Jayce. Algo más que prohibido 29 ​​ Jayce
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Un comienzo

¿Me preocupa dar la impresión de ser un tipo arrogante y prepotente? No.

¿Me preocupa que me consideren un gilipollas? Tampoco.

¿Tengo que justificarme ante ella? No.

¿Es esta mi causa? No.

Error. Miento.

La respuesta es sí. Sí con ella. Con Ava.

Y eso es exactamente lo que me inquieta.

No he dormido una mierda. En parte por un colchón excesivamente duro y en parte porque no dejo de darle vueltas a la conversación de anoche.

No era eso lo que pretendía. Sí, estaba jugando con ella, pero no de la forma que Ava interpretó. No intentaba humillarla ni hacerla sentir pequeña. Simplemente… la estaba observando. Y el problema es que con ella empiezo a hacerlo incluso cuando no quiero.

Resoplo y me apoyo un instante sobre el lavabo del baño mientras escucho ruido procedente de la cocina.

Me miro en el espejo como si necesitara comprobar que sigo teniéndolo todo bajo control.

A veces siento que necesito más espacio que el resto del mundo para poder respirar tranquilo. Más distancia. Más control.

Demasiada cercanía me asfixia.

Demasiada distancia también.

Con los años he aprendido a manejarlo. Con mi familia. Con mis amigos. Con Alexander. Incluso delante de un juez.

Pero con Ava todo está siendo incómodamente distinto porque no sé calcular la distancia adecuada con ella.

Y eso no me gusta.

No me gusta porque apenas llevo aquí un día y ya me siento descolocado.

Y porque Ava Halstead empieza a alterar cosas dentro de mi cabeza que normalmente funcionan bastante bien.

Anoche también me recordó algo que no me apetecía reconocer: no estoy aquí porque quiera.

Estoy aquí porque Alexander me lo pidió.

Porque le debo mucho. Demasiado.

Y aunque no me guste la palabra, Ava tiene razón.

Eso tiene otro nombre: deuda. Tal y como también me dijo Aiden.

Ella no es la única interesada en que esto funcione y quiero dejar de fingir que he venido aquí solo por cumplir un favor o para pasearme por Silver Bay fingiendo interés por su vida.

Quiero resolver esto.

Cuando entro en la cocina, ella está de espaldas, preparando café.

Ni siquiera se gira al escucharme aparecer. Perfecto. Sigue enfadada.

Lleva el pelo recogido de cualquier manera y una sudadera enorme que le da un aspecto mucho más joven y menos combativo que el de anoche. Durante unos segundos me cuesta relacionar a esta mujer medio dormida con la que hace apenas unas horas estaba dispuesta a hacerme desaparecer.

Se mueve por el espacio con rapidez, claramente decidida a ignorarme.

—Buenos días —digo apoyándome sobre el marco de la puerta.

—Buenos días, abogado. ¿Café?

—Sí, gracias.

Me acerco lentamente a ella.

—No pretendía burlarme de ti anoche.

Ahora sí se gira despacio, sin prisa. Y me mira con una expresión incrédula.

—Vaya. El mejor abogado también aclara cosas por iniciativa propia.

Ignoro el comentario.

—Te estaba observando, Ava. Es distinto.

—Ah, claro. Muchísimo mejor. Me dejas más tranquila.

Resoplo suavemente.

—Es mi trabajo analizar cómo reacciona la gente.

—Deja de considerarme gente, súbeme la categoría.

—Claro, eso haré.

—«¿Claro, eso haré?» —repite con tono despectivo—. Si esto es una disculpa, esfuérzate más, abogado encantador. O… simplemente siéntate a tomar café.

—No pretendía humillarte, no pretendía jugar. Sé que te angustiaba esa noche, el no saber, y… se me ocurrió utilizarlo para demostrarte la importancia que tiene observar la reacción de una persona. No era un experimento, no había malas intenciones.

—¿Algo más?

—Tienes razón, yo también tengo interés en que esto salga bien, no importa la naturaleza de ese interés. Los dos queremos que funcione. Me encantaría que pudiéramos trabajar juntos. Queda mucho por hacer.

Se dirige a la mesa y se toma su tiempo en servir el café. Después vuelve a la encimera para recoger una bandeja de tortitas y otra de fruta.

—¿Todavía crees que te cogeré cariño?

—Albergo la esperanza.

Por primera vez esboza una pequeña sonrisa.

—Trabajemos juntos, abogado, por tu interés y por el mío… y por la convivencia —me dice ofreciéndome la mano.

—Que así sea, Ava. Yo pongo de mi parte y tú de la tuya.

—¿Por dónde empezamos?

—Quítate el disfraz de Dios, baja a la tierra y, mientras desayunamos, lo hablamos.

Asiento con la cabeza y me dirijo a la mesa. En cuanto retiro una silla para tomar asiento, me encuentro con una imagen espeluznante que me hace retroceder.

—¿Qué coño es eso? —le digo mientras arrugo la nariz.

Ava asoma la cabeza.

—¡Ah! Estás aquí… —le dice a… lo que sea que hay sobre la silla—. Es Dory Sue.

—¿Tu amiga de la infancia? —le pregunto recordando su descripción.

—Ajá —dice mientras la mira, le sonríe y después la deposita en el centro de la mesa.

Se trata de una espantosa mazorca de trapo que apenas conserva el esplendor que debió de tener dos o tres siglos atrás.

Da miedo, le falta un ojo, tiene las hojas retorcidas y los granos de maíz son de cualquier color menos del que debería tener una mazorca.

—Hace tiempo que no recibe un baño…

—Vaya, el chico escrupuloso… ¿Es grave? —me pregunta con una sonrisa cínica.

—Mi problema está en los baños públicos. No tolero bien los gérmenes y… las bacterias que pueda haber en ellos —le digo con la clara intención de señalar el «escenario del crimen».

Esboza una sutil sonrisa. Cínica.

—Dory Sue nunca ha estado en un baño público.

—Bien, pero… ¿podrías retirarla de la mesa?

—Claro —dice apartándola bruscamente y provocando que caiga al suelo. Al parecer la quiere mucho.

—Te lo agradezco.

—En los baños públicos —añade— no solo hay gérmenes y bacterias. También hay hongos, estafilococos, enterovirus, E. coli, restos biológicos de procedencia dudosa y toda una alegre comunidad microscópica dispuesta a colonizar superficies, manos y decisiones cuestionables.

—Y… eso me lo cuentas porque…

—Para darle más valor al día que decidiste convertirme en «excepción».

Solo la fulmino con la mirada, aunque me estoy riendo por dentro.

Por primera vez desde que llegué, no lamento estar aquí.

Aiden me dijo que necesitaba cambiar de aires y creo que tenía razón.

Un nuevo reto. Diferente escenario.

Aunque… presiento que no va a ser fácil enfrentarme a mi conflicto con las distancias.