52 Jayce
La pizarra
Dormir abrazados parece haberse convertido en un hábito, y no me quejo, pero también lo es el hecho de despertar como si fuéramos desconocidos, aunque tampoco me quejo.
Me alegro de no ser el único que pone barreras y le da a esto un sentido práctico, al menos de cara a la convivencia.
Estamos en el salón del jardín, con un despliegue de papeles sobre una parte de la mesa, y café, tortitas y fruta sobre la otra.
Yo de pie, al lado de la pizarra, ella sentada, interrumpiéndome cada dos palabras.
A pesar de haber acordado escribir una lista de las ideas que me llaman la atención de todo el caso, Ava Halstead ha decidido que me detenga después de cada frase, incluso antes de escribirla, para seguir dándole vueltas a lo que le conté anoche sobre Andrew, Sloane y Victoria.
Se lo conté con detalles, pese al agotamiento mental que arrastrábamos a esas horas. Y, para mi sorpresa, como casi todo lo que se refiere a ella, su reacción fue casi inexistente. Curiosidad, algo de sorpresa, pero un simple gesto en el que levantó los hombros y dijo: «No lo entiendo».
Es evidente que ahora tiene ganas de comentarlo, pero no es el momento. Ni siquiera es relevante para el caso, se trata de una historia paralela en su vida.
—Ava… ¿empezamos? —le digo por decimonovena vez.
—Sí, sí, empezamos —me dice sin mirarme, concentrada en su taza de café, con las piernas cruzadas y ligeramente recostada.
También está recién duchada, con un recogido alborotado y unos mechones mojados que no deja de colocarse detrás de la oreja, una blusa escotada y una falda que deja ver esas largas piernas de infarto, pero… eso tampoco es relevante.
Ni esos labios, ni ese perfume afrutado ni las cuatro veces que se ha puesto crema hidratante en las manos, entre sorbo y sorbo de café.
—Recuerda. Yo anoto las ideas y tú comentas brevemente lo que quieras, sin cuestionar, sin defender.
—Dos días después… —dice ignorándome.
Harto de interrupciones, anoto en la pizarra a toda prisa un resumen de lo que hay en su cabeza.
Andrew. El exnovio. Una mezcla entre aventura pasajera y forma de llenar las horas libres después del trabajo.
Ruptura con Ava. Cuarenta y ocho horas después, demasiado cómodo con Sloane.
Sloane conoce a Victoria. Abrazo en el hospital.
Minutos después, Sloane acompaña a un médico. Victoria finge no conocerla.
—Sí, se te dan bien los resúmenes. Pero ¿por qué apuntas eso?
—Porque es lo único que parece de tu interés ahora. Acabemos. ¿Hablamos de ello?
—No hay nada que hablar. Sloane y Andrew están liados desde hace tiempo, seguro. Y no tengo ni idea de por qué se conocen Victoria y Sloane. Ni por qué fingieron. Lo averiguaré. Ya está. Venga, deja este tema ya, abogado, vamos a centrarnos en lo importante. Borra eso.
No me lo puedo creer…
—¿Centrada? Por favor…
—Absolutamente. Tú escribe y comentario breve. Solo son conjeturas, posibilidades y dudas. ¿Correcto?
—Correcto.
—Primera nota del abogado —me ordena mientras se incorpora y mira atentamente la pizarra.
Escribo la primera nota.
Daniel entró de madrugada en su casa.
—A la una o dos de la madrugada podría estar bien —añade la doctora.
—Eso nos da un margen para tu coartada, pero Ethan tiene dudas —añado yo.
Daniel quedó con Ethan al día siguiente.
—No tenía intenciones de marcharse a ninguna parte —dice Ava.
—O pretendía despistar.
Daniel pasaba noches fuera.
—Eso no lo sabía. Ni idea. ¿Tenía novia?
—Si es así… ¿quién es?
Daniel se llevó la cartera y el móvil.
—Nadie lo secuestró o lo secuestró con eso en el bolsillo —dice entusiasmada.
—Tenía planeado ir a algún sitio.
Blake habla de su padre en pasado.
—Tiene claro que le ha pasado algo malo —dice muy seria.
—Es sospechoso.
Daniel entró por la ventana. ¿Sabía que estaba rota?
—Se lo pudo decir mi abuelo.
—O Blake.
Leanne quiere saber cuándo se da por muerto a alguien.
—Teme que lo hagan pronto y no investiguen.
—Le interesa que lo den por muerto.
Ava se muerde la lengua, lo sé, pero está colaborando.
Daniel quería estar solo para buscar el tesoro.
—Quería hacer muchos agujeros y no le dejaríamos.
—No quería testigos. ¿Por qué?
—Eso ya está aclarado, abogado. La teoría de Blake es la más lógica.
—Yo dudo.
Planos de la casa. ¿Algún documento que justifique el tesoro?
—Planos hay, de todas las casas. Ninguno demuestra nada. De haber sido de otra manera, mi abuelo habría querido también ese tesoro. No hay tesoro. Leyenda. Locura de Daniel.
—Algo le llevó a esa locura. ¿Qué?
DANIEL QUERÍA IMPUGNAR EL TESTAMENTO.
—¿Por qué la escribes en mayúscula? ¿Es importante?
—Ahora mismo es la más importante para mí, Ava.
—Ya te lo expliqué. Mi abuelo le engañó. Él tenía una copia de un testamento en el que le deja la casa; mi abuelo se lo enseñó.
—¿Lo has visto?
—Sí. Él creía que con eso podría impugnarlo.
—Para eso tendría que demostrar que tu abuelo no estaba en plenas facultades.
—Eso pretendía, creo.
—Y dar por válido el anterior.
—Exacto.
—Y si conseguía lo que quería, el tesoro sería suyo.
—Correcto.
—Entonces ¿por qué se adelantó y entró en una propiedad que no le pertenecía? El tesoro habría pertenecido a la dueña de la casa.
—Puede que pensara que no iba a conseguir nada con esa impugnación y decidiera actuar por su cuenta.
—No, Ava. Creo que vamos mal. Creo que vamos en la dirección equivocada.
—No te entiendo. ¿Qué quieres decir?
La miro fijamente, necesito toda su atención.
—Que tu tío no era un tesoro lo que buscaba, buscaba otra cosa, Ava, una más valiosa para él.
Lo peor es que, por primera vez, no sé qué responderle.