Jayce. Algo más que prohibido 56 ​​ Ava
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56 ​​ Ava

Sin barreras

El agua caliente sigue cayendo sobre nosotros cuando dejo de llorar, o al menos de hacerlo con fuerza. Ya no sé cuánto tiempo llevamos aquí dentro. Solo sé que, en algún momento, he dejado de temblar.

Él permanece detrás de mí, abrazándome en silencio bajo la cascada de agua, con la barbilla apoyada a ratos sobre mi cabeza mojada. No habla. No intenta arreglar nada. No me pide que me calme ni que deje de pensar. Simplemente sigue aquí.

Y creo que nunca había necesitado tanto que alguien simplemente siguiera aquí.

El agua resbala lentamente por mi piel y por los brazos de él alrededor de mi cintura. Está demasiado caliente y, aun así, siento frío por dentro. Es un cansancio extraño… Profundo. Como si acabara de vaciarme por completo, pero no me siento vacía.

Cuando finalmente cierro el grifo, ninguno de los dos se mueve enseguida, solo respiramos. Y lo hacemos despacio.

Jayce aparta el pelo húmedo pegado a mi cuello y me besa la sien con una suavidad que casi me rompe otra vez.

Después me envuelve en una toalla sin decir nada. Otra para él. Sus movimientos son lentos, tranquilos, como si tuviera miedo de hacer cualquier cosa demasiado deprisa y romper este extraño equilibrio que se ha formado entre nosotros. Sin barreras.

No hablamos mientras nos secamos, ni siquiera cuando me coge de la mano para llevarme fuera del baño.

La casa está completamente a oscuras, excepto por una tenue luz que proviene de la cocina.

Y llueve.

La lluvia golpea las ventanas del salón. Todo parece flotar. Lejano. Como si Silver Bay hubiera desaparecido por unas horas.

Jayce suelta mi mano solo un momento para coger el móvil de la mesa. Busca algo unos segundos y después una canción empieza a sonar muy bajito en el salón.

Una voz masculina grave, acompañada de una música lenta y envolvente, nos cuenta algo sobre una noche para la memoria y sobre no ser esclavos de nada.

Y, por alguna razón, siento que podría ponerme a llorar otra vez solo por escucharla.

Jayce deja el móvil sobre la mesa y vuelve hacia mí despacio. No dice nada cuando coloca una mano en mi cintura y la otra en mi espalda. Tampoco pregunta.

Simplemente empieza a moverse conmigo.

Lento.

Tan lento que apenas parece un baile.

Mis manos terminan apoyadas en sus hombros mientras él me acerca más a su cuerpo y balancea apenas nuestros cuerpos descalzos sobre la madera del salón.

No hay prisa. No hay tensión.

Ni siquiera deseo en la forma en que otras veces lo he sentido entre nosotros.

Esto es otra cosa. Algo más profundo. Más peligroso.

Las toallas terminan deslizándose por el roce y ambos esbozamos una leve sonrisa al descubrir que ya solo queda piel contra piel, mientras la voz habla de besar la libertad y de llegar hasta alguien.

Levanto un poco la cabeza y descubro que me está mirando de esa forma silenciosa que últimamente parece desarmarme más que cualquier palabra. Como si estuviera intentando contener algo que ya no sabe esconder del todo.

La lluvia sigue golpeando fuera. La canción continúa sonando bajito. Y el pecho de Jayce todavía está húmedo y caliente contra el mío.

—Hola, Ava —susurra de pronto al notar que lo observo.

La voz le sale tan baja, tan suave, que siento algo rompiéndose dentro de mí otra vez.

—Hola, Jayce —respondo casi sin aire.

Él sonríe apenas. Una sonrisa cansada. Triste.

Y sigue moviéndose conmigo por el salón en silencio mientras la voz sigue cantando que quedarse quieto puede ser una forma de salvarse.

No sé de qué me ha salvado esta noche, pero lo ha hecho.

Y sin barreras.

Y le he llamado Jayce.