Jayce. Algo más que prohibido 42 ​​ Jayce
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El tesoro

La parte central de la casa, la más antigua, provoca escalofríos.

El salón donde Thomas Halstead pasaba horas encerrado tiene algo inquietante, como si al cruzar la puerta uno dejara atrás el resto de la casa y entrara en un lugar apartado del tiempo.

Las cortinas pesadas apenas dejan pasar la luz y el olor a madera vieja, polvo y humedad acumulada durante años se mezcla con el crujido constante de la estructura.

Hay algo extraño en la distribución de los muebles. Aunque el salón guarda cierta armonía, algunas piezas parecen colocadas donde no deberían, como si la habitación hubiera cambiado demasiadas veces con el tiempo.

Me pregunto por qué este salón era especial para el abuelo.

Ava ha propuesto que visitáramos esta casa para ambientar el relato del tesoro por ser donde se originó la leyenda. Me ha parecido una buena idea, pero no ha sido así para Blake, que ha protestado varias veces mientras iniciábamos el recorrido y le ignorábamos.

«Ese sitio da mal rollo», ha sido su elegante definición.

Ahora permanece apoyado contra uno de los sillones, mirando alrededor con evidente incomodidad, mientras Ava aprovecha para recordarle las veces que jugaban a esconderse en esta sala cuando eran pequeños.

—Una vez estábamos jugando aquí y entró el abuelo. Nos escondimos para que no nos viera porque solo podía entrar él —cuenta mientras Blake niega con la cabeza—. Y tuvimos que esperar dos horas a que se marchara mientras nos tragábamos el humo de su pipa.

—¿Qué hacía aquí?

—Este salón le recordaba a su padre y a su abuelo. Eso decía.

Blake no se pronuncia.

Y no puedo evitar recordar las palabras que ha utilizado hace apenas una hora para describir a su abuelo.

«Un cabrón al que solo le importaban él, su imagen y su puñetero apellido». Toda una declaración de amor.

Quizás por ello no ha querido venir hasta aquí, pero Ava puede ser muy, pero que muy persistente.

—Venga, hay que ambientar la puñetera leyenda para que Jayce la comprenda.

—Versión resumida —anuncia Blake— porque no pienso pasar toda la tarde en este museo del terror.

—Gracias —murmura Ava con una de esas sonrisas infantiles que tanto domina y que tanto… ¡No importa! Ahora no viene al caso.

—Antes de que existiera toda esta parte de la casa —empieza a relatar Blake con cierto tono de misterio—, aquí solo había una pequeña vivienda de madera construida por un tipo llamado Silas Crowley.

Bastante rara para la época, según dicen.

Llegó al pueblo a finales del siglo XIX justo después de un robo importante relacionado con dinero y documentos de explotaciones mineras.

Nunca encontraron a los culpables, pero la gente empezó a sospechar de él porque apareció aquí de repente, con dinero suficiente para comprar terrenos, construir una casa y vivir tranquilo.

—La gente también sospechó porque el tío era raro —añade Ava.

—Muy raro —corrige Blake—. Apenas hablaba con nadie y, con el tiempo, empezó a reforzar paredes y modificar partes de aquella pequeña vivienda de madera de formas bastante extrañas.

Después apareció muerto a varios kilómetros del pueblo y la propiedad quedó abandonada hasta que el bisabuelo de Thomas, o sea, mi tatarabuelo, la compró.

En vez de derribarla, decidió conservar la construcción original y ampliarla poco a poco.

Miro alrededor lentamente buscando indicios de lo que ha explicado, pero no logro imaginarme esa antigua casa de madera que ha descrito.

—¿Y el tesoro? —pregunto.

—Se decía que había un tesoro, que Silas lo enterró en la casa —explica Blake—.

Mi tatarabuelo, durante unas reformas, encontró una pequeña caja escondida con unas monedas de oro dentro.

Muy pocas. Las suficientes para alimentar la obsesión, pero no para convertir aquello en un verdadero tesoro.

Las suficientes para que el hombre empezara a repetir siempre la misma frase: «Si eso era lo que dejaron atrás, lo importante sigue aquí».

Esa frase la hemos escuchado hasta caer rendidos de agotamiento.

Todos sabían que bromeaba, pero construyeron una anécdota y, con el tiempo, se convirtió en leyenda y se fueron añadiendo cosas…

Hasta hoy. Supongo que, después de tantos años, la leyenda ya forma parte de la casa igual que la humedad o las tuberías asesinas que chirrían como demonios.

—También forma parte del pueblo, aunque hoy ya no se habla de ello —dice Ava.

Confieso que esperaba algo más emocionante. Es una leyenda sin gracia ninguna: insulsa.

Ahora entiendo por qué Ava ha creado tanta expectación queriendo venir hasta aquí. Era para burlarse de mí. No me cabe ninguna duda.

—Debes de estar pensando que es una leyenda un poco cutre —me pregunta como si me hubiera leído el pensamiento.

—Las he escuchado más emocionantes.

—Hay una versión más romántica.

—Esa es peor, Ava, ahórrasela a Jayce.

—Quiero escucharla.

—Solo cambia la naturaleza de Silas. Dicen que era un aristócrata inglés, que se enamoró de una mujer casada y poderosa, y que los descubrieron.

Tuvo que huir para evitar que lo colgaran y ella, sintiéndose culpable por el destino que le esperaba, le regaló un cofre lleno de joyas y monedas de oro.

Viajó por el mundo sin rumbo hasta que llegó a esta tierra y se enamoró de ella. Se instaló. ¿Cuál te gusta más?

—Esta es menos creíble —afirmo.

—¿Por qué? —pregunta ella desafiante.

—La parte en que llega a Minnesota y se enamora de esta tierra es difícil de creer —le digo echándome a reír.

—¡Eh! ¿Qué problema tienes con Minnesota?

—Ninguna de las dos es creíble —interrumpe Blake ajeno a nuestra disputa—. Solo mi padre se lo creía.

Ava me mira sorprendida. Es evidente que Blake está afectado. Me hace una señal para que nos marchemos.

Ella es la primera en salir y Blake y yo la seguimos. Guardamos silencio hasta llegar al salón de la casa nueva y tomamos asiento de nuevo.

—¿Qué creía tu padre acerca de ese tesoro? —reanudo el tema—. ¿Te hablaba de ello?

—No, jamás me habló de ese tesoro. Nunca —responde Blake—. Me enteré de que tenía esa idea en la cabeza cuando mi abuelo me lo contó antes de morir. Me pidió que estuviera pendiente de mi padre y me habló de sus intenciones de buscarlo en la casa.

Ava se anima a relatar lo que también le pidió su abuelo. Ya me lo había contado Alexander y no añade nada nuevo.

—Era su última voluntad —comenta afligida—. Que mi tío no destrozara la casa buscando ese supuesto tesoro. Y no se equivocó. Poco después de morir mi abuelo empezó a insistirme para que le dejara quedarse a solas aquí unos días. Decía que necesitaba despedirse de la casa, recordar viejos tiempos…

—¿No mencionaba el tesoro?

—Nunca. Pretendía hacerme creer que estaba afectado por no haber heredado la casa y que solo quería pasar un tiempo aquí. Él pensaba que Blake y yo ignorábamos sus verdaderas intenciones.

—¿Y qué hiciste?

—Al principio le daba largas, pero terminó cansándome. Le dejé claro que mi abuelo me había contado la verdad y que no iba a permitir que hiciera agujeros por toda la casa. Desde ese momento cambió. Se volvió mucho más insistente y dejó de ocultar lo que quería.

—¿Cómo defendía su idea?

—Decía que estábamos equivocados, que él sabía que había un tesoro de increíble valor y que estaba en la casa.

—¿Tenía algún plan? ¿Un mapa? ¿Una ubicación?

—No —contesta Blake—. Un día decía que estaba en una parte, otro en otra… Eran ideas desordenadas.

—¿Tú también hablaste con él para que desistiera?

—Claro, mil veces. En cuanto Ava me contó lo ocurrido, y después de que el abuelo me advirtiera… intenté convencerlo de que estaba equivocado, de que no podía entrar en la casa y empezar a hacer agujeros a diestro y siniestro.

—Entonces ¿él no negaba que era eso lo que pretendía?

—Desde que hablé claramente con él no lo negaba —cuenta Ava—. Insistía en lo mismo, que le dejara a solas, que solo haría un agujero y después lo dejaría todo igual que estaba. Pero sabíamos que no era verdad. Justo como dijo el abuelo. Estaba obsesionado. Cada día que pasaba estaba peor.

—Hasta que le sorprendiste intentando cavar en… un lugar concreto.

—Sí. Estaba empujando una de las vitrinas del salón, el que hemos visitado ahora. Tenía varios mazos y otras herramientas dispersas por el suelo. Un saco…

—¿Cómo entró?

—Por la ventana del salón de la otra casa, del museo —aclara Ava—. Estaba rota desde hacía años y… por alguna razón él lo sabía.

—¿Tú no estabas en casa?

—No, por eso entró. Ese día fui a Duluth porque tenía varias reuniones en el hospital relacionadas con material y coordinación para la clínica.

Pensé que estaría fuera casi todo el día.

De hecho, tenía que haber ido él, pero me pidió a mí que lo hiciera.

Yo no sospeché nada porque, a decir verdad, llevaba un par de días tranquilo y no había vuelto a insistir con la casa.

Creí que había desistido. Nunca antes había intentado entrar por la fuerza.

—Y aprovechó tu ausencia para colarse en tu casa creyendo que estarías todo el día fuera…

—Exacto. No pensé que haría algo así.

—¿Viniste aquí directamente y le sorprendiste?

—Sí, no pensaba ir a la clínica hasta la tarde. Cuando vi su coche en la puerta, tuve un mal presentimiento.

—¿Quién sabía que te ibas a ausentar aparte de él?

—Todos los que trabajamos en la clínica.

—¿A qué hora fue el encontronazo?

—Sobre el mediodía. Justo cuando estaban previstas las reuniones. Si se hubieran producido, no habría vuelto hasta muy tarde. Habló con Ethan y le dijo que le había salido algo urgente con su hijo y que le cubriera los pacientes. A Leanne le dijo lo mismo.

—Eso parece improvisado.

—No. Lo tenía planeado —dice Ava—. Me pidió el día anterior que fuera yo a Duluth, que él no estaba en situación de negociar, que estaba nervioso y cansado y prefería estar en la clínica. Tenía planeado hacerlo en mi ausencia, pero volví antes de lo previsto.

Hago una pausa y los observo. Ambos están agotados, pero necesito continuar con algo que me ha llamado la atención.

—Pero… ¿por qué te pedía estar a solas? Una vez que él supo que conocíais sus intenciones, ¿por qué seguía pidiendo estar solo?

—Todo era así de incoherente —dice Ava.

—Creo que yo lo sé —admite Blake.

Ava lo mira sorprendida.

—¿Qué quieres decir?

—Porque en realidad no sabía dónde buscar. Un día hablaba del salón, otro del sótano… Yo creo que quería estar solo para poder probar en distintos sitios sin que nadie lo frenara. Si fallaba en uno, seguiría en otro. Y nosotros no se lo habríamos permitido.

—Claro —dice Ava convencida—. Tiene sentido.

Sí, lo tiene, pero me sorprende que lo aclaren ahora.

—¿Nunca le preguntaste por qué quería estar a solas?

—Jayce, es que no es como crees. Hablar con él de ello era muy complicado. Se ponía nervioso, decía cosas contradictorias. Sí que se lo pregunté, pero me dijo que si no lo veía no estaría faltando a las órdenes de mi abuelo. Una tontería… ¿cómo iba a tomarme en serio lo que decía?

—Jayce —dice Blake—. Él estaba frustrado.

Creía que heredaría la casa, tal y como le prometió mi abuelo.

Le engañó. Cuando abrimos el testamento se vino abajo.

Intentó negociar con Ava, pero al ver su resistencia acabó obsesionándose todavía más.

Se sintió engañado y traicionado. Sí, era absurdo, pero él lo creía de verdad.

—Se lo prometí al abuelo, Blake —comenta Ava como si quisiera justificarse—. No podía permitirle que lo hiciera.

—Lo sé. Era una idea absurda, pero el abuelo le engañó.

—Fue para que le dejara en paz, Blake —lo defiende Ava de mala gana.

Blake asiente y me mira. Creo que pretende que recuerde lo que me ha contado de su abuelo.

—¿Y qué pasó cuando llegaste a casa?

—Intenté que se marchara. Lo hice de mil maneras. Pero estaba como loco. No dejaba de decir «tú no tenías que haber venido», «lo haré», «juro que lo haré», «Dios está conmigo».

—¿Dios? ¿Es una persona religiosa?

—Nunca lo ha sido especialmente, pero cuando volvió a Silver, hace un año y medio, empezó a acercarse mucho a la iglesia y al reverendo —aclara Blake.

—A mí me dijo que la enfermedad de mi madre le hacía ver la vida de otra manera —añade Ava afligida.

—Entiendo… ¿Y qué pasó después?

—Después llegué yo. Me llamó Ava. Venía de Duluth y aceleré cuanto pude. Cuando entré me encontré a Ava con una escopeta y a mi padre moviéndose como si estuviera poseído.

—¿En el salón?

—Sí, donde hemos estado.

—¿Qué pasó para que le apuntaras con una escopeta?

—No me hacía caso. Me ignoraba, seguía empujando la vitrina. Me acerqué a él, tiré de su brazo para que parara y me empujó. Entonces llamé a Blake y fui a buscar la escopeta del abuelo. Solo reaccionó cuando disparé al aire.

—¿Disparaste? —pregunto perplejo.

—Sí. No sabía qué hacer. No pretendía matarle, joder, nunca le hubiera disparado. Solo quería que se asustara y se marchara. Le dije que esperara a ver si la justicia le daba la razón y, si conseguía la casa, que cavara lo que quisiera, pero no funcionó.

—¿La justicia? —pregunto sorprendido.

—Estaba tramitando impugnar el testamento —aclara Blake.

—Pero… ¿había algo en el testamento que apoyara esa idea?

—No. El testamento de mi abuelo era muy claro —dice Ava—. Pero él decía que lo iba a impugnar. Cuando su abogado le dijo que eso podría tardar mucho tiempo, empezó a insistir todavía más en entrar.

—Fue todo muy rápido, Jayce. El abuelo murió, abrimos el testamento, se volvió loco, consultó a un abogado y empezó el acoso para entrar en la casa —añade Blake—. Todo ocurrió en apenas dos semanas.

—¿Y se calmó con el disparo?

—Sí, pero solo un rato —responde Ava—. En ese momento entró Blake… Yo me puse muy nerviosa, Blake también… Y por fin llegó el sheriff, lo disuadió y se lo llevó.

—¿El sheriff llegó en ese momento?

—Lo llamé yo, Jayce —me dice Blake mirando a Ava—. Mi padre estaba fuera de sí y Ava muy alterada. Yo no podía controlar aquello y temí que acabara pasando algo grave. Ahora me arrepiento. Pero me asusté y, por un instante, creí que aquello podía terminar muy mal.

—¿Qué más da, Blake? Eso no cambia nada —le dice Ava—. Díselo, Jayce.

Antes de que pueda decir algo, Blake interviene.

—Jayce, di la verdad, joder. Dile que la cagué. Quiero que hablemos claro.

Ava me mira resignada.

—Sí, Ava —intervengo yo—. Esa llamada lo cambia todo. El hecho de que yo esté aquí ahora es porque había un sheriff que vio cómo apuntabas con una escopeta a tu tío, el mismo que desapareció al día siguiente y parece habérselo tragado la tierra.

Blake esconde el rostro entre las manos y Ava corre a consolarlo.

Yo, de estar en su lugar, no lo hubiera consolado.