Jayce. Algo más que prohibido 50 ​​ Jayce
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Desde el otro lado

Esto empieza a convertirse en una costumbre. Los días empiezan con distancia, avanzan con algo más de cercanía y terminan con una explosión, una verbal y otra pasional. Esta podría ser una buena descripción de mis cuatro días en Silver Bay.

Sin embargo, esta noche, la explosión ha sido distinta, más interior, más dolorosa. Y juro que no era capaz de comprenderla.

Por eso he recurrido a esas dosis, que empiezan a ser adictivas, de «El Jayce que yo conozco».

Esta vez, como las otras, ha sido efectivo y me ha ayudado a entender, que es lo único que necesito a veces para no envolverme en mi coraza, esa que tanto me ayuda a entender lo que me rodea.

Hay quien la llama altivez, frialdad o arrogancia, pero yo la llamo «ser feliz», y siempre funciona. Según mi madre, desde que nací.

Pero con Ava el muro se me hace pedazos y me lleva a una situación que me angustia: no comprender. A veces a ella, a veces a mí.

—Intento ser yo, Aiden —le he dicho hace unos minutos—, pero dejo de serlo porque llevo la prudencia al extremo y a veces mido demasiado las palabras.

Dejo de serlo porque me freno con deseos que no sabía que tenía o me dejo llevar por otros todavía peores.

A veces bromeo, me quito el envoltorio de abogado centrado solamente en la causa o tiro demasiado de una interpretación de hombre simpático hasta agotarme.

Y a veces no sé qué he podido decir para que se sienta mal.

Y a veces, aunque no lo entienda, lo sigo haciendo porque disfruto con la provocación, con el desafío.

Todo eso le he soltado al pobre Aiden, que me ha escuchado en silencio hasta que le he pedido que suelte algo interesante o que calle para siempre.

—El Jayce que yo conozco es capaz de entender, como cualquier abogado, que las palabras «investigado», «sospechoso», «persona de interés», «imputado» se sienten de otra manera desde el otro lado.

Producen miedo y angustia. Por eso el Jayce que yo conozco aprendió hace mucho tiempo a utilizarlas de forma tan sutil que hasta pueden ser placenteras.

—Entiendo —le he dicho—. ¿Algo más, hermanito? Breve, de hecho, solo quería desahogarme.

—Deja de cuestionarte, sé como te salga de los cojones ser.

—Eso es muy enriquecedor.

—Y muy práctico, Jayce. Uno no deja de ser uno mismo porque se comporte de otra manera, siempre que sienta que esa forma de comportarse es libre o está justificada.

Después de escuchar a mi filósofo particular, me siento… igual o peor, pero puede que más tranquilo.

Me siento libre, excepto para acostarme con ella, pero… sinceramente, me da igual lo que su padre opine. Y me siento libre porque todos esos cambios y situaciones forzadas están justificadas.

Y, además, entiendo que la palabra «investigan» le ha afectado. Ella es el otro lado, tiene razón Aiden.

Fin de la tortura mental. Ya no puedo más. Solucionado.

Ahora toca arreglar el estropicio.

Hace más de una hora que desapareció en su cuarto. Hoy no hay «pizarra», pero sí habrá susurros.

Entro en su cuarto, como siempre, despacio, enfrentándome a la oscuridad y guiándome por una única ranura de luz. Su cuerpo bajo las sábanas. Silencio absoluto.

Me siento en el borde y, al hacerlo, noto algo punzante que me obliga a dar un salto.

¡Joder! Pero ¿qué coño es esto?

Me aguanto las maldiciones cuando toco el ojo destartalado de la mazorca.

Dory Sue…

¿Qué coño hace en la cama?

Necesito un rato para recomponerme y ella, que debe de estar encantada, ni se inmuta.

—Nada ha cambiado, doctora Halstead —le susurro—.

Recuerda que soy tu abogado oficialmente y recuerda que te dije que te sacaría de aquí.

No es un camino tan complicado como crees, pero tiene algún elemento que puede tocar los cojones y solo hay que limpiarlo.

Y tengo la buena o mala costumbre de querer que sea una limpieza impoluta, perfecta, que roce la divinidad.

Y para todas esas preguntas que te haces…

esa es la respuesta. Buenas noches. Y sí… sigues estando jodidamente prohibida.

—Tú también estás jodidamente prohibido, abogado oficial desde hace un día.

—Error. Te has saltado las normas, no deberías contestar. Deberías esperar a que salga y, dentro de unos minutos, darme la respuesta en mi cuarto.

—¡Oh! Vaya. ¿Algún error más?

—Has dicho que estoy prohibido.

—Cierto, es «algo más que prohibido».

—Así me gusta, doctora, dándome la categoría que me merezco.

—Buenas noches, abogado… Es blanca.

—¿Blanca?

—Mi ropa interior. La prefiero blanca.

—Otro error, doctora. Ahora no toca un «buenas noches», ni toca contestar preguntas. Otra vez te has saltado las normas…

Y eso es lo que hacemos. Saltárnoslas todas.

—¿Seguro que es blanca tu preferencia? —le digo mientras empiezo a desprenderme de su ropa interior—. No debes mentirle a tu abogado.

—Juro y perjuro que es blanca —me suelta antes de empezar nuestro próximo viaje—. Enciende la luz y verás que no te miento.

Pero no lo hago. No me importa la luz. No es cuestión de ver, sino de sentir.

Su olor, su cuerpo… esas largas piernas, esos jadeos, esa manera de estirarme del pelo y volverme primitivo.

Ese «joder» que pronuncia y me recorre el cuerpo con electricidad.

Esos labios tan increíblemente perfectos.

Esas manos de cirujana que ahora están en mi… ¡Joder!

Esta complicada doctora me está dejando sin mi preciosa coraza en tan solo cuatro días.

El Jayce de antes habría salido corriendo…

Pero es que el Jayce de antes nunca tuvo motivos para hacerlo. Esa es la maldita diferencia.