55 Jayce
Ensayo
—¿Qué problema tienes con darme un analgésico? Eres médica —le digo mientras me resisto a que siga cubriéndome la cabeza con las manos.
¿Por qué he tenido la brillante idea de decirle que me va a explotar la cabeza?
—¿Quieres callarte de una vez? Es algo tensional, y estos movimientos te aliviarán más que un analgésico. Deja de resistirte. Deja que sea yo la que guíe tu cabeza, déjate llevar.
Resoplo y le hago caso.
Sus manos me cubren la cabeza guiándome en diferentes direcciones; algunos movimientos bruscos, otros suaves.
Vale, es una terapia y puede que funcione, pero esas manos frotándome constantemente no son buenas para mí, por mucho que alivien este maldito dolor.
Después de una rendición de diez minutos, por fin termina.
—¿Mejor?
—Sí, ahora dame una pastilla.
—No me lo puedo creer —protesta cruzándose de brazos.
—¿Qué problema tienes? ¿No serás una de esas médicas que todo lo quiere curar con «cosas naturales»?
—¡Oh! Me has pillado. Cuando entro en el quirófano siempre recurro a los cánticos y a la invocación de los dioses de la salud. No falla casi nunca.
—Casi nunca… ¿Y cuando falla? —le digo disfrutando de su actitud.
—Lo opero.
Esta vez me echo a reír.
—Vale, no me des ninguna pastilla, algo me ha aliviado. Pero quisiera empezar el ensayo de una vez por todas. O tendrás que hacerme seis masajes de esos.
—Por mí no hay problema, eso del ensayo me saca de quicio.
—Es importante, y creo que, habiéndotelo explicado tres veces, es suficiente.
—Vale, abogado, vamos a ensayar la maldita declaración —acepta de mala gana sentándose donde hace más de media hora le he pedido que lo hiciera. En el centro del salón, en una silla, frente a mí, que estoy de pie.
—¿Seguro que no hay malas noticias?
—Ava, ya te lo he dicho. No hay nada que me haya hecho pensar que esto no va a ir bien. Lo habitual. Te lo he contado todo con detalle.
Aunque he omitido las referencias, las pocas que he obtenido, en cuanto a que Ava podía ser una persona de interés en la investigación, el resto sí se lo he explicado sin ocultarle nada.
—¿Necesitas que te lo cuente de nuevo?
—No, te creo. Y… me alegro, temía que te hubieran dicho algo… malo.
Esta vez sí que no esconde su preocupación.
—¡Eh! No te preocupes, ¿de acuerdo? Vamos a bordar estas preguntas. Probemos hoy, pero tenemos tiempo de ensayar mil veces.
—De acuerdo —me dice asintiendo, como si se impulsara.
—Bien, empecemos el interrogatorio. Yo soy el fiscal. Estamos en una sala del juzgado, él, tu abogado y yo.
—¿No hay juez?
—No. No estás imputada. De momento solo van a tomarte declaración y escuchar tu versión de todo esto.
—¿Y lo que le conté al sheriff?
—Eso forma parte de la investigación policial. Ahora fiscalía quiere escuchar directamente a todos los implicados antes de decidir cómo sigue el caso. ¿Lo entiendes?
—Sí… creo… pero… me asusta un poco.
—No tienen nada real contra ti —continúo, en un intento de tranquilizarla de nuevo—. Lo único que intento evitar es que los nervios, el cansancio o una mala explicación conviertan esto en algo más complicado de lo que realmente es.
La observo unos segundos antes de continuar.
—Escúchame. El fiscal no va a sentarse delante de ti pensando que eres una asesina.
Va a sentarse delante de una mujer que discutió públicamente con su tío, que terminó apuntándolo con una escopeta y cuyo tío desapareció poco después.
Y sí, eso impresiona más de lo que te gusta admitir.
Pero también hay contexto. Mucho contexto. Y ahí es donde entramos nosotros.
Ava baja un poco la mirada, todavía tensa.
—Por eso quiero que ensayemos esto bien. No para inventar nada ni para cambiar tu versión. Solo para evitar que respondas de forma impulsiva o demasiado corta y alguien interprete algo que no ocurrió. Porque créeme, Ava, eso pasa constantemente.
—¿También harán lo mismo con los demás?
—Con todos. Blake declarará. Leanne, Ethan…
y probablemente cualquiera que haya estado mínimamente relacionado con Daniel durante estos meses.
La diferencia es que tú eres quien tuvo el enfrentamiento más visible con él.
Tú eres la de la escopeta. Y eso nos obliga a que todo esté mucho mejor explicado. Nada más.
Se queda callada unos segundos.
—¿De verdad crees que todo va a salir bien?
—Sí —respondo sin dudar—. Lo creo de verdad. Y si no lo creyera, no estaría aquí perdiendo el tiempo haciendo simulacros absurdos contigo. Estaría preparando algo muy distinto.
Eso parece tranquilizarla un poco. Apenas un poco, pero suficiente para que deje de tensar los hombros.
—Así que respira hondo, deja de imaginar catástrofes y contesta las preguntas como hemos hablado. Lo demás déjamelo a mí.
—De acuerdo, venga, empecemos.
—¿Por qué amenazó a su tío con una escopeta?
—No lo amenacé.
—Hay testigos, doctora Halstead.
—Lo estaba echando de mi casa.
—¿Con un arma?
—Era la única forma de que se fuera.
—Mal, Ava, mal.
—¿Perdón?
—Suena a que perdiste el control.
—Es que lo perdí.
—Entonces acabas de sonar como alguien que perdió el control.
Ava se inclina hacia delante.
—No tenía ningún motivo para hacerle daño.
—No lo has dicho.
—¡Porque es obvio!
—No hay nada obvio en una declaración, Ava.
Silencio otra vez. Más tenso.
—Otra vez. ¿Por qué la escopeta? —le digo con paciencia.
—Porque tenía miedo de que no se fuera.
—Bien. Sigue por ahí.
—Y porque ya estaba cansada de él. De las discusiones. De que apareciera constantemente hablando de ese maldito tesoro.
Asiento despacio.
—Bien, pero falta algo —añado.
—Qué sorpresa. ¿Qué pasa ahora?
—Ava…
Ella pone los ojos en blanco, pero se calla.
—Todo eso tiene sentido en tu cabeza porque tú conocías a Daniel y llevabas un tiempo soportando la situación. Pero, desde fuera, un fiscal solo va a ver una pelea familiar, una escopeta y una desaparición posterior.
Esta vez sí consigue tensarse. Me mira como si estuviera decidiendo si mandarme a la mierda o cooperar.
—Mi abuelo me pidió que protegiera la casa y que no dejara a mi tío entrar porque estaba obsesionado con encontrar algo dentro.
Intenté razonar con él muchas veces, pedirle que desistiera de esa idea, pero no me hizo caso.
Cuando llegué a mi casa, lo encontré moviendo una vitrina y preparando herramientas para romper parte del salón. Me asusté y reaccioné mal.
—No reaccionaste mal.
Frunce ligeramente el ceño.
—¿No acabas de decirme que parecía una loca con una escopeta?
—No pongas palabras en mi boca. He dicho que, si lo cuentas mal, pueden interpretarlo así. Es diferente.
Eso parece desinflarla un poco.
—Vale. Me asusté y me angustié mucho.
—Un poco mejor. Ahora el testamento.
Y ahí vuelve la tensión. Inmediata.
—No me gusta esa parte.
—Lo sé, Ava. Al fiscal le interesa.
—Mi tío creía que mi abuelo le dejaría la casa a él, y cuando descubrió que no era así, se enfadó. Creía que yo le había manipulado para ello.
—¿Y es eso verdad?
—No.
—Demasiado corto.
—Pues no voy a escribir una tesis doctoral cada vez que me hagan una pregunta.
A pesar del tono seco, estoy a punto de echarme a reír.
—Ava, en una declaración las respuestas cortas son maravillosas hasta que empiezan a sonar evasivas.
—No soy evasiva.
Levanto una ceja.
Ella también se da cuenta.
—Vale, quizás un poco. Empecemos de nuevo.
Esta vez sí que centra sus respuestas, las explica con detalle y es convincente. Conforme va respondiendo, ella misma se da cuenta de cómo pueden interpretarse y hasta se corrige a sí misma.
—¿Alguna pregunta más?
—Lo has hecho muy bien, terminaremos pronto. Una o dos más…
Parece satisfecha y, por primera vez desde que empezó, esboza una pequeña sonrisa.
Esa pequeña sonrisa consigue relajarme a mí también.
—Esta es comprometedora, escúchala bien.
—Venga, dispara. Estoy lista —dice como una niña que acaba de recibir un premio por su buen comportamiento.
—¿Qué cree que habría ocurrido si no hubieran aparecido Blake Halstead o el sheriff Nolan Pierce? ¿Habría disparado, doctora Halstead?
Ava se queda inmóvil… Demasiado.
No responde enseguida, y algo cambia en su expresión de una forma tan brusca que dejo de ver a la mujer irritada y sarcástica que llevaba más de una hora discutiendo conmigo. Ya no está a la defensiva. Ya no parece enfadada.
Parece agotada. Y hay algo peor.
Angustia.
La forma en que toma aire me pone inmediatamente en alerta.
—¿Quiere saber qué habría pasado, señor fiscal?
—me dice mirándome fijamente, aunque da la sensación de que ya no me está viendo a mí—.
Nada. Eso es lo que habría pasado. Absolutamente nada.
Porque yo jamás le habría hecho daño a mi tío, ¿comprende?
Jamás. Y si pudiera volver atrás, ni siquiera cogería esa maldita escopeta. Ni siquiera estaría en ese lugar.
Su voz empieza a romperse.
—Si pudiera volver atrás, le dejaría hacer los agujeros.
Me daría igual. Que cavara, que destrozara paredes, que levantara el suelo entero si quisiera…
porque nada de eso importaría ahora. Y quizás él seguiría aquí.
Seguiría en la clínica. Seguiría pareciendo un lunático obsesionado con ese maldito tesoro…
Las primeras lágrimas empiezan a caerle por las mejillas.
No intento interrumpirla. Ni siquiera creo que pudiera hacerlo.
—Eso es lo que haría, señor fiscal —continúa, alzando cada vez más la voz mientras se levanta de golpe—.
Porque escuché a mi abuelo. Porque seguí esa absurda última voluntad como si todavía pudiera seguir controlándolo todo después de muerto.
Porque esta casa no tendría que ser mía. ¡Yo no quiero esta casa!
Empieza a caminar por el salón con movimientos desordenados, secándose las lágrimas sin conseguir realmente detenerlas.
Y entonces lo entiendo. No está respondiendo a una pregunta. Se está derrumbando.
—Yo no quiero vivir aquí —continúa—. No quiero pasarme la vida cuidando una casa gigantesca que ni siquiera siento como mía.
Yo quiero volver a Boston. A mi apartamento.
A mi trabajo. A un quirófano donde me dejen operar sin sentir que toda mi vida se ha detenido por culpa de esta casa, de esta familia y de este maldito pueblo.
Se le quiebra completamente la voz.
—Y él sí habría sido feliz aquí. Era su casa también. Era su padre. Si quería hacer agujeros, que los hiciera. Si quería buscar tesoros, que los buscara. ¿Qué importaba? Pero yo se lo impedí. Incluso después de muerto, mi abuelo siguió ganándole. Y yo le ayudé a hacerlo.
La observo completamente paralizado.
Y, de repente, toda esa imagen de mujer dura, sarcástica e imposible de doblegar desaparece.
Solo queda alguien roto. Alguien que lleva demasiado tiempo cargando sola con demasiado peso.
—Y ahora no sé dónde está —dice casi ahogada por el llanto—. No sé si acabó haciéndose daño en algún sitio. No sé si desapareció después de que yo lo encañonara como si fuera un ladrón cualquiera. No sé si pensó que yo era igual que mi abuelo…
Eso me golpea más fuerte que todo lo demás.
Igual que mi abuelo.
Ahí está la verdadera herida.
—Y solo… —se rompe por completo al intentar seguir hablando— solo quiero saber que está bien y poder marcharme de aquí.
Quiero echar de menos a mi madre sin que todo esto siga aplastándolo absolutamente todo…
Y… quiero que vuelva, sano y salvo, y poder decirle que le regalo la maldita casa, que haga con ella lo que quiera…
Ya está.
Ya no puedo seguir observándola desde lejos.
Sé que necesitaba sacarlo. Sé que interrumpirla antes habría sido un error. Pero verla así empieza a resultarme insoportable.
Cuando quiero darme cuenta, ya me he movido.
Llego hasta ella justo cuando termina desplomándose en el suelo, encogiéndose sobre sí misma mientras intenta recuperar un control que ya no existe.
Me arrodillo a su lado y la abrazo con fuerza casi por puro instinto.
Le sujeto la cabeza contra mi pecho mientras intento que deje de temblar.
—Ya está, Ava… tranquila… ya está.
Se aferra a mí inmediatamente.
Y siento sus lágrimas empapándome la camisa mientras intenta respirar.
Quiero que deje de pensar.
Quiero que deje de sentir durante un momento.
Quiero protegerla.
Y, por primera vez desde que llegué a Silver Bay, me importa una mierda lo que eso pueda significar.