Jayce. Algo más que prohibido 34 ​​ Jayce
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34 ​​ Jayce

¿Avanzar?

Tres horas desde que Ava salió por la puerta no han sido suficientes para volver a pensar con total claridad. Hoy no.

Pero al menos este tiempo —que he empleado en hablar con mi jefe y con mi hermano— ha servido para ver algo de luz.

No vuelvo a Boston, a pesar de que la idea me haya cruzado por la cabeza más veces de las que me gustaría reconocer.

Hablar con Alexander, sin mencionar la disputa, me ha recordado por qué estoy aquí.

Y hablar con Aiden… bueno, Aiden simplemente me ha obligado a admitir algo que probablemente no habría reconocido yo solo.

Quiero entender mejor a Ava Halstead.

Y quiero ayudarla a salir de este embrollo.

Todo eso sin dejar de tener ganas de estrangularla cada pocos segundos. Y, por increíble que parezca, una cosa no impide la otra.

—El Jayce que yo conozco habría tenido tacto desde el principio —me ha soltado Aiden con esa cantinela que últimamente le ha dado por repetirme cada vez que le cuento algo—. Habría recurrido a ello para conseguir que el primo cantara.

«El Jayce que yo conozco…».

Es lo mismo que me soltó cuando le hablé de Ava después de aquella noche en el club.

«El Jayce que yo conozco no se tira a nadie en un baño. Y mucho menos lleva a una desconocida borracha a su casa». Eso dijo. Entre otras muchas cosas.

¿Qué pretende? ¿Decir que me estoy comportando como otra persona?

Puede que tenga razón respecto a Blake, pero con lo otro…

Ava me atrajo aquel día y punto. No necesito darle más vueltas. Y Ava… Me atrajo aquel día y… me atrae ahora. El mismo efecto que la primera vez. Ya está, ya lo he aceptado.

Escucho un sonido que me indica que ha entrado en casa.

Está cubierta de barro hasta las rodillas, la coleta medio deshecha y las zapatillas colgando de una mano.

¿Dónde se ha metido?

—Este es mi territorio —dice, agitada—, mi casa y la persona más interesada en que esto se solucione de una puta vez soy yo.

Así que doy el paso, a pesar de mi dura discusión con mi orgullo.

Un poco para ti y un poco para mí. Ni tú ni yo.

Tú, con tus razones, y yo con las mías. Tú tienes un poco de razón y yo tengo un poco de razón. ¿Me sigues?

—Te sigo… creo —contesto completamente impactado por la imagen que tengo delante.

—Bien. Pues ahora voy a darme una ducha y después nos vamos a buscar territorio neutral.

Two Harbors. Treinta millas, un lago precioso, lleno de turistas y un restaurante junto al agua que sirve un sushi sorprendentemente bueno para estar perdido en Minnesota.

Allí no nos conoce nadie y me preguntas todo lo que quieras preguntarme.

Nada de interrogatorios. Conversación normal entre personas normales.

Te cuento lo mío, lo de Blake y todo lo que necesites saber.

Mañana él estará más tranquilo y hablará contigo.

Y lo que te falte, se lo preguntas entonces o lo contrastas. Avanzamos. ¿Te apetece?

Me echaría a reír. Lo haría con ganas, pero no me atrevo a romper este momento.

—Sí, me apetece.

—¿Algo en mi discurso que objetar? Habla ahora o calla para siempre.

—Nada que objetar. Solo… dos preguntas inocentes.

—Vale, dos. Dime —me responde desafiante.

—¿Dónde… te has metido?

—Necesitaba un paseo.

—Me refiero al barro.

—¡Ah! Esto —dice como si fuera poca cosa—. Earl Whitman se ha escapado otra vez. Su madre me llamó. Siempre termina en un barrizal cerca del Beaver River porque cree que está cazando.

—¿Quién es Earl Whitman? —pregunto casi con miedo de saberlo.

—No está bien. Se cree un león.

—¿Un león? ¿Es… un enfermo?

—¿A ti qué te parece? A veces se escapa para cazar. Casi siempre acaba atrapado en el barro o perdido por el bosque.

—¿Y te llaman a ti?

—Lo rescaté una vez y ahora su madre confía en mí.

—¿Es peligroso?

—Claro que no. ¿Y la otra pregunta?

—¿Cómo sabes que me gusta el sushi?

—Me lo ha dicho mi padre.

—¿Has hablado con él?

—Sí. Le he dicho que no había quien te aguantara y me ha dicho que te invite a comer sushi. ¿Se ha equivocado?

—No.

—Pues aclarado.

—A ti te da ideas para complacerme y a mí me advierte que ni se me ocurra acercarme a ti.

Se detiene.

—¿Qué?

—Es lo que me ha repetido varias veces. Que si me acerco demasiado a ti, lo considerará alta traición.

—¿Mi padre te ha pedido que no te acerques a mí?

—En realidad, más de una vez.

—Mi padre vive en otro siglo, ya me había dado cuenta. Definitivamente es… idiota. Como tú… a veces.

—Ese «a veces» me tranquiliza, doctora —le digo mientras se aleja.

—Por eso te lo he dicho, abogado. He pensado que con el sushi no era suficiente.

Me echo a reír ahora que ha desaparecido.

No le habría contado lo de su padre si no estuviera seguro de que iba a tomárselo con humor. O con ironía.

Estoy seguro porque… creo que algo acaba de cambiar.

En ella y en mí.

Un poco para cada uno.