35 Jayce
Sushi
Ha sido buena idea salir de Silver Bay.
Two Harbors tiene más vida de la que esperaba encontrar por esta zona de Minnesota.
Más turistas, más movimiento y menos sensación de aislamiento.
El lago Superior lo invade todo. El aire frío, la humedad, el olor a madera mojada y las luces reflejadas sobre el agua consiguen que el lugar tenga algo extrañamente acogedor.
El restaurante que ha elegido Ava está junto al puerto.
Pequeño, moderno y lleno de ventanales desde los que prácticamente puede verse el lago entero.
El sushi es sorprendentemente bueno para un sitio perdido a treinta millas de Silver Bay, y sospecho que ella disfruta bastante viendo que me sorprende.
La tregua también ha funcionado.
Más o menos.
Hemos conseguido cenar sin discutir y mantener una conversación relativamente normal. Relativamente.
Ava ha cumplido su parte. Me ha hablado de Alexander, de cómo apareció en su vida hace poco más de un año, de las llamadas, las visitas y esa especie de relación improvisada que ambos parecen estar intentando construir.
Sin profundizar demasiado.
Sin tocar todavía lo verdaderamente importante.
Pero sí lo suficiente para que empiece a entender algunas cosas.
Y lo raro no ha sido escucharla hablar de él.
Lo raro ha sido conversar con Ava Halstead como si no estuviéramos atrapados dentro de una situación incómoda y complicada.
Incluso relajada sigue teniendo algo desafiante. En la mirada, en el tono, en la forma de observarme cuando cree que estoy diciendo una estupidez. Y ocurre bastante.
Ahora estamos en un bar a pocos minutos del lago. Madera oscura, música baja y demasiada gente riéndose a nuestro alrededor como para olvidar todo lo que nos espera cuando volvamos a Silver Bay.
Ava sostiene su copa apoyada sobre la barra mientras observa el ventanal.
Por primera vez desde que llegué parece tranquila.
Y precisamente por eso me inquieta que me haya animado a preguntarle todo lo que quiera.
Puede que la paz se termine en cuanto lo haga.
—¿Quieres que te hable de Blake?
—Puede esperar, no quiero discutir.
—¿Quién quiere discutir, abogado?
Niego con la cabeza mientras observo cómo juega con la caña que hay dentro de su batido y me obligo a mirar hacia otro lado.
—Háblame de la relación con su padre. Desde el principio.
Ava tarda unos segundos en contestar. No parece incómoda. Más bien da la impresión de estar ordenando la historia en su cabeza.
—Para eso tengo que hablarte primero del tío Daniel y de mi abuelo.
—Entonces empieza por ahí.
Asiente lentamente.
—Mi madre siempre decía que su hermano, el tío Daniel, tuvo una adolescencia complicada. Muy complicada. A los quince años todo le explotó a la vez. Por un lado, estaba Agnes y, por otro, Ben.
Ese nombre me resulta familiar inmediatamente. Lo he leído varias veces en los informes y notas que Alexander reunió cuando empezó a investigar todo esto.
—¿Agnes?
—La segunda esposa de mi abuelo. Cuando se casó con ella, mi madre y Daniel eran muy pequeños. Agnes prácticamente los crio. Pero cuando ellos eran adolescentes, los abandonó y regresó a Reino Unido.
Percibo cierta frialdad en su tono al hablar de esa mujer. No parece afectarle.
—¿Y eso afectó especialmente a Daniel?
—Muchísimo. Estaba muy unido a ella. Mi madre decía que se quedó destrozado. Mucho más que ella, que era más fuerte que Daniel. Y justo entonces desapareció Ben Kensington, su mejor amigo.
Da un pequeño sorbo al batido antes de continuar.
—Un día salió del instituto y nunca volvió.
La frase consigue que aparte la vista del lago.
—¿Nunca encontraron nada?
—Nada. Ni una pista. Richard movió cielo y tierra para buscarlo. Entonces ya tenía muy buena posición económica, contactos y empresas importantes. Contrató detectives privados, organizó búsquedas durante meses y removió medio estado, pero no sirvió de nada.
Habla de ello con una naturalidad extraña, como alguien que ha escuchado esa historia demasiadas veces desde pequeña.
—¿Y Daniel?
—Se culpó durante años. Ese día no fue con Ben después de clase porque acompañó a una chica a su casa. Al parecer siempre iban juntos. Para un chico de esa edad no era fácil.
—Desde luego, mucho menos cuando ni siquiera apareció.
—Jamás. Nunca se supo nada. Mi abuelo siempre decía que Richard nunca volvió a ser el mismo.
Y Daniel tampoco. Eran como hermanos. Mi madre decía que dejó de dormir bien, empezó a tener muy malos resultados en el instituto, a meterse en peleas…
y se volvió muchísimo más conflictivo. La relación con mi abuelo empeoró una barbaridad.
Se aparta el pelo detrás de la oreja mientras continúa hablando, tranquila, sin aparentar problema alguno en seguir removiendo aquella historia.
—Supongo que ninguno de los dos estaba bien. Mi abuelo adoraba a Ben casi como si fuera otro hijo, y sufría por su amigo Richard, y Agnes acababa de abandonarlo. Mi madre siempre describía aquella época como una de las peores que vivieron en esta familia.
—Desde luego no debió de ser fácil —comento mientras observo en su rostro el peso de hablar de personas que ya no están y a las que echa de menos.
—Después Daniel se fue a la universidad de Chicago y, supongo, todo pareció volver a la normalidad. Al menos para ellos. Volvió a Silver Bay licenciado y dispuesto a trabajar en la clínica. Y poco después conoció a Nancy, la madre de Blake, cuando él tenía dos años. Y se casaron, y adoptó a Blake.
—¿Qué pasó con el padre biológico de Blake?
—Murió en prisión cuando Blake era un bebé. Un robo… No sé bien qué pasó.
Asiento lentamente.
—Y deduzco que eso tampoco le gustó a tu abuelo.
—No, en absoluto. No aprobaba ese matrimonio, ni la adopción. Y menos todavía porque un par de años antes mi madre también había vuelto embarazada, justo después de terminar la carrera, antes de empezar la residencia. En ese caso, el padre no era un delincuente, pero no existía.
No lo dice con dolor, ni siquiera con resentimiento.
Más bien como alguien que lleva demasiado tiempo acostumbrado a convivir con esa realidad.
—¿Y terminó aceptando el matrimonio?
—Sí. Poco a poco. Nancy era una buena mujer. Demasiado buena, en realidad. Era difícil no cogerle cariño.
Su tono cambia ligeramente al hablar de ella. Más cálido.
—Durante un tiempo vivieron en la casa que ahora ocupa Blake, la que te enseñé ayer.
Después se mudaron al museo. Blake y yo crecimos juntos.
Íbamos al mismo colegio, pasábamos el día juntos y Nancy prácticamente nos cuidaba a los dos mientras mi madre trabajaba en la clínica.
Al final… terminamos funcionando como una familia.
—¿Y tu abuelo también lo veía así?
Ava niega suavemente con la cabeza.
—Mi abuelo acabó aceptando la situación, pero nunca trató a Blake como me trataba a mí. Nunca llegó a verlo realmente como un nieto. Ni siquiera le gustó que mi tío le diera su apellido y lo adoptara.
Hace una pausa antes de continuar.
—Pero él era así. El apellido, el legado, la imagen familiar… todo eso le importaba demasiado. Y ninguno de sus hijos vivió la vida que él había imaginado.
—¿Contigo sí tuvo buena relación tu abuelo?
Esta vez sonríe. Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Sí. A mí me adoraba. Y yo a él.
—¿Y qué ocurrió después?
—Que mi abuelo y el tío Daniel empezaron a tener problemas otra vez.
No lo sé con exactitud, creo que chocaban en la clínica…
Eran muy diferentes. Blake y yo tendríamos diez u once años.
Un día discutieron muy fuerte y mi tío desapareció de la noche a la mañana.
Se largó. Y no volvió a Silver Bay hasta dieciocho años después.
Frunzo el ceño inmediatamente.
—¿Qué? ¿Por qué no me habías dicho que tu tío ya había desaparecido una vez?
—Porque no tiene nada que ver con esta desaparición.
Lo dice demasiado rápido.
—¿Cómo estás tan segura?
—Aquella vez se marchó voluntariamente. Se llevó sus cosas y un mes después dio señales de vida. Había gente que lo había visto en Minneapolis y corría la voz de que estaba allí, así que no cundió el pánico. No fue… como ahora.
—¿Avisó a alguien antes de irse?
—No. Se largó porque… no soportaba vivir aquí y ya está.
—Ava, cuéntame. Esto sí me interesa.
Ella gira la copa entre los dedos mientras piensa cómo explicarlo.
—Las discusiones con mi abuelo eran constantes y terminó marchándose. Dejó a Nancy y a Blake aquí y pasó de ellos. Se portó muy mal. Se divorciaron poco después y durante un tiempo Blake apenas tuvo relación con él.
Hace una pausa breve.
—Entiendo…
Asiente para sí misma antes de continuar.
—Después retomaron el contacto. Como cualquier hijo de padres divorciados, supongo. Blake seguía viviendo aquí con su madre y veía a Daniel por temporadas. Hasta que se marchó a la universidad.
Se termina el batido de golpe y el sonido que hace al sorber consigue que se sonroje ligeramente.
—Perdón… Es que estaba buenísimo.
La imagen me resulta mucho más distraída de lo que debería. Esa sonrisa infantil, traviesa…
Joder, qué calor tengo…
—¿Y qué pasó después? —la animo, para no pensar en ello.
—Nancy murió cuando Blake estaba en la universidad. Un coche la atropelló en Duluth.
Su tono cambia otra vez, es más apagado.
—Joder —suelto algo abrumado por tanta tragedia.
—Eso volvió a acercarlo mucho a su padre. Empezaron a verse más, a pasar más tiempo juntos… Y desde entonces su relación mejoró muchísimo.
—¿Daniel siempre estuvo en Minneapolis?
—Sí. Trabajaba en un hospital allí. Blake iba a verlo cuando tenía vacaciones o permisos de la universidad y pasaban temporadas juntos. Hasta que mi madre enfermó.
—¿Qué ocurrió entonces?
—Mi madre nunca perdió el contacto con Daniel. Lo adoraba, a pesar de todo. Y él a ella también. Se veían fuera de Silver Bay porque mi tío juró no volver jamás a este lugar.
—¿Seguía sin hablarse con tu abuelo?
—Sí. Durante dieciocho años no se dirigieron la palabra. Pero cuando mi madre enfermó, lo llamó. Y Daniel dejó toda su vida en Minneapolis y regresó.
Mientras habla, juega distraídamente con la servilleta entre los dedos. No parece darse cuenta.
—Habló con mi abuelo, hicieron las paces y volvieron a funcionar más o menos como una familia. Yo pedí una excedencia y me mudé aquí unos meses después. Durante un tiempo trabajamos los tres juntos en la clínica.
La observo mientras habla de aquello: hay nostalgia, pero también cansancio.
—Luego mi madre empeoró, dejó de trabajar y… murió. Y mi tío siguió al frente de la clínica hasta que desapareció.
—¿Y durante ese tiempo seguía llevándose bien con tu abuelo?
Ava duda por primera vez desde que empezó a hablar.
Una duda real.
—Sí… pero ahí es donde todo empieza a volverse extraño.
Levanta la mirada hacia mí.
—Y sinceramente, abogado, creo que prefiero dejar esa parte para mañana.
—¿Tan mala es?
—Digamos que aparece una leyenda familiar, un supuesto tesoro escondido y demasiadas obsesiones raras relacionadas con la casa.
No puedo evitar sonreír ligeramente.
—¿Un tesoro? —le pregunto a pesar de ya haber oído hablar de él.
—Exacto. Con leyenda incluida.
Muchas partes de la historia que me ha contado ya las conocía gracias a Alexander. Pero escucharla contar a ella, con calma, llena de detalles y recuerdos, cambia bastante las cosas.
Ahora entiendo mejor algunas reacciones. Las de Ava y también las de Blake.
Aunque… eso no cambia que el primito no me guste nada. Nada de nada.