30 Jayce
Trabajando
El primer escenario de nuestra tregua, o de esta extraña declaración de intenciones, resulta ser el jardín trasero de la casa.
Está dividido en tres alturas separadas por pocos peldaños de piedra.
La primera, la más cercana al salón, alberga una zona ajardinada repleta de plantas, arbustos y pequeños árboles perfectamente cuidados, visibles a través de los enormes ventanales de la casa.
La segunda es una terraza amplia, parcialmente cubierta, con una mesa exterior, varios sofás y una iluminación cálida que imagino mucho más agradable por las noches.
La tercera altura es la que más llama mi atención.
Parte del jardín fue cerrada hace años con madera y cristal para crear una estancia independiente y luminosa que ahora funciona como despacho y sala de lectura. Según las explicaciones de Ava, pertenecía a su madre.
El espacio resulta sorprendentemente acogedor.
La luz natural entra por todas partes gracias a los grandes ventanales que rodean prácticamente toda la estructura. Hay una mesa amplia en el centro, una pizarra apoyada junto a una pared, dos butacas, varias sillas y estanterías llenas de libros de medicina cuidadosamente ordenados.
Todo lo demás ha desaparecido. Cualquier rastro íntimo de su madre ya no está aquí. Ava me explica que lo guardó todo en el desván poco después de su muerte.
Ava quiere utilizar este lugar como centro de operaciones para nuestra investigación. Ordenador, notas, documentos y cualquier cosa relacionada con el caso acabarán aquí.
Me parece una buena idea, siempre que la tregua se mantenga, algo que sospecho que no podrá durar eternamente. Ya ha protestado dos veces por dos preguntas relacionadas con su vida.
—Lo sé —me dice cuando observa mi cara de fastidio—. Es que no soy muy amiga de hablar de mí, de mi vida privada… Me cuesta.
—Entonces no iremos a ninguna parte. Solo necesito datos. Rutinas. Tu entorno. Cómo vives. Cómo vivías antes de que todo esto ocurriera.
—De acuerdo. ¿Qué es lo que me has preguntado?
—Rutinas.
—¿Aquí?
—Claro, aquí.
—¿Ahora, hace días, hace meses…?
—Joder, Ava…
—Es que yo no vivo aquí, no he… Vale. Lo intento.
Por primera vez desde que empezó esta conversación parece realmente dispuesta a colaborar.
—La clínica, esta casa…
—¿Vas todos los días?
—Casi todos.
—¿Y qué haces exactamente allí?
—Trabajo.
La fulmino con la mirada.
—Vale, ya. Respuesta de robot. Lo siento —masculla antes de expulsar aire—. Atiendo consultas, algunas urgencias leves, ayudo a los otros médicos, reviso historiales, organizo cosas pendientes… lo que vaya surgiendo.
Asiento lentamente.
—Yo me marché de aquí cuando fui a la universidad —continúa.
No la interrumpo esta vez.
—Tenía dieciocho años. Estudié en Harvard, hice la residencia en Boston y allí me quedé. Nunca pensé en volver a vivir aquí. Volví hace nueve meses, cuando me enteré de que mi madre estaba enferma. Pedí una excedencia de un año en el hospital y me quedé a su lado hasta el final.
Su tono cambia ligeramente al pronunciar esa última parte.
—Al principio la ayudaba en la clínica. Después, cuando ya no podía trabajar, la sustituí. Mi tío también vino. Contrataron a otro médico y entre todos conseguimos mantener aquello funcionando.
Hace una pausa breve.
—Luego murió mi madre. Después mi abuelo enfermó y retrasé mi vuelta a Boston. Y, cuando él murió, mi tío desapareció.
Silencio.
Ahora sí empiezo a entender por qué Ava parece vivir permanentemente agotada.
—Así que aquí sigues…
—Sí. Mi padre me aconsejó que no volviera a Boston hasta declarar. Voy a la clínica casi todos los días. Ahora hay dos médicos allí y yo les ayudo mientras… me desvinculo poco a poco.
La forma en que pronuncia esa frase me deja claro que ni siquiera ella sabe si realmente está consiguiendo hacerlo.
—¿Cómo funciona exactamente la clínica?
—Es una clínica rural familiar. Privada. La fundó mi bisabuelo.
—¿Y se mantiene solo con pacientes?
—Seguros privados, ayudas estatales, Medicare, Medicaid… un poco de todo. Y gente sin seguro también.
—¿Gratis?
—A veces sí. O pagando menos. Depende del caso. Mi bisabuelo tenía una norma bastante clara: nadie se queda sin ser atendido.
Asiento mientras observo nuevamente las estanterías llenas de libros médicos.
Ahora entiendo mejor el peso que tiene este lugar en el pueblo.
—¿Qué servicios prestáis?
—Cinco consultas, aunque solo dos funcionan al cien por cien. Medicina general, seguimiento de pacientes, urgencias leves… Lo grave se deriva a Duluth o Minneapolis. Entre semana abrimos todo el día y los fines de semana solo atendemos urgencias mediante un teléfono de guardia.
—¿Y el personal?
—Dos médicos, una enfermera y yo.
—¿Y cubrís solo Silver Bay?
—Silver Bay y varios pueblos pequeños de alrededor. La gente viene aquí desde hace años. Algunos llevan toda la vida viniendo a esta clínica.
—¿Cuánta gente puede depender de esto?
—Bastante más de la que me gustaría pensar ahora mismo.
—¿Qué papel tenía tu tío?
—Cuando mi abuelo se jubiló, mi madre llevó sola la clínica durante años. Contrató ayuda puntual, pero funcionaba bastante bien. Luego enfermó y mi tío volvió a Silver Bay. Llevaba años sin hablarse con mi abuelo, pero la enfermedad de mi madre los unió otra vez.
Baja ligeramente la mirada.
—Durante un tiempo convivimos los tres allí. Luego seguimos mi tío y yo. Después murió mi madre. Y después… pasó todo esto.
Hay algo en la manera en que enumera las pérdidas que resulta incómodo hasta para escucharla.
—¿De quién es la clínica ahora?
—La mitad de mi tío. La mitad mía. El plan era que él siguiera al frente cuando yo volviera a Boston.
—¿Y qué pasa con tu parte si te marchas?
Tarda unos segundos en contestar.
—Supongo que seguiría siendo copropietaria. O vender, o ceder mi parte… No tuve tiempo de hablarlo con mi tío.
La observo atentamente mientras juega con el borde de la hebilla de su reloj de pulsera.
Empiezo a entender que la desaparición de Daniel Halstead arrastra mucho más que una simple investigación o una declaración judicial.
También sostiene —o destruye— la vida de Ava.