Jayce. Algo más que prohibido 38 ​​ Jayce
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Después

Hemos tardado casi una hora en arreglar el estropicio de agua y barro en el que hemos convertido la ducha y parte del resto del baño.

Y lo hemos hecho en silencio, evitando mirarnos, como si lo que ha ocurrido bajo el chorro del agua fuera una fantasía dentro de nuestra cabeza que no quisiéramos compartir.

Cansados y… desbordados. Al menos yo, que evito pensar en ese momento.

Nos encontramos en la cocina, frente a la encimera. Ella frente a un vaso de agua, yo frente a otro.

Ahora no hay nada acertado que decir. Quizá algún comentario insulso… Algo para rellenar…

—Mañana vendrá Blake, me lo ha confirmado. A las once.

He acertado. Un comentario para rellenar.

—Mañana es domingo, no trabajo —le digo entre sorbo y sorbo. Se gira hacia mí y me mira como si quisiera exterminarme.

—Está bien, trabajaré.

—Así me gusta, abogado.

—¿Cómo está Andrew? —le pregunto tras descubrir que el mejor recurso es nuestro escenario favorito: la provocación.

—¿Cómo está Anne? —me pregunta alzando las cejas, altiva.

—Hace tiempo que no la veo.

—¿Y la otra?

—¿Qué otra?

—La que estaba contigo después.

—¿Después de qué?

—Después de nuestra aventura en el baño, esa consentida, de dos adultos, en plenas facultades…

Me echo a reír, parece un robot describiendo la escena.

—¡Ah! Te refieres a Cassidy… Bien, está muy bien. ¿Y Andrew? No me has contestado.

—Hace tiempo que no lo veo.

—¿Por qué lo tenías abandonado?

—¿Por qué abandonaste tú a Anne después de cinco años?

—¿Por qué le pediste que se fuera? ¿No era mejor acabar la velada de forma pacífica?

—¿Por qué permitiste tú que se fuera ella? ¿No era más elegante permanecer a su lado que tirarte a otra en un baño? Y con la otra igual… Mismo modus operandi.

—¿A quién me tiré con la otra?

—A mí. Y fue consentido, de adultos, con las capacidades…

—Vale, me acuerdo, doctora.

—¿Alguna pregunta más? Quiero dormir —afirma enfadada.

—Buenas noches, doctora.

Sale de la cocina altiva y desaparece por el pasillo. Escucho la puerta de su dormitorio.

Veinte minutos después, cuando decido que quizá, solo quizá, puede ser una buena idea, me dirijo a su dormitorio y abro despacio la puerta.

Oscuridad.

No sé si me está ignorando o está dormida. O… probablemente piense que busco algo muy diferente a lo que pretendo.

No dice nada, pero sé que está despierta.

Me siento en un lado de la cama y hablo muy bajito.

—Anne era una compañera de trabajo. Trabajó en el bufete cinco años. Tu padre la envió dos meses a Londres a colaborar con otro despacho y cuando volvió la despidió. Estaba destrozada y me ofrecí a acompañarla aquella noche para animarla un poco.

Noto que se mueve, pero guarda silencio.

Apenas nos ilumina una ranura de luz que entra por la puerta y no es suficiente para ver su rostro.

—Me preguntó por su sustituta, la que tu padre puso en su lugar, y evité hablar de ella; no me correspondía a mí desvelar su identidad.

Cuando me fui al baño, simplemente me fui al baño, a encontrarme con todos esos microorganismos porque eran preferibles a seguir escuchándola.

Anne no era una buena compañera, no había que excederse en atenciones.

La que crees que me tiré en el baño solo era una chica que conocía y que intenté saludar, pero me ignoró.

Solo nos miramos. Y… la que crees que también era mi novia y traicioné contigo en el baño es mi hermana. Aclarado, doctora. Buenas noches.

Salgo del dormitorio y escucho un «buenas noches» lejano.

No sé por qué lo he hecho, pero necesitaba aclararlo con ella, a pesar de que era divertido mantener esa disputa.

Media hora después, presiento que no voy a dormir.

Se abre la puerta y se repite la escena, a la inversa.

Ava se sienta al lado de mi cama, yo guardo silencio.

—Andrew y yo estuvimos saliendo un poco más de un año, quizá un año y medio.

De ese tiempo, ocho meses los pasé aquí junto a mi madre.

Y… hubo algo de contacto, pero poco. Cuando me viste en el club con él fue porque accedí a que me explicara el ultimátum que me puso la noche anterior: o me quedaba en Boston o lo nuestro se terminaba.

No le pareció bien que agotara mi excedencia cuidando a mi abuelo.

En el club me dijo las gilipolleces que escuchaste, que lo tenía abandonado, que había conocido a otra y que, si me quedaba, no se la tiraba y seguíamos como antes.

Fin. Y como tú y yo follamos después de romper, he llegado a la conclusión de que no le fui infiel.

Son detallitos que a mí me gusta mimar. No vuelvas a preguntarme por él, ya lo sabes todo. Buenas noches, abogado.

—Buenas noches, doctora Halstead —le digo mientras sale a hurtadillas.

Una hora después consigo conciliar el sueño, después de lograr hacer desaparecer las imágenes de la ducha de mi cabeza.