Jayce. Algo más que prohibido 28 ​​ Ava
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Siendo positiva

La idea de ir a un restaurante la he descartado en cuanto me he dado cuenta, gracias a sus comentarios, de que el papel de «novio» piensa ponerlo en práctica cuanto antes. Y todavía necesito averiguar hasta qué punto pretende llevar esa absurda actuación.

Confieso, y negaré haberlo dicho, que prefiero encerrarme en casa con él y la comida italiana que hemos recogido antes que quedarme sola otra noche más dando vueltas a todo. Llevo semanas haciéndolo. Clínica. Casa Halstead. Angustia. Y otra vez lo mismo.

La llegada de Blake lo ha cambiado todo, lo sé, pero precisamente hoy tenía planes con Richard. La soledad estaba garantizada.

Tres semanas son muchas dadas las circunstancias y quizás incluso la compañía de este abogado arrogante, insufrible y exageradamente atractivo consiga hacer más soportable el paso del tiempo.

Además, discutir con él mantiene mi cerebro entretenido.

Lo de que sea desesperantemente guapo… bueno, supongo que tampoco perjudica a nadie.

Negaré haber pensado eso también.

Aparece con el cabello todavía húmedo y se queda quieto en mitad del salón mientras termino de servir la cena.

—Adelante —le digo invitándole a sentarse.

Me falta el aire durante un segundo.

Ya no lleva los pantalones chinos ni la camisa perfectamente colocada con la que llegó esta tarde.

El abogado estirado de Boston ha desaparecido temporalmente.

Ahora viste unos vaqueros oscuros, zapatillas deportivas, una camiseta sencilla y una chaqueta fina de lana con dibujos abstractos que, de alguna manera absurda, consigue quedarle todavía mejor.

¡Dios mío! Como vuelva a ponerse las gafas, voy a terminar cenando encerrada en mi dormitorio.

Me atrae, no voy a negarlo. Es exactamente el tipo de hombre que me deja completamente desarmada y, al mismo tiempo, el tipo del que suelo salir corriendo.

Su ego sigue pareciéndome insoportable y la forma en la que trató a su ex aquella noche continúa provocándome rechazo, pero… para ayudarme con este desastre legal y hacer que las horas pasen más rápido, supongo que servirá.

—Y ahora… explícame qué es lo que tienes que hacer exactamente. Explícamelo despacio, que no me quede ninguna duda.

—Por un lado, necesito investigar las circunstancias de esa desaparición y, por otro, preparar contigo tu declaración.

Quiero investigar tu entorno, estudiar todo lo que te rodea y rodea la desaparición de tu tío.

Para eso necesito estar cerca. Que me presentes a tus amigos, vecinos, compañeros de trabajo…

—¿De verdad crees que vas a encontrar respuestas haciendo eso? ¿Crees que, si alguien sabe algo de la desaparición de mi tío, te lo va a contar sin más? A Ava no, pero al simpático novio de Ava sí.

—Ava, no he venido aquí a jugar a los detectives.

No soy policía. Mi trabajo consiste en entender todo lo que rodea esta desaparición antes de que tú te sientes delante del fiscal a declarar.

Observar, escuchar, reconstruir relaciones, conflictos, versiones, cronologías.

Quiero saber cómo era tu tío aquí, quién lo apreciaba, quién discutía con él, qué sabe realmente la gente y qué partes de toda esta historia podrían perjudicarte, aunque no lo parezcan.

—Aquí funciona de otra manera. La gente no habla con desconocidos, es hermética, no quiere líos.

—Por eso necesito tiempo. Y moverme contigo. La gente rara vez habla de forma directa, pero sí observa, comenta, reacciona o evita ciertos temas. Y eso también dice muchas cosas.

—La mayor parte de lo que necesitas saber te lo podemos contar Blake y yo. Somos los que conocíamos su vida.

—Y por eso a ti y a Blake os haré miles de preguntas, pero también quiero abrir los ojos y los oídos más allá de vosotros dos. ¿Qué le has dicho a Blake?

—La verdad.

—Bien, y la verdad es…

—Que te harás pasar por mi novio.

—¿Lo ha entendido?

—Lo ha entendido.

—¿Y por qué a ti te cuesta tanto?

—Porque hasta hace poco tiempo esto era una simple cuestión personal, familiar y… en cuestión de días se ha convertido en un asunto judicial.

—Sigue siendo una cuestión familiar, pero no permitiremos que se complique, eso es todo —me dice por primera vez con un tono suave.

Me tomo mi tiempo.

—Establezcamos unas normas —le propongo con cierta emoción.

—De acuerdo —me contesta con la misma frialdad de siempre.

—Quiero un novio discreto, nada de palabras cursis ni empalagosas, nada de contacto físico. Te sonrío, me sonríes, te presento y te dedicas a ser amable y discreto.

—Bien, ese perfil puedo interpretarlo.

—Quiero participar en todo, saberlo todo. Ni se te ocurra excluirme u ocultarme algo.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—De momento, no. Es tu turno.

—Debes confiar en mí y colaborar. Quiero que me permitas trabajar, que me ayudes a saber, que no cuestiones constantemente mis preguntas ni mi presencia aquí, porque te haré muchas. Quiero que tengas presente en todo momento que la persona interesada en que esto funcione eres tú. ¿Pido mucho?

—Se puede intentar.

—No soy de intentar, soy de lograr.

No sé qué es peor, si pensar que quiere impresionarme o tener la certeza de que habla completamente en serio. Este hombre se quiere tanto o más que mi abuelo y eso es algo que nunca pensé que volvería a ver en la vida.

Me levanto de la mesa con cierto grado de satisfacción. Normas establecidas, un poco de conversación sin discusiones y la convicción de que su presencia aquí puede ayudarme a salir de algo en lo que… ni siquiera sabía que había entrado hasta hace unos días.

Recojo los restos de la cena en silencio. Él me sigue hasta la cocina.

—¿Qué fue lo que hablé contigo aquella noche? No… recuerdo apenas nada.

Deja el plato sobre la encimera y se apoya en ella. Se cruza de brazos y me mira fijamente.

—¿Por qué te atormenta tanto?

—Lo de atormentar lo has dicho tú. Yo lo llamaría curiosidad, ganas de saber hasta qué nivel hice el ridículo.

—No hiciste el ridículo, Ava. Solo bebiste más de la cuenta y tus movimientos y tus palabras eran torpes.

—¿Qué palabras torpes pronuncié?

Resopla, como si el tema le cansara. ¿Tanto le cuesta? Si supiera lo que me ha costado a mí preguntárselo… Bueno, en realidad, no ha sido así.

—Te encontré en el aparcamiento…

—Sí, eso es lo único que recuerdo con cierta nitidez. A partir de ahí todo es borroso.

—Hablamos de cómo llegar a tu casa sana y salva. Descarté el taxi, descarté a tus amigas y descarté a un tal Blake porque me dijiste que vivía en Minnesota. Me diste una dirección equivocada y, cuando llegamos, me dijiste que no vivías allí.

—¿Qué dirección te di? ¿Lo recuerdas?

—Sí, en el 295 de Commonwealth.

—Es el 215. Sigue.

—Te llevé a mi casa, nada más. Ya te lo conté. Y, de camino, solo comentaste algo sobre tu trabajo, que lo habías perdido, tu madre…

—¿Ya está?

Baja la mirada y eso me descoloca.

—¿Qué pasa?

—Me hablaste de tu novio, de lo mucho que te dolía perderlo. Dijiste que era el amor de tu vida y que nunca volverías a querer a nadie como a él.

Me quedo clavada al suelo.

—No… no puede ser. ¿Yo dije eso? ¿Yo?

¡Dios mío! Se supone que es el subconsciente el que más trabaja por efecto del alcohol. ¿Cómo pudo el mío afirmar esas cosas?

Miro al abogado. Se está riendo.

—¿Me estás tomando el pelo?

—Sí, Ava, lo confieso. No dijiste nada comprometedor, no te preocupes, pero ahora puedo demostrarte que, sin muchas palabras, me has dicho mucho sobre tu novio. Solo he tenido que observarte.

—¡Ah! Vaya… Experimentando el abogado… —le digo, aunque lo que deseo es gritarle que me parece un gilipollas sin remedio.

—No, no experimento nada, es un hecho.

—¿Y qué es lo que te he dicho sin decirte, listillo?

—Que esa categoría no corresponde a esa persona. Has hecho gestos y has reaccionado de manera que mis palabras te parecían exageradas. No me has dicho lo que significaba tu novio, pero sí me has dicho lo que no significaba.

Su explicación es tan exasperante… Me siento como si fuera una rata de laboratorio.

—No juegues, abogado.

—No juego, doctora.

—Si querías saber lo que significaba mi «novio», bastaba con incluirlo en esa larga lista de preguntas que has amenazado con hacerme.

—No me interesa especialmente, no te confundas.

—No te confundas tú, abogado encantador —le digo acercándome más a él—.

No juegues conmigo. Si quieres que esto vaya bien, bájate de ese pedestal, conmigo funciona mejor.

Sí, yo soy la más interesada en que esto funcione, pero no soy la única interesada.

Tú también tienes interés en que así sea.

Así que deja de actuar como si te debiera la vida.

Yo no se la debo a nadie. No sé si tú puedes afirmar lo mismo.

Salgo de la cocina con una mezcla de rabia y ganas de llorar. No sé si por la rabia o porque, por unos instantes, me había parecido que el abogado era un poco más terrenal.