarlo, pero… en cualquier caso, ya has oído a Jayce.

—Pero ¿quién coño es ese tío para decirte lo que tienes que hacer?

—Mi abogado, Blake. Mi abogado y, al parecer, el único que está intentando evitar que tenga problemas con esa declaración —le digo con un tono más alto del que habría querido.

Blake baja la mirada durante un segundo. Dolido.

Y después se marcha sin decir nada.

Cuando vuelvo a entrar en casa, el abogado está justo detrás de mí.

Lo ha escuchado todo. Y, sinceramente, ahora mismo me alegro.

No dice nada. Solo me abraza. Y solo necesito eso.

—Tengo que hablar con Richard —le digo poco después.

—Lo haremos juntos, socia —murmura antes de besarme despacio, robándome las pocas fuerzas que todavía me quedan.

Esto sigue siendo raro.

Extraño.

Complicado.

Pero también empieza a parecerse demasiado a volver a respirar.