Jayce. Algo más que prohibido 37 ​​ Ava
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Agua

No sé quiénes éramos cuando hemos salido de casa unas cuantas horas antes, pero los que entran no son los mismos.

Los que cruzan la puerta son dos niños liberados de tensiones, cubiertos de barro hasta las cejas, que, tras mirarse fijamente en mitad del salón, inician una carrera desenfrenada hacia el baño con la intención de llegar primero.

Son apenas unos metros, pero están llenos de estrategias sucias para impedir que el otro alcance antes la ducha. La idea de utilizar alguno de los baños del museo, claramente, ya no le convence tanto.

Él utiliza sus armas, yo las mías, y son peligrosamente parecidas. Él tira de mi jersey embarrado para frenarme. Yo hago lo mismo con su chaqueta de lana. Resbalamos, chocamos contra la pared del pasillo, perdemos el equilibrio varias veces y volvemos a arrancar entre risas ahogadas y protestas.

El barro húmedo salpica constantemente, pero el que ya se ha endurecido se restriega contra la piel y provoca algún que otro quejido de dolor.

Yo consigo adelantarle durante un segundo, pero él me rodea por detrás y me bloquea el paso con el brazo. Intento apartarlo empujándole el hombro. Él apenas se mueve.

Juega con ventaja.

Es más fuerte, pero mi necesidad desesperada de ducharme primero me convierte en una rival bastante peligrosa.

Seis o siete metros recorridos en más de cinco minutos.

Una batalla absurda que, si fuera justa, nos otorgaría la victoria a ambos, pero termina ganándola él cuando consigue colarse primero en el baño y estirar el brazo hacia la ducha.

El sonido del agua caliente rompiendo el silencio hace que levante la cabeza de golpe.

Jayce sonríe victorioso.

Yo me cruzo de brazos, jadeando todavía por el esfuerzo, y niego lentamente con la cabeza antes de levantar las manos en señal de rendición.

Me doy la vuelta dispuesta a asumir la derrota con cierta dignidad, pero entonces él habla.

Solo dos palabras.

—Qué bien sienta ganar…

Me detengo al instante.

Cuando me giro, está de pie frente a la ducha, a punto de quitarse la chaqueta, descalzándose.

Y eso me parece insoportable.

Corro hacia él y le empujo con ambas manos en el pecho hasta conseguir que entre bruscamente bajo el agua.

Jayce suelta una carcajada incrédula al recibir el primer chorro de agua mezclada con barro sobre la ropa.

No intenta salir. Ni siquiera protesta de verdad.

Solo se recoloca lentamente bajo el agua mientras el barro empieza a desprenderse de su ropa empapada, convirtiendo el suelo en un nuevo barrizal.

No sé exactamente qué pretendía conseguir con eso.

—Tienes muy mal perder, doctora.

—El peor, abogado.

Él aparta el pelo mojado de su frente sin dejar de mirarme.

—¿Te vas a quedar ahí observando?

Me encojo de hombros sin saber muy bien por qué.

Ha sido uno de esos gestos que no pasan primero por el cerebro, sino que parecen tener vida propia.

Porque lo que realmente deseo es quedarme mirando cómo el barro se desliza lentamente con el agua y deja al descubierto un cuerpo que solo recuerdo parcialmente. O… más bien que intento no recordar.

«Reacciona, Ava», me digo recuperando un poco de sensatez. Esto no es buena idea. Es lo que más deseo, pero no es buena idea.

—Eso quisieras, abogado —le digo mientras me giro lentamente, dejándome llevar por mi orgullo, el encargado de ofrecerle una sonrisa triunfal.

—Te equivocas, prefiero que estés dentro, no que observes —me dice tirando de mi brazo con un movimiento tan rápido que, en pocos segundos, después de perder momentáneamente el equilibrio, me lleva hasta el centro de la cabina y yo no soy capaz de hablar.

No negaré que la escena me ha pasado por la cabeza, pero es cierto que no pensaba que se fuera a hacer realidad.

No se lo recrimino. Estoy donde quiero estar, ya pensaré luego en ello.

Baja la cabeza para besarme y, a pesar del agua golpeándonos constantemente, siento sus labios calientes. Ansiosos.

El beso me arranca el aire de golpe mientras mis manos se aferran a su cuerpo mojado.

Todo desaparece alrededor.

Incluso la parte racional de mi cerebro que lleva minutos intentando recordarme que esto es una pésima idea.

La chaqueta de Jayce cae al suelo en algún momento que no soy capaz de identificar y el resto acaba también en el suelo entre cientos de movimientos torpes, especialmente cuando les toca el turno a mis zapatillas.

Jayce tira suavemente de mí hasta pegarme todavía más a su cuerpo y retrocedo sin darme cuenta hasta que mi espalda choca contra la pared fría de la ducha.

Él coloca una mano detrás de mi cabeza para amortiguar el golpe y vuelve a besarme.

Me impulsa en el aire y me abrazo a su cintura con las piernas.

Durante un instante solo nos miramos.

—Estoy prohibida, abogado —le suelto con la respiración agitada.

Me atraviesa con esos ojos azules y grises y arruga la frente.

—¿Prohibida?

—Mi padre…

Sonríe y echa la cabeza hacia atrás.

—Vaya, qué contratiempo… Así que prohibida, ¿eh? —me dice fingiendo tener un gran dilema.

—Alta traición, abogado.

—Eso es muy serio —me susurra antes de darme un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja.

—¿Y qué debería hacer, doctora?

—Salir inmediatamente de esta ducha y ser un chico responsable o…

—O…

—Rebélese, letrado, yo le guardo el secreto.

Se echa a reír.

—Es una decisión complicada, doctora prohibida, déjame pensarlo…

Y entonces me besa con más fuerza. Como si llevara demasiado tiempo conteniéndose.

Y entonces le beso con más fuerza, como si llevara toda la vida conteniéndome.

—¿Ya lo has decidido? —le digo cuando me separo para coger aire.

—Es… una… decisión importante… Déjame pensarlo un poco más…

—Piensa, piensa, te… ¡Joder! —jadeo mientras noto su erección sobre mi abdomen—. Te… nemos todo… el día…

—¿Qué es… exactamente lo que tengo que pensar? —me suelta mientras sus manos están… en todas partes—. Se me ha olvidado.

—En… lo que pasa cada vez que tiras de mi brazo… abogado.

Mi cuerpo está acorralado entre la pared y el suyo mientras el agua sigue cayendo sobre nosotros y mantenemos este absurdo intercambio de frases.

Me vuelve a besar, con prisa y con más ansia que nunca, y creo que me voy a deshacerme y acabar colándome por el desagüe como el barro, una vez que consiga saltar sobre la montaña de prendas empapadas que nos rodean.

Le tiro suavemente del pelo cuando su boca abandona mis labios y desciende apenas unos centímetros, rozando mi mandíbula.

El gesto le provoca una especie de gruñido ahogado que me atraviesa entera.

—¿Prohibida, doctora?

—Pro…hi… vida.

Se acaban las palabras, por fin.

Síííí….

Y me rindo ante todo…

Esto es… increíble…

Su cuerpo lo es…

Y… sus manos que bajan hasta… Joder, sí…

Y ahora… ahora el cielo. Y por eso grito.

Y cierro los ojos y empiezo un viaje… especial.

Un grito más.

Y otro más, el mejor. El que ahogo en mi garganta y el que me funde en sus brazos.

Y el que me acojona.