Jayce. Algo más que prohibido 46 ​​ Ava
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46 ​​ Ava

Investiguemos

Acabo de maldecir a todo lo que existe en el universo, de forma muy sucia, cuando me he quemado con la cafetera, y he dejado de hacerlo cuando se ha convertido en la prioridad del abogado y me ha dedicado todas sus atenciones.

Debería preocuparme, pero ya lo haré mañana.

Estoy disfrutando de esa atención porque desde que nos hemos levantado apenas nos hemos dirigido la palabra. Como si no hubiéramos dormido juntos después de habernos dado un festín de estrellas.

Pero parece que esa distancia es lo que se impone entre nosotros.

Y, aunque ahora mismo esté disfrutando de toda su atención, en cierto modo lo entiendo y hasta lo agradezco.

No sé él, pero yo no me puedo permitir pensar, ni analizar, ni soñar, ni sentir demasiado.

Así que mejor seguir fingiendo normalidad.

—¿Quién es el médico aquí? —le pregunto mientras lucho por deshacerme del hielo que se empeña en presionar contra mi mano.

—Sé perfectamente que se debe aplicar hielo, no necesito licenciarme en medicina.

—El frío ayuda, abogado. El hielo directo como si estuvieras conservando un cadáver, no.

—Me he quemado muchas veces a lo largo de mi vida, doctora listilla, y el hielo siempre lo ha aliviado.

—Pues ya va siendo hora de que aprendas que el hielo directo provoca vasoconstricción excesiva y puede empeorar el daño tisular.

—No me vas a convencer con tu jerga.

—Directo, joder, frío directo. Si colocas un trapito entre la quemadura y el hielo… solucionado. Así puedes dañarte más el tejido.

—Anotado. Pero que conste que la próxima vez dejaré que te incendies.

«Eso es justo lo que hizo anoche», pienso. Pero, claro está, no se lo digo. Prefiero disfrutar de su orgullo herido.

Mientras observo la pequeña herida, más rato del que emplearía cualquiera, se dedica a terminar lo que yo no he podido: servir café.

—Apenas se ve… —me recrimina.

—Esto para ti es un «apenas se ve», para mí es un atentado contra las manos de una cirujana…

Me mira justo como no quiero que me mire, ni él ni nadie.

—¡Eh! Ahórrate la compasión. No pretendía dramatizar.

—Ayer… en la pizarra…

—Contesté a tus preguntas. Querías saber por qué me afectó la llamada y te respondí.

—En la pizarra no indicaba «afectada» sino «hundida».

—Eso era ayer, cicatrizo rápido.

—Háblame de ello —me dice mientras se sienta con una taza de café en la mano.

—No es nada nuevo. Cuando estuve en Boston ya me informaron de que, a mi vuelta, no recuperaría mi puesto en cirugía, solo conservaría una plaza en el hospital.

Les escribí para pedirles que lo reconsideraran y ayer me dijeron que no.

Y, por si fuera poco, me dejaron claro que ni siquiera volveré donde esperaba, sino a un lugar peor.

A este paso, cuando vuelva, me tendrán preparando cafés.

El abogado sonríe.

—Lo siento…

—Por eso necesito salir de aquí, para luchar. Solicitaré plaza en otros hospitales, me pelearé con quien haga falta y… conseguiré algo, pero para ello tengo que dejar de sentirme atrapada aquí.

—Dejarás de estarlo.

—¿Es eso un «todo irá bien», «te sacaré de esta, Ava», «me dejaré la vida», «no habrá ni un solo imbécil en este pueblo que se atreva a insinuar que tú has tenido algo que ver con la desaparición de tu tío»?

—Es justo como iba a expresarlo.

Me mira sonriendo, pero tarda poco en darse cuenta de que hablo muy en serio.

—Confía en mí, Ava. Sigamos trabajando —me dice mientras me levanta la barbilla para que lo mire.

Y, por alguna razón absurda, confío en él. Y asiento con la cabeza.

—Tengo muchas preguntas todavía…

—Dispara.

—Poco a poco. Hoy quiero ir a la clínica contigo.

—¿En serio? ¿Cómo sabes que tengo que ir?

—No has hablado precisamente bajito cuando se lo confirmabas a… quien sea que te ha llamado.

—¿Y qué pretendes hacer allí? ¿Que te presente a mis pacientes y comentemos sus patologías?

—Quiero dejarme ver, que comenten… Que pregunten.

—Te equivocas de pueblo. Aquí la gente no hace preguntas, no comenta. Son discretos.

—Alguien que diga «¿Quién es ese chico tan guapo?», «¡Guau! ¿Quién es el tipo tan atractivo que acompaña a la doctora Halstead?». Agitar el avispero… Que hablen de mí, de lo guapo que soy, de mi sonrisa, de mis ojos… Y luego que me conozcan y hablen de mi inteligencia, de mis buenos modales…

¿Habla en serio?

No. Claro que no. Soy una ingenua.

¿O sí?

—¿Es lo que suele ocurrirte siempre, abogado? ¿Siempre provocas esa reacción en los que te conocen?

—Sí, en Boston sí. Ya estoy acostumbrado. ¿Por qué no en Silver Bay? Ya que no hablan de lo que me interesa, que hablen de mí. Lo echo de menos.

No puede hablar en serio. Pero… necesito confirmarlo. Está tan serio, concentrado en su taza, que parece estar hablando del tiempo…

—Yo también vivo en Boston y no recuerdo que nadie hablara de un ejemplar tan increíble… ¿Será porque la ciudad es muy grande?

—Será porque no has estado atenta, porque hablarse se habla. Y no solo en círculos sociales. También en el juzgado, en el bufete… Pregúntale a tu padre. Puedo parecer algo engreído, pero no me gusta el juego de la falsa modestia. Esa es la verdad y me limito a destacarla.

¡Dios mío! Ya me parecía imbécil a veces, pero esto… En cuanto se ha relajado un poco…

—Jayce Merrick, abogado oficial y mejor, voy a decirte una cosa.

Me encantan las personas que se quieren a sí mismas, que se valoran, que se miran al espejo y se sienten orgullosas, pero como profesional de la medicina debo advertirte de algo: existe una línea muy fina entre la autoestima y convertirse en un gilipollas insoportable.

Y tú acabas de cruzarla con una elegancia preocupante.

Se echa a reír.

—Ava, ¿de verdad crees que hablo en serio? ¿Qué concepto tienes de mí? Necesito una respuesta.

Quiero responderle, pero la voz de Blake me frena antes de que pueda hacerlo. No lo había oído entrar.

—Me aburro. ¿Unos bollos de canela? —dice Blake levantando una bandeja tapada que porta con las dos manos.

Jayce sonríe y yo muevo la cabeza.

—¿De dónde los has sacado? —le pregunto tras comprobar que lo que cubre la bandeja es un papel casero.

Blake me mira y asiente de forma exagerada con la cabeza.

—¡No! —le digo llevándome las manos a la boca.

—Sí —dice Blake fingiendo estar consternado—. Son ellos.

Jayce nos mira interrogándonos, pero no dice nada.

—¿Los has hecho tú? —le pregunto.

—Me ha ayudado Leanne.

Jayce sigue observando. Unas veces pregunta demasiado y otras, cuando la ocasión sí necesita una pregunta, se calla.

Nos observa en silencio. Sé que se muere de curiosidad, pero se limita a mirarnos con ese aire omnipresente.

—Mi tía Nancy, su madre, preparaba los mejores bollos de canela de Minnesota —le aclaro.

—Es algo que forma parte de mis mejores recuerdos con ella —añade Blake—.

Todo lo arreglaba con un bollo de canela.

Un día, antes del accidente, le dije que los echaba de menos.

Yo estaba en la universidad. Me dijo que cuando volviera me enseñaría a prepararlos para que, cuando ella no estuviera, la recordara.

Nunca más la vi con vida. Leanne siempre me ha dicho que me iría bien, como una especie de terapia o algo así. Y no he tenido valor hasta ahora.

—Leanne y Nancy eran buenas amigas —le aclaro.

—¿Qué le ocurrió? —pregunta el abogado experto en sensibilidad.

—La atropelló un coche en Duluth —responde Blake claramente afectado.

Me lanzo sobre la bandeja de bollos para cambiar de tema y los reparto. El abogado tarda poco en decir que es exquisito; yo me limito a lanzar sonidos de diferentes frecuencias.

—Hemos usado sus utensilios de cocina, su bandeja…

—¿La casa en la que vives es la que era de tu madre?

—Jayce… ¿puedes comer sin preguntar?

—No.

—No importa, Ava —dice antes de mirar a Jayce—. Sí. Cuando murió pasó a mí y siempre que vengo a Silver Bay me alojo allí. Aunque es una casa que necesita demasiadas reformas y pronto me dará dolores de cabeza.

—¿Y tu padre?

Blake se calla y decido tomar las riendas.

—El tío Daniel se alojaba en la casa de los médicos. Es así como hemos llamado siempre a la casa que compró mi abuelo hace muchos años para alojar a médicos que estaban de paso o trabajaban por temporadas en la clínica.

—¿Por qué no se alojó aquí?

—Mi abuelo y él hicieron las paces, pero prefirieron mantener las distancias. Habían sido muchos años alejados y era mejor ir poco a poco —explico algo incómoda.

—¿Y después de morir el abuelo siguió allí?

Joder, esa pregunta sé que va a molestar a Blake. Es un tema delicado, pero me sorprende.

—Sus intenciones eran mudarse aquí cuando recibiera la casa en herencia, pero no pudo, como sabes.

Me tranquiliza la reacción de Blake y, al mismo tiempo, me revuelve el estómago recordar ese episodio. Soy consciente de que mi abuelo le mintió. Incluso a mí me lo contó. Siento un sabor amargo al recordar aquella conversación con mi abuelo y todo lo que desencadenó después.

—Solo una pregunta más —anuncia Jayce y ambos resoplamos de forma exagerada.

—Por ahora… —aclara sonriendo.

—Dispara, tengo que ir a la clínica.

—Tengo una pequeña duda que quiero que me aclaréis. Daniel quería entrar en la casa para adueñarse de un tesoro. ¿Correcto?

—Correcto —admite Blake.

—También había iniciado los trámites para impugnar el testamento. ¿Correcto?

—Sí, eso parece que pretendía —intervengo yo.

—¿Ese trámite sigue vigente? —pregunta mirando a Blake.

—No, claro que no. Me llamó su abogado hace una semana y le dije que no hiciera nada. No tiene sentido.

—Vale, solo quería saber si lo había entendido correctamente. ¿Nos vamos?

Blake se anima a acompañarnos a la clínica y sale el primero de casa. Puedo ver en su rostro que las últimas preguntas del abogado le han sorprendido como a mí.

—¿Por qué tiene llaves tu primo? —me pregunta cuando entramos en mi coche.

—Porque yo se las di. Eran las de mi madre —respondo algo incómoda.

—¿Desde cuándo las tiene?

—Desde que desapareció su padre. ¿Por qué lo preguntas? ¿Qué insinúas?

—Nada, doctora. Solo quería sacar el tema para… que le pidas que utilice el timbre mientras yo esté aquí. Ya sabes… intimidad.

Asiento con la cabeza. No negaré que cuando ha entrado con los bollos me ha cruzado por la cabeza.

Bien, aclarado, ya sé por qué ha preguntado por las llaves, pero hay algo que no acaba de convencerme. Ese aire misterioso del abogado me pone nerviosa.

No entiendo por qué ha vuelto a comentar lo del tesoro y lo de impugnar el testamento. No lo acabo de entender.

Quizás no tenga importancia, pero algo me dice que esas preguntas las ha hecho por algún motivo muy concreto.

Con Jayce Merrick nada es casualidad. Y esas preguntas tampoco.