36 Jayce
Barro
La vuelta a Silver Bay la hacemos en silencio.
No tengo ni idea de lo que puede estar pasando por la cabeza de Ava, aunque reconozco que mataría por saberlo.
En la mía, en cambio, solo hay un intento constante de ordenar todo lo que me ha contado para anotarlo en cuanto llegue a la casa. O… eso intento creer.
Porque la realidad es que no dejo de pensar también en la extraña sensación de normalidad que me ha acompañado durante toda la noche. Una cena tranquila, un pueblo bonito junto al lago, sushi inesperadamente bueno y tres horas completas de tregua con Ava Halstead sin una sola discusión.
Casi da miedo.
Y luego está la dichosa caña del batido. El sonido, la sonrisa, la forma en que se sonrojó.
Y otros cientos de gestos absurdos que me han obligado a apartar la vista continuamente y a dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra cosa para no reaccionar como un adolescente con problemas hormonales.
Lo preocupante no es que Ava me atraiga, sino que empiezo a sentirme demasiado cómodo y tengo la sensación de que nos esperan una buena cantidad de desastres.
El primero no tarda en llegar, aunque de otra naturaleza.
Ava recibe una llamada que no duda en atender, aunque antes de descolgar resopla con hartazgo.
—Vale, tranquila… —le dice a quien sea que la ha llamado.
Después solo emite algunas palabras de consuelo y varias onomatopeyas tranquilizadoras.
Me mira cuando cuelga, frena y detiene el coche.
Estamos a poca distancia de su casa, pero, para mi sorpresa, da media vuelta.
—¿Qué ocurre?
—Earl Whitman… otra vez se ha escapado.
—¿El león?
—Ajá —dice mientras toma un desvío poco iluminado.
—Y… ¿dónde se supone que vamos?
—A Beaver River. Está cerca, unos quinientos metros. Es eso de ahí… —señala algún punto que solo ella parece capaz de identificar en mitad de la oscuridad.
—Un momento. ¿Qué tienes que hacer exactamente?
—Llevarlo a su casa.
—¿Esto sucede muy a menudo?
—No. Puede pasar meses tranquilo, pero tiene épocas en las que los delirios aumentan.
—¿Y tienes que ocuparte tú?
—Confía en mí. Earl me conoce. Será solo un momento.
—¿Qué significa exactamente «solo un momento»?
—Sacarlo de ahí y llevarlo con su madre.
—Pero… ¿ahí fue donde acabaste cubierta de barro?
—Sí.
—Es de noche…
—Con una linterna lo arreglamos.
—¿«Arreglamos»?
—Tienes que ayudarme. Así acabaremos antes.
La miro incrédulo.
—¿Pretendes que me meta en una especie de pantano lleno de barro, completamente a oscuras, para convencer a un hombre que se cree un león de que salga de ahí?
—Bien, abogado. Lo has entendido perfectamente.
—Ni lo sueñes. No pienso llenarme de barro y eso de que se crea un león tampoco me tranquiliza demasiado.
—Es inofensivo. Solo síguele la corriente. Viene aquí porque cree que caza ardillas. Es una de esas cosas injustas de la vida.
—¿Ardillas? ¿Desde cuándo un león caza ardillas?
—Desde que él decidió que sí.
—Aquí no hay leones.
—En su cabeza sí. Y es él.
—¿Por qué no está en una institución?
—Porque es feliz con su madre y no hay necesidad. Esto ocurre pocas veces y suele ser controlable.
—¿Y tienes que encargarte tú?
Detiene el coche y me mira.
—Joder, abogado estirado de Boston. Esto se llama ayudar. Soy médico, le tengo cariño a Earl y a su madre, y aquí no hay un solo vecino que no intente echarles una mano.
—Pero siempre acabas viniendo tú.
—Ha coincidido así. Y cuando hagas tu precioso trabajo y me saques de aquí, su madre tendrá que buscar otro relevo. Mientras tanto, intentaré ser fiel a mi juramento hipocrático. ¿Me ayudas o no? —dice saliendo del coche antes de coger una linterna de la guantera.
Es valiente, sin duda.
Yo, nada más poner un pie fuera, ya estoy arrepintiéndome de existir.
Abandonamos la zona asfaltada, bastante destrozada, y saltamos un pequeño muro de piedras amontonadas.
No veo prácticamente nada, pero Ava parece tener clarísimo hacia dónde dirigirse.
La sigo guiándome únicamente por la luz de la linterna y por su silueta. Intento no mirar al suelo, aunque el chapoteo del fango alrededor de mis piernas ya me está provocando escalofríos.
—Estoy hasta arriba de barro —protesto.
Ava se detiene y gira apenas la cabeza hacia mí.
—No seas dramático, abogado. El barro solo contiene alguna bacteria anaerobia, un poco de materia fecal, algún parásito simpático y quizá alguna forma de vida que todavía no tiene nombre científico.
—Eso me tranquiliza muchísimo, doctora.
¿Cómo coño ha llegado alguien hasta aquí?
¿Y será verdad todo lo que acaba de enumerar?
Joder, ¿no podía llamar a una ambulancia?
El resplandor se hace cada vez más intenso.
Proviene de una linterna enorme que sostiene un hombre cubierto de barro.
¿«Joven»? Ha dicho que era joven…
Si incluimos a un jubilado reciente, cuenta como joven.
Ava me entrega la linterna y se acerca despacio.
—Earl —dice con una voz suave mientras aparta el foco que la deslumbra—. ¿Ya has cazado? Es hora de volver a casa. Tienes que descansar.
Earl la mira fijamente y después abre los brazos.
Con la luz puedo ver cómo Ava avanza hasta hundirse casi hasta las rodillas. Intenta tirar de él, pero no consigue moverlo.
Entonces me mira.
—¿Me ayudas?
—¿Yo? ¿Quieres que me meta ahí?
Al escuchar mi voz, Earl se sobresalta.
—Es amigo mío, Earl. Y también amigo tuyo —le dice Ava intentando tranquilizarlo—. Se llama Jayce.
Después me fulmina con la mirada.
—Vamos…
Una de las pocas veces que me llama por mi nombre y es para arrastrarme a un barrizal nocturno a rescatar a un falso león.
Avanzo sintiendo cómo el barro me cubre hasta casi las rodillas y doy un respingo.
Tengo la sensación de que el suelo intenta tragarme.
Resoplo, maldigo en silencio y tiro del brazo de Earl mientras Ava hace lo mismo desde el otro lado.
Conseguimos levantarlo, pero el hombre se abalanza sobre mí y me llena de barro hasta el pecho mientras casi me hace perder el equilibrio.
Ava intenta sujetarlo y termina salpicándose todavía más.
Y así, agarrados a un hombre que ruge débilmente mientras camina, conseguimos salir de ese maldito barrizal.
—¿Cómo te las arreglaste ayer? —le pregunto mientras recupera unas mantas del maletero para cubrir los asientos.
—Ayer me costó más, pero era de día… Con la oscuridad se bloquea.
—¿Y nunca se te ha ocurrido enseñarle a cazar en otra parte? No sé… en el parque del pueblo, junto a la estatua de tu abuelo y esos jardines perfectos.
Se echa a reír, consiguiendo que mi mal humor desaparezca.
—Parque… —repite el joven león con voz ronca.
Conseguimos sentarlo en la parte trasera del coche y Ava se pone en marcha.
Earl nos acompaña con pequeños rugidos que se me hacen eternos hasta que llegamos a la casa de su madre.
La mujer ya nos espera fuera. Ava baja del coche y me pide que espere; Earl ya no opone resistencia.
Incluso desde la distancia puedo ver que la madre debe rondar los ochenta y muchos años y, por primera vez en toda la noche, lo único que siento es una tristeza enorme por ella.
Ava vuelve al coche con una sonrisa satisfecha.
Y a mí me invade una sensación extraña, algo muy parecido a la admiración y… quizá también a la ternura.
No conozco a mucha gente capaz de hacer algo así de forma completamente desinteresada. No está actuando como médico, no tiene nada que ver con ningún juramento: simplemente está ayudando.
—¿Qué tal estás, abogado? —pregunta arrancando el coche—. ¿Muy preocupado por todos los microorganismos que ahora mismo están invadiendo tu cuerpo?
—Entro el primero en la ducha.
—Ni lo sueñes. Si tienes prisa, te vas al museo. Hay otro baño. Las tuberías rugen como si fueran a explotar, pero creo que todavía sale agua caliente.
—¿Crees?
—Pruébalo y luego me cuentas —dice sin poder contener la risa.
Y desaparecen de golpe la admiración y la ternura.
Porque, por graciosa que se crea, no me hace ninguna ilusión terminar duchándome solo en esa mansión encantada llena de tuberías asesinas.
Lo que realmente me gustaría es ducharme con ella.
Vaya. Ese pensamiento se ha colado y no debería.