54 Jayce
Barreras
La cabeza amenaza con estallarme desde hace más de una hora y empiezo a sospechar que el café mediocre de la fiscalía de Duluth tiene algo que ver. O quizás simplemente sea el agotamiento acumulado de los últimos días.
Richard me ha dejado solo unos minutos en el salón mientras va a buscar no sé qué al despacho y, sinceramente, agradezco el silencio.
Su casa es exactamente el tipo de lugar que esperaba de alguien como él: grande, elegante, demasiado ordenada y con esa sensación constante de que todo cuesta más dinero de lo necesario.
Su vida, ahora que se ha apartado un poco de la empresa, aunque no del todo, transcurre entre esta casa y la de Duluth, que, por lo que he escuchado, es mucho más moderna y grande que esta.
Lo suficiente para que su mujer, su hijo y la esposa de este vivan en armonía y tengan su propio espacio.
El día ha sido largo. Mucho más útil que productivo.
La reunión con fiscalía ha confirmado prácticamente lo que ya imaginaba.
La investigación sigue abierta, Ava continúa siendo relevante dentro del caso y la declaración sigue adelante dentro de trece días.
Nada nuevo. Ninguna prueba importante. Ningún avance real.
Solo esa sensación constante de que todos saben que hay algo que no encaja y nadie consigue señalar exactamente qué es.
He intentado averiguar hasta qué punto consideran a Ava una sospechosa real, pero la respuesta ha sido tan ambigua como esperaba.
No creen tener motivos suficientes para ir contra ella, pero tampoco pueden descartarla.
Hay demasiadas tensiones familiares, demasiadas contradicciones y una desaparición sin resolver en mitad de todo.
El fiscal, al menos, no parecía especialmente interesado en presionar. Más bien cansado. Como si llevara semanas atrapado en un caso que no termina de avanzar hacia ninguna parte.
Con Nolan Pierce, el sheriff, ha sido distinto.
Entiendo por qué Richard me insistió tanto días atrás en que hablara con él fuera de un despacho.
Nolan habla poco incluso cuando decide hablar, pero lo observa absolutamente todo.
La conversación oficial que tuvimos días atrás apenas sirvió para presentarnos y coordinar la declaración de Ava.
Hoy, en cambio, he podido medirlo un poco mejor.
Sigue sin decir nada claro sobre Ava. Y precisamente eso es lo que más me inquieta.
No creo que la vea como una asesina. Pero tampoco creo que tenga claro dónde colocarla dentro de todo esto. La observa igual que observa la casa Halstead, a Blake, a los miembros de la clínica o la desaparición de Daniel: como piezas de algo que todavía no consigue ordenar.
Y, por extraño que parezca, creo que el propio Nolan empieza a sentirse incómodo con la investigación.
Tiene intuiciones, eso resulta evidente después de hablar apenas veinte minutos con él. Pero también da la impresión de medir muchísimo cada palabra, como si fuera consciente de que señalar a la persona equivocada aquí podría arrastrar a demasiada gente.
Y, sinceramente, empiezo a entender por qué.
Las desapariciones voluntarias suelen dejar algún rastro, aunque sea mínimo.
Un movimiento bancario, una llamada, una conexión del teléfono, una retirada de efectivo, cualquier gesto que indique que la persona sigue tomando decisiones en algún lugar.
Daniel desapareció hace más de un mes y no hay nada.
Ni movimientos en sus cuentas, ni actividad en su teléfono, ni una sola señal que permita seguirle el rastro.
Tampoco desaparece dejando una vida cerrada detrás de él. Había impugnado el testamento y reclamaba la casa. Además, continuaba al frente de la clínica y tenía planes, obligaciones y asuntos pendientes que no encajan demasiado bien con alguien que decide desaparecer sin más.
Y, al mismo tiempo, entiendo por qué Ava sigue formando parte de todas las conversaciones. Discutió con Daniel pocas horas antes de que desapareciera. Y no de cualquier manera.
Ni huida voluntaria.
Ni suicidio.
Ni nada que indique que le han quitado la vida.
Ninguna explicación termina de mantenerse en pie demasiado tiempo cuando empiezan a revisarla de verdad.
Y Blake…
Blake sigue siendo el primo preocupado, colaborador y aparentemente transparente que llama al sheriff para preguntar por novedades y aparece en casa con comida casi todas las noches.
Nadie parece verlo como un problema. De hecho, probablemente sea la única persona de esta historia sobre la que nadie parece tener dudas reales.
Eso debería tranquilizarme más de lo que lo hace.
Richard aparece con un pequeño álbum familiar de fotos.
—Es una selección de las fotografías que mejores recuerdos me traen de la familia Halstead.
Me lo entrega y finjo más entusiasmo del que realmente siento. Me interesa verlo, no lo niego, pero ahora mismo tengo la sensación de que mi cabeza podría estallar en cualquier momento.
Como si me leyera el pensamiento, añade:
—Aparecen varios miembros de la familia, en distintos momentos. Mi gran amigo Thomas, también su padre y… Maren, Daniel, Blake, Agnes. He pensado que a Ava podría gustarle. Pensaba regalárselo dentro de unos días, pero quizás ahora sea un buen momento. No sé si Ava te ha mostrado fotografías…
—Alguna sí, pero pocas. Me gustará ponerles rostro a algunos miembros de la familia Halstead. Y a ella le vendrá bien —le digo, bastante satisfecho de no tener que revisar el álbum acompañado de explicaciones nostálgicas durante las próximas dos horas—. Gracias, Richard. Sé que le gustará.
—Es también mi familia, aunque muchos ya no estén. Ava es probablemente a quien menos he tratado estos últimos años, pero la he visto nacer y crecer. Es una gran chica. Inteligente y con mucho carácter.
Hasta ahora, Richard apenas había hablado directamente de Ava. Durante el camino a Duluth, tanto de ida como de vuelta, así como en algunos momentos de espera, Richard me ha hablado de la familia.
De su amigo Thomas, al que nombra sin poder evitar cierto brillo orgulloso en los ojos. Una vida entera unidos, desde niños.
De la primera y segunda mujer de Thomas, aunque a Agnes no parece tenerle demasiado cariño. No le perdona que sus desavenencias con Thomas las resolviera abandonándolos a todos y volviendo al Reino Unido.
De Maren, a la que le ha dedicado más que un brillo en los ojos, también alguna lágrima discreta. Ha repetido varias veces la injusticia de que haya perdido la vida tan joven y de no haber podido seguir disfrutando de su hija, a la que adoraba de una manera especial.
De Leanne, que considera una mujer con muchos valores y mucha bondad; de Daniel, al que considera el más débil y atormentado de toda la familia por sus disputas con Thomas y sus malas decisiones; y de Blake, a quien solo ha dedicado elogios de todo tipo: profesionales, personales.
Y… a su hijo Ben, al que ha nombrado varias veces y se ha animado a contar su trágica pérdida.
Admito que tantos dramas familiares me han afectado, pero necesitaba escucharlos.
—¿Qué crees que le ha podido pasar a Daniel? Tienes una teoría, algo que te ronde la cabeza.
—No, querido Jayce, estoy tan perdido como los que investigan, pero si soy honesto no creo que Daniel esté felizmente en alguna parte.
Creo que, si recibimos noticias de él, serán malas.
No sé qué ha podido pasar, pero él estaba muy involucrado en la clínica, tenía una muy buena relación con Blake…
Marcharse sin más, como hizo hace muchos años, no encaja de ninguna manera.
Y, por si te sirve de algo, sea cuál sea la explicación para su ausencia, aunque tenga un mal desenlace, sé que Ava no tiene nada que ver. Podría jurarlo.
—Ava no ha tenido nada que ver, lo sé —le digo, interpretando mi papel de novio afectado—, pero las últimas andanzas de Daniel la dejaron en una situación comprometida. Ya conoces el episodio de la escopeta…
—Sí, no son muchos los que lo conocen, pero estoy al corriente.
Lo sé por Blake y por Nolan. No sé qué podía pasar por la cabeza de Daniel…
—hace una pausa—. Le he querido como uno más de mi familia.
Era el mejor amigo de Ben y sé cuánto le trastornó perderlo.
En poco tiempo también perdió a Agnes, a la que adoraba.
Y Thomas… aunque lamente decirlo ahora que está muerto, no fue un buen ejemplo ni un buen guía para él.
Llevó demasiado lejos sus diferencias y jamás debió permitir que pasaran tantos años enemistados.
Era su hijo, maldita sea. A veces parecía que el único orgullo que importaba era el suyo.
Discutí muchas veces con ese cabezota obstinado, pero nunca conseguí que rectificara ni con Daniel ni…
con Blake. Esa idea disparatada de no darle su lugar solo porque no llevaba su sangre…
—Sí, cuesta entender.
—Y esa tontería del tesoro…
—¿Daniel hablaba de ello contigo?
—Thomas me lo contó. Y cuando Daniel empezó a hostigar a Ava intenté que desistiera, que se centrara en el formidable trabajo que estaba haciendo en la clínica, pero no conseguí convencerlo, visto lo visto.
Lo poco que repetía era que su padre le había engañado y que la casa debía ser suya.
Y, sinceramente, Thomas tampoco manejó bien eso.
Ava no necesita esa propiedad. Daniel era quien realmente iba a aprovechar la casa, aunque tuviera la absurda obsesión de excavar paredes buscando fantasías.
Tarde o temprano se habría cansado. Pero Thomas era demasiado orgulloso con su apellido, su legado y todo lo que representaba esa casa.
Total, ¿para qué? Para que termine en manos de un desconocido.
Mejor en las de Daniel, incluso con boquetes en las paredes.
Me echo a reír. Su forma de narrarlo es lo más sensato que he escuchado hasta ahora sobre toda esta historia. Richard es un buen hombre, lo presiento. Cercano, cariñoso y, además, alguien tremendamente inteligente que logró levantar un pequeño imperio dentro de la industria maderera del estado.
—Yo opino igual, Richard. Debió dejarle la casa a Daniel o incluso a Blake.
—Pero no lo hizo, y hay que respetar su voluntad. Solo espero que Blake y Ava puedan centrarse de una vez en sus vidas, que bastante mal lo han pasado. Y respecto a Daniel… cada vez me cuesta más pensar que podría no volver a verlo nunca más.
Lo poco que hablamos después gira en torno a Alexander, a quien Richard conoció durante el funeral de Maren y de quien conserva una buena impresión. «Me alegro de que Ava pueda contar con más familia», dice con cierto pesar, dando el tema por terminado.
Nos despedimos después de que insista varias veces en invitarnos a cenar dentro de unos días, cuando regrese su mujer.
Habría consultado antes con Ava, pero ha sido tan insistente que me ha resultado imposible negarme.
Blake también está invitado. Para entonces ya habrá vuelto de Duluth y sabrá que he tenido contacto con Richard, a pesar de que siempre me ha dado la impresión de que, si hubiera dependido de él, jamás se habría producido. No sé exactamente qué intenta proteger.
Escuchar el relato de Richard también me ha hecho replantearme algunas cosas sobre Blake. Es evidente que ha cargado con demasiado durante años. Thomas, Daniel, la casa… Empiezo a entender mejor esa actitud protectora y reservada que mantiene constantemente.
Ava sé que lamenta no poder compartir con él la mayor parte de las ideas que planteamos sobre el caso, pero no ha vuelto a quejarse.
Estoy deseando llegar para contarle todo lo que he escuchado hoy y tranquilizarla. Sé que está nerviosa, inquieta, mucho más de lo que quiere aparentar. Incluso distante conmigo sin llegar a estarlo realmente.
La cercanía de los primeros días desapareció casi por completo y ya no sé si fue decisión suya, mía o de los dos.
Y, sinceramente, lo que al principio me pareció lo más sensato ahora empieza a resultarme incómodo.
No me atrevo a decir que la echo de menos. Ni siquiera tendría sentido, dadas las circunstancias y lo poco que me permito reconocer algo así.
Es mejor así. Me cuesta menos entenderme cuando ella mantiene distancia. Recupero el control, me hago menos preguntas, dejo de darle vueltas a cosas que no debería plantearme.
Es mejor así.
No. Joder. ¿A quién quiero engañar?
Me revuelve el estómago cada vez que se encierra en su dormitorio y lo único que queda por delante son horas y horas de silencio.
Pues sí. La echo de menos.
Ojalá hubiera mantenido la cabeza ocupada en cualquier otra cosa. No quería pensar en esto. Maldita sea.