53 Ava
Sin susurros
—Ava, querida, ¿puedes darme una cifra aproximada? —me ha preguntado Leanne hace más de media hora respecto a un stock de material de curas.
Debería habérsela proporcionado hace rato, solo tardaré unos minutos en obtenerla, pero las únicas cifras que hay ahora mismo en mi cabeza son otras.
Trece días para la declaración.
Dos meses y medio para terminar la excedencia.
Treinta y dos días desde que desapareció el tío Daniel.
Una semana desde que el abogado llegó a Silver. O a mi vida, aunque eso último empieza a sonar demasiado personal para lo poco que está pasando últimamente.
Tres días. Esa sí es la cifra que más me ronda la cabeza.
Tres días sorprendentemente tranquilos.
Mientras yo he atendido a más pacientes de los que me habría gustado, mi abogado mejor y oficial se ha dedicado a conquistar Silver Bay.
No solo a Leanne, Ethan o Scott Jensen, el médico más serio y menos sociable de la clínica, que ahora incluso parece dispuesto a gastarle bromas de vez en cuando, sino también a los pacientes y hasta al dueño de la cafetería.
«Buenos días, señor Merrick».
He escuchado esa frase más veces de las que puedo entender. En la clínica, en la cafetería, en el restaurante…
Incluso Blake parece haberle cogido cariño. Casi todas las noches aparece en casa con algo de cena y termina compartiendo una charla con nosotros, lejos de desapariciones, declaraciones y tesoros absurdos.
Ha utilizado el timbre, como le pedí, y eso me ha costado miles de bromas que he aguantado con mucha paciencia. Pero al menos no se ha molestado, como me temía.
No hay datos nuevos. Nada que parezca despertar la curiosidad del abogado desde que decidió desmontar la absurda teoría del tesoro y sugerir que el tío Daniel buscaba otra cosa.
Nolan Pierce, el sheriff, tampoco parece especialmente interesado en remover nada últimamente.
Ha pasado un par de veces por la clínica.
Preguntas rápidas, silencios incómodos y esa forma extraña de observarlo todo que hace imposible saber si está relajado o si simplemente espera algo.
Blake suele llamarlo para preguntarle si hay novedades. Nunca las hay. O eso dice él.
Jayce ya habló con él oficialmente hace días, cuando notificó que asumiría mi representación legal de cara a la declaración y cualquier asunto relacionado con la investigación. Según él, fue una conversación correcta, breve y completamente profesional. Nada destacable. Pero hoy volverá a verlo.
Richard se ha ofrecido a acompañarlo primero a Duluth, donde tiene previsto reunirse con la fiscalía, y después volver a Silver para hablar con Nolan. Richard es una persona muy influyente en el condado.
Eso es lo que hoy está haciendo el abogado. Reunión con fiscalía, con el sheriff, con Richard…
Intento no pensar demasiado en ello, pero me inquieta y estoy deseando que llegue para que me lo cuente todo. Y es que… ese «todo» suena demasiado serio para una investigación que, según todos, parece completamente estancada.
Cada vez que Nolan aparece tengo la sensación de que intenta decidir si soy una mujer atrapada en una situación horrible… o alguien capaz de haber hecho algo mucho peor.
Le expresé esa inquietud al abogado y me tranquilizó, pero sé que evita hablar del tema. Quiero creer que no me está ocultando nada. Se comprometió a compartirlo todo conmigo.
Y Blake no sabe nada de las reuniones de hoy. Otra cosa más que le oculto. Últimamente no hago más que moverme entre medias verdades, cambios de tema y conversaciones a medias, con la desagradable sensación de estar traicionándolo constantemente.
Así que las conversaciones han derivado hacia otras cosas. Las anécdotas de Jayce con la gente de Silver Bay, los pacientes de la clínica o Leanne, a quien ha conquistado de todas las formas posibles.
—Ava, querida, has tenido mucha suerte con Jayce. Es maravilloso.
Me lo ha repetido ya dos veces en tres días.
Y sí, mentirle me remueve más de lo que esperaba. Fingir que es mi pareja también. Pero el juego empezó hace tiempo y, aunque siga pareciéndome absurdo a ratos, ya no sé cómo salir de él sin convertir todo esto en algo todavía más incómodo.
Supongo que parte de este agotamiento viene de ahí.
O de la declaración.
O del tío Daniel.
O de llevar demasiadas semanas funcionando en automático.
No lo sé.
No ha vuelto a aparecer en mi dormitorio a medianoche para susurrarme algo, ni yo he vuelto a escribir mensajes en la pizarra para él.
Todo eso simplemente… desapareció.
Seguimos llevándonos bien. Discutimos por tonterías de convivencia, por su ego sobredimensionado, por sus modales ingleses o por su obsesión enfermiza con la limpieza.
Pero nada más.
Ni él ha dado un paso ni yo tampoco.
Y probablemente sea mejor así.
La última noche, abrazados en el sofá, tuve la sensación de estar acercándome demasiado a algo que no puedo permitirme ahora mismo.
Porque Jayce terminará marchándose de Silver Bay.
Y yo también, pero Boston será un lugar inmenso donde ambos nos perderemos por separado.
Y las cosas que aquí parecen fáciles probablemente dejarán de serlo cuando volvamos a nuestras vidas reales.
Así que debería sentirme más tranquila ahora que todo parece haberse calmado un poco. Pero no lo estoy.
Quizás sea el asunto de Sloane, Victoria y Andrew, que me dejó un sabor extraño.
O que el tío Daniel siga desaparecido y cada vez me cueste más evitar pensar en ello.
O quizás tenga que ver con el hecho de haber aprovechado que Blake estará dos días en Duluth para pedirle a Richard que reciba a Jayce, después de habérselos presentado hace unos días en la clínica.
Últimamente no hago más que ocultarle cosas a mi primo y jugar al despiste.
Pero el juego ya ha empezado y lo único que quiero es terminarlo de una vez.
Quizás entonces consiga entender por qué tengo la sensación constante de estar agotada.
Y… no, no es el abogado.
No y no.