Jayce. Algo más que prohibido 31 ​​ Ava
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Presentaciones

Hablar con el abogado me está removiendo muchas cosas, pero me voy a portar bien y no voy a cuestionar más sus preguntas. Las disculpas de esta mañana me han parecido sinceras y de nada sirve seguir con esa disputa, aunque la tirantez no la hemos dejado de lado del todo.

Ni una guerra verbal constante como ayer ni paz a borbotones. Debe existir un término medio y está claro que, por mucho que establezcamos normas de convivencia y treguas improvisadas, es imposible no sucumbir a algún que otro dardito de vez en cuando.

Es arrogante, es altivo, eso no lo cambian unas disculpas, y yo suelo vivir acompañada de una alerta constante dictada por mi orgullo. El choque es inevitable.

Y se salva porque se ha puesto las dichosas gafas y eso me hace perder fuerza.

—¿Por qué vives en esta parte de la casa? —me pregunta siguiendo con su interrogatorio.

No deja de tomar notas manuales, pero es rápido.

—¿Tú qué crees?

—¿Tengo que contestar?

—Para variar un poco.

—¿Con sinceridad?

—Sí, claro.

—Pues creo que se debe a que es la única zona de la casa que no tiene camas con dosel.

—¿Qué les pasa a las camas con dosel? —protesto fingiendo no comprenderlo—. Son ideales para jugar… Esas barras de madera son perfectas para que se desborde la imaginación.

—Ajá… —dice ajustándose las gafas.

Percibo una media sonrisa. Vuelve a ser cínica y me doy cuenta inmediatamente de cómo ha sonado mi explicación.

—Me refiero a juegos… normales.

—¿Normales? ¿Qué son juegos normales, Ava?

—De niños, juegos de niños, a eso me refiero. Blake y yo jugábamos ahí cuando éramos pequeños…

—Entiendo…

—¿Qué es lo que entiendes? Creías que estaba insinuando otra cosa, otra clase de juegos, abogado.

—Me ha quedado claro que tú y Blake jugabais ahí de pequeños.

—Bien, me alegro —digo molesta, aunque no sé muy bien con quién.

—¿A los barcos?

—¿Qué?

—¿Si jugabais a los barcos? Ya sabes… el dosel, los postes…

—Sí, exacto. El pirata malo, la princesa prisionera atada al poste… Era divertido.

—No lo dudo. Y ahora que ya sé a qué te gustaba jugar de niña… cuéntame por qué ocupas esta parte de la casa.

Mantenemos la mirada.

La aparta primero y finge centrarse en un documento.

Y yo lucho por apartar la imagen de la princesa atada al poste mientras espera que la rescaten.

Menuda situación más idiota.

No debería estar pensando en el dosel de una cama ni en esas malditas gafas que… No. No debería.

¿Por qué no me he callado con el dichoso jueguecito del dosel?

Yo había dejado de ser tan impulsiva… O eso creía.

Me levanto. Necesito aire. La nostalgia es un buen aliado en este momento.

—La casa está dividida por partes que pertenecen a épocas distintas —empiezo a explicarle intentando volver al tema inicial—.

La central es la más antigua. Perteneció originalmente a un hombre que llegó al valle a finales del siglo XIX.

Se dedicaba al negocio de tierras y transporte.

Mi familia compró la propiedad generaciones después y fue reformándola y ampliándola poco a poco.

Ahí vivieron mi tatarabuelo y mi bisabuelo.

Es enorme, antigua y demasiado silenciosa.

Yo siempre la he conocido medio vacía. Mi abuelo seguía utilizando un salón que hay en la planta baja.

Se encerraba allí durante horas a leer, beber whisky y aislarse del mundo, pero el resto de la casa prácticamente quedó congelado con el tiempo. Nadie, excepto él, entraba demasiado.

—¿Y la otra?

—Esa la ampliaron mi bisabuelo y mi abuelo. Es donde me crie junto a mi madre. También vivieron allí una época mi tío, Blake y su madre.

—La de las habitaciones con dosel.

—Solo hay una habitación con dosel, la que te mostré.

—Ah, sí. La que pretendías hacerme creer que sería la mía.

—Debiste acojonarte.

—Pues no, doctora Halstead, a mí también me gustan los doseles.

Siento un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.

Me doy la vuelta.

—Bromeaba —me aclara.

—Graciosillo eres, no se puede negar.

—Cuéntame por qué vives en esta.

—¿Estas preguntas no son innecesarias?

—Ava… Por favor. Necesito entender cómo vives. Qué espacios ocupas. Qué lugares evitas. Todo eso también habla de una persona.

La respuesta me desarma más de lo que debería.

—Mi abuelo mandó construir esta parte cuando me fui a la universidad.

Decía que, si algún día volvía, necesitaría intimidad y espacio propio.

Mi madre acabó apropiándose un poco del lugar también.

El despacho, el jardín, esta zona… terminaron siendo más suyos que míos.

Siempre he vivido aquí cuando he venido a Silver Bay.

Es la única parte de todas las casas que realmente siento mía.

El resto… pertenece demasiado a otras personas.

A mi abuelo, a mi madre… ¿Algo más, abogado encantador?

Su teléfono móvil vibra de una forma molesta. Puedo ver el nombre que aparece en la pantalla: mi padre.

Me mira y me hace una señal con la mano.

Antes de que descuelgue, le digo:

—Le he enviado un mensaje hoy. Le he dicho que Blake no se quedaba al margen.

Ignora la llamada y espera a que cese la vibración.

—¿Por qué has hecho eso? Deberías habérmelo comentado.

—Quería que supiera que ya era tarde, que ya se lo había contado a Blake. No quería discusiones. Quería dejarte a ti al margen, que quedara claro que era idea mía y que había actuado sin contar contigo.

—Ya… entiendo.

—Le he contado la verdad.

—Bien, pero la próxima vez que quieras decirle algo, háblalo conmigo antes. Sé cómo manejarlo.

Esas palabras solo me recuerdan que estoy hablando con una persona que conoce muy bien a mi padre, a diferencia de mí. Hay muchas cosas que me gustaría preguntarle sobre él, pero dudo que alguna vez me atreva.

—Gracias por… intentar protegerme. Supongo que es lo que has hecho. No eres tan malo como creía.

—No cantes victoria, abogado. Recuerda que podrías estar hablando con una asesina.

Me mira fijamente. Le miro fijamente.

—No me importa.

—¿No te importa?

—No. Mi trabajo sería el mismo. No pretendo saber qué le ha pasado a tu tío, sino evitar que te inculpen de algo.

—¿Siempre funciona así?

—Siempre.

—¿No te importa defender a un asesino?

—No puedo permitirme que me importe, Ava. Es mi trabajo. Aunque tengo mis preferencias, no siempre puedo elegir. ¿Tú sí eliges a quién operas?

—Ni siquiera puedo elegir si operar o no… —le digo sintiendo que me he adelantado y he expresado en voz alta algo de lo que no quiero hablar con nadie.

Levanta ligeramente la cabeza, atento.

—¿Quieres que te enseñe la clínica? —me adelanto antes de que me pregunte sobre ello.

—¿Y tu primo?

—Le llamaré.

Asiente con la cabeza, recoge rápidamente lo que tiene sobre la mesa y me sigue.

No me gusta cómo me ha mirado.

Ya lo ha hecho antes, cuando hablábamos de la clínica.

No quiero esa clase de mirada cargada de compasión.

Claro que… el problema no es cómo me mira.

El problema es cómo me gustaría que me mirara.

¡Mierda! Tres largas semanas con estos conflictos.

En un momento no lo soporto y al siguiente me imagino con él en la dichosa cama con dosel.