Jayce. Algo más que prohibido 51 ​​ Ava
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Más normas

—Si no hubiera decidido saltarme las normas, habría ido a tu dormitorio a susurrarte algo —le digo después de haber viajado otra vez a las estrellas y haber esperado un tiempo prudencial para recuperarme.

—Confieso que tengo curiosidad. ¿Me voy a mi dormitorio y me lo cuentas?

Al escuchar sus palabras, me doy cuenta de que estamos abrazados en mi cama, como si hasta ahora no hubiera sido consciente del nivel de intimidad.

—Puedes quedarte —le digo con una voz casi agónica.

—Te escucho.

—Me gusta saber la verdad, sentirla, no pensar en ella. Funciono mejor de cara, cuando sé dónde piso, cuando siento que todo está bajo control. Cuando siento que me faltan piezas, mi cabeza empieza a irse a sitios de mierda.

—¿Eso es lo que te ha pasado esta noche?

—Sí. Escucharte hablar de la investigación me ha hecho pensar que podía haber más de lo que me has contado.

Has hablado con muchas personas en la clínica, con Leanne, Blake, Ethan…

No me lo cuentas, aunque no sea importante, pero tengo la sensación de que estoy fuera de algo, de que puede haber algo que desconozco y entonces se suceden las catástrofes.

Empiezo a creer que algo va mal, que pueden acusarme de algo, que mi vida se va a la mierda…

—Entiendo. Necesitas estar al corriente de todo para no pensar en un desenlace catastrófico.

—Exacto.

—¿Y cómo puedo ayudarte, Ava?

—Muy sencillo, abogado. Cuéntame. Eres escueto en tus respuestas, no compartes nada si no pregunto y, cuando lo hago, eres selectivo. Tus gestos también te delatan, pero se quedan contigo. Quiero estar dentro de esto, aunque duela, aunque me altere, pero siempre será mejor que imaginar.

—Te entiendo.

—Entonces, hazlo.

—Pero hay un problema, Ava. Yo llevo la información que recibo a muchos lugares.

Sube, baja, me hace dudar, después se aclara.

La considero importante, luego no. Me llama la atención, la conservo como algo importante, la descarto, la resuelvo…

Es un sinfín de interrogantes que viajan en todas direcciones.

—¿Y crees que no seré capaz de seguir su ritmo?

—No sé si eres capaz.

Me incorporo y enciendo la lámpara que hay en mi mesita. Emite una luz pequeña, solo para cubrir la lectura, pero es suficiente para ver algo de su rostro. Necesito ver sus ojos. Él se incorpora también.

—Ava, todo lo que pase por mi cabeza corresponde a tu vida y a personas que te rodean, que quieres o te importan.

Especialmente Blake, que es el que más metido está en todo.

Si dudo de algo, me llama la atención, no me gusta o me incita a averiguar algo más, no puedo compartirlo contigo.

Le proteges, le defiendes, y yo necesito seguir ese proceso sin detenerme continuamente y escuchar cómo lo justificas todo.

Es un proceso, y si solo dieras tu versión u opinión sería estupendo.

Pero no opinas, defiendes. Y, además, se lo cuentas todo.

Acepté que quisieras formar parte, pero… no puedo permitir que haya errores.

—¿Te refieres a que no quieres que esté dentro?

—No lo quiero dentro, Ava, lo quiero donde están todos.

Él sabe que no soy tu novio, y con eso es más que suficiente.

Sabe que estoy investigando, que es mucho.

No puedo compartir contigo todo como me pides porque pondrás límites, querrás conducirlo hacia un lugar en el que todo esté libre de sospecha y no puedo hacerlo así.

Quiero sacarte de aquí, pero solo puedo hacerlo a mi manera.

Debes confiar en mí y, si quieres estar dentro de todo, bienvenida, pero seremos tú y yo.

Te escucharé, pero no me recrimines constantemente lo que he podido interpretar o lo que me genere dudas.

—Te entiendo, pero… es que con Blake no debes tener ninguna duda.

—No me habló muy bien de tu abuelo, y a su padre lo considera una víctima de él, una de tantas.

—Sé lo que opina de mi abuelo, y lo entiendo. Mi abuelo ha hecho mucho daño, lo sé.

—Siempre habla de su padre en pasado…

—Se teme lo peor, pero eso no significa nada.

—¿Lo ves, Ava?

No le respondo. No quiero adelantarme. Quiero entenderlo.

Me separo de él lentamente y salgo de la cama.

Me visto rápidamente y salgo al salón. Necesito aire.

Después de veinte minutos aparece él, parcialmente vestido.

Veinte minutos que me han ayudado a entender lo que quiere decir.

—Quiero que lo compartas todo, absolutamente todo, no me empujes a esos malditos vacíos que tanto daño me hacen. Opinaré, te ayudaré a entender, pero no justificaré. Y quedará entre nosotros.

Se acerca a mí, pero parece que cambia de opinión y se aleja en dirección a la cocina.

Unos minutos después, lo ha preparado todo para que estemos sentados en el sofá, con una copa de vino.

—Tiene que quedar entre nosotros, todo, por insignificante o descabellado que te parezca.

—De acuerdo —le digo alzando la copa.

—Cuando todo esto acabe, se lo cuentas a modo de anécdota, lo entenderá. Di que te obligué.

—De acuerdo.

—¿Le contaste lo del club?

—¿Por qué?

—Porque me lo ha soltado.

Eso no me gusta, le pedí a Blake que no hiciera ningún comentario sobre nada de lo que yo le había contado. ¿Dónde está su excesiva discreción?

Alza de nuevo la copa.

—¿Hacemos un pacto, doctora? Confidencialidad abogado y cliente.

—Hagamos un pacto, abogado. Confidencialidad y todo, lo quiero saber todo.

—Que así sea. ¿Confías en mí?

—Si no me pides que justifique la respuesta, te respondo.

—Me basta con saberlo —dice sonriendo.

—Sí —le digo de forma cómica—. ¿Y tú?

—Sí, doctora, confío en ti. Tampoco me pidas que lo desarrolle.

Sonreímos, brindamos y, para mi sorpresa, me pasa la mano por la espalda y me aprieta contra su cuerpo. Me acomodo para adaptarme.

—Venga, comparte… Cumple con tu parte del trato —le pido mientras intento no pensar en lo que estamos haciendo. Tan nuestro, tan cercano…

—Solo son notas mentales, hay varias. Tengo que ordenarlas todas en la pizarra. Pero como hay alguien que se dedica a usarla para jugar…

Le doy un codazo.

—Un resumen. De hoy.

—Solo a modo de titular. Ya lo desarrollaremos en su momento. Sin comentarios. A título informativo. Hay que darle un respiro a la cabeza, ¿de acuerdo?

—Estoy de acuerdo. Dispara. ¿Qué titulares merece el día de hoy?

—Blake no quiere que hable con Richard.

—Ajá.

—Ethan cree que Daniel entró de madrugada en casa. Solo lo cree, no lo va a declarar.

—Vaya… Sigue.

—Ethan había quedado con Daniel al día siguiente.

—Ajá.

—Leanne me ha vuelto a preguntar cuánto tiempo es necesario para declarar a alguien muerto.

—Otra vez… Ajá.

—Ahora le toca a Ava.

Me deshago de su abrazo.

—¿A mí? Sin comentarios, ¿recuerdas?

—Te he hecho unas preguntillas antes, ¿recuerdas?

Asiento con la cabeza.

—A modo de titular —le amenazo.

—Me parece justo —dice empujándome para que vuelva otra vez a la antigua posición.

—Veamos, abogado, ¿qué querías saber? Novios, amigas en Boston, amigas en Silver… Acabaré rápido.

—Lo de la ropa interior, sáltatelo. Eso ya lo sé. Empieza por novios.

—Novios… Nunca he tenido. Andrew fue una circunstancia. Al principio, una aventura sin más; después, la necesidad de cubrir las horas del día que sobraban después de dormir y trabajar doce horas. Ocho meses sin apenas vernos y… un final justo, el resultado de la falta de interés suya y mía.

—Un año y medio bien aprovechado.

—Sin comentarios, abogado, solo titulares.

—De acuerdo, me he colado. Amigas aquí.

—No tengo amigas aquí. Tuve una, desde la infancia hasta que me fui a la universidad. Después nada. Fue novia de Blake, la dejó y me dejó de hablar. Y no comentes, es tal cual y no merece la pena.

—Tres preguntas breves.

—A modo de titular.

—Esfuérzate un poco y acabamos.

—Adelante —le digo sin ocultar mi cansancio.

—¿Tus amigas conocen a Andrew?

—¿Eso es una pregunta importante?

—Lo de no cuestionar se te ha olvidado.

—Pues no preguntes gilipolleces. Eso no es relevante para el caso.

—Contesta, por favor.

—Sí, se han visto alguna vez. Dos… tres veces.

—¿Alguna de ellas conoce a tu padre?

—No.

—¿Y a Victoria?

—No, claro que no.

—Háblame de Victoria.

—Háblame tú, Jayce, yo apenas la conozco. Hemos coincidido dos veces, dos.

—Cuéntame algo… —dice con pesadez.

—Las veces que la he visto ha sido correcta, amable. Han sido dos cenas. Una para presentármela, otra para celebrar el cumpleaños de mi padre. Los tres solos. En privado. En su casa.

—¿Te cae bien?

—No le caigo bien, no le gusto. No por mí, sino por lo que represento. Lo noto. Ella no pudo tener hijos y no debe de haberle hecho gracia que mi padre se saque una hija de la chistera.

—¿Te lo ha dicho tu padre?

—Él dice que todo esto es nuevo para ella, que le cuestan los cambios.

—¿En qué contexto te dio esas explicaciones?

—Después del accidente intenté hablar con él durante días.

Su teléfono estaba desconectado y, cuando llamaba a la oficina, me decían que estaba ausente.

Mi padre le pidió a Victoria que me llamara para explicármelo todo.

Después de eso, cuando intentaba hablar con él, era ella quien atendía y me decía que no se le podía molestar.

Tardé días en volver a hablar con él. Cuando me quejé, lo justificó todo igual: el accidente la había puesto muy nerviosa.

Pero fue fría, antipática y hasta me dijo que, si pensaba ir a Boston, que no lo hiciera porque mi padre no recibía visitas.

—¿Eso te dijo? ¿Se lo contaste a tu padre?

—Sí, de una forma sutil, no quiero líos, pero volvió a justificarla.

—Quiere hablarte de algo, Ava.

—¿De qué?

—De tu amiga Sloane, de Victoria y de Andrew.